Bayamo: el precio de la libertad

“Si los cubanos cocieran la historia de Bayamo, llegarían a él reverentes a rendirle pleitesía”, dijo el primer historiador de esta ciudad, Enrique Orlando Lacalle.
Y no le faltaba razón. Bajo la sombra de la Sierra Maestra y salpicada por las aguas del río Cauto señoreaba la hermosa villa habitada, según el censo de 1860, por más de 20 mil cubanos y apenas 260 españoles.
Pero la localidad bayamesa se colocaba en la mirilla del Gobierno español y aquel esplendor sería sacrificado en nombre de la libertad, al convertirse en la capital de los patriotas alzados contra el régimen colonial, luego del levantamiento en La Damajagua, el 10 de octubre de 1868.
El Jefe de Operaciones del Ejército Español, General segundo cabo, Conde de Valmaseda, asumió la tarea de poner fin a la insurrección en el oriente cubano y así evitar que el levantamiento independentista se propagara hacia otras regiones del país.
La amenaza obligó a los líderes revolucionarios a tomar una decisión irrevocable: incendiar la ciudad antes que entregarla a los españoles.
Días antes de dar luz verde a la quema de Bayamo, muchas familias comenzaron a abandonarla.
El 12 de enero las llamas lo devoraron casi todo: los templos, farmacias, tiendas de ropa, mercados, almacenes, escuelas, sociedades, las casas donde nacieron hombres ilustres de la política y el arte, mujeres valerosas, artesanos, eslavos, campesinos……
Desde lejos, el Conde Valmaseda advirtió en el humo que opacaba el cielo, la señal de rebeldía de aquel pueblo.
Entonces comenzó la odisea: la persecución y el asesinato a los insurrectos, la deportación, el crimen, las violaciones a las mujeres y las niñas, el incendio a los caseríos que no exhibieran el lienzo blanco en proclama de paz….
“Cazados como lobos”, fueron todos aquellos que olieran a infidencia.
Se embargaron los bienes de muchos patriotas y se aprobó una circular que autorizaba el asesinato de los familiares de los revolucionarios levantados en armas, el fusilamiento de toda persona del sexo masculino mayor de 15 años que anduviera fuera de su finca y la reconcentración de las mujeres que osaran salir de su demarcación.
Los vecinos de Bayamo que emigraron hacia los montes, sufrieron hambre, enfermedades y todo tipo de carencias. Debieron comer jutías, hojas de calabaza, bejucos de boniato, miel de abejas…lo que apareciera, y en medio de una constante zozobra.
Cuentan, que aprendieron a confeccionar camisas, vestidos y hamacas con las cáscaras de jaguey y la majagua les sirvió para hacer alpargatas.
Se alumbraban con velas de pábilo de jaguey y aliviaban las úlceras de los pies, los catarros, la hipertensión y el escozor de las picaduras de insectos con plantas medicinales.
En situación peor se encontraban los hombres que secundaron a las tropas mambisas enfrentadas al poderoso Ejército español en medio de la precariedad.
La población de Bayamo quedó así diezmada por la guerra de los diez años, tan larga como terrible.
Luego de tantísimos enfrentamientos armados que cubrieron de gloria y de sangre la historia cubana, llegó Valeriano Weyler para sellar la epopeya con su plan de “pacificación”, que halló resquicios en el cansancio y la desunión de las heroicas tropas cubanas.
Muchos de los sobrevivientes regresaron a su ciudad maltrecha, pero creada para resistir y florecer.
A 152 años de aquellos sucesos, Bayamo, hoy patrimonio nacional, seduce con su esplendor que combina el aire señorial de la colonia y la modernidad de sus nuevas calles, casas y edificios, desde donde resplandecen y encantan las banderas de la estrella solitaria.
La Iglesia de San Salvador de Bayamo y su mural patriótico, el Museo Casa Natal de Céspedes y la Plaza del Himno siguen ahí, arrullándonos con la historia de lo que fuimos, de lo que somos y seremos.
Esa memoria es un tesoro de la nación.

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