El #Fidel de Margarita.

El #Fidel de Margarita es el que llega a aquel teatro del Reparto Siboney en La Habana, en 1964.
“Esa era la sorpresa para los cientos de maestros populares que nos graduábamos del primer curso INDER-MINED, en #Cuba”.

Los aplausos de aquel momento se revuelven en la mirada, brillante todavía, de la mujer de 78 años de edad, orgullosa de conservar en la memoria la única vez que vio al Comandante.

Ella recuerda su discurso y la pregunta que les lanzó: “¿Qué les hace falta para poder trabajar? _”Un silbato”, respondió un joven maestro.
“A la semana todos teníamos en el aula un silbato blanco para las clases de Educación Física”, evoca risueña.

Al tirar de ese hilo en sus recuerdos brota una cascada de imagenes en las que veo a una niña de quince años enseñando a leer y escribir a las familias campesinas en la zona conocida como Castilla, en #Jaruco.

Hasta ese lugar que estuvo enterrado por siglos en el olvido, llegó la voz de Fidel invitando al magisterio a quienes

sabían lo básico para emprender una tarea que cobró dimensiones inimaginables.

“El maestro es lo más importante de la Revolución” repetía el Comandante, para encender las ilusiones de Margarita, que se sumó a los miles de maestros populares que a partir de 1960 poblaron la isla de luces y esperanzas.

Dice ella, que su papá le compró un caballo para hacerle más llevadero el trayecto hasta los bohíos intrincados, donde le esperaba la gente ávida de aprender.
Prepararse como se debe, fue otra exhortación de Fidel, y enamorada como estaba ya del oficio, comenzó a estudiar la carrera en La Habana, y a la par trabajaba en la escuelita Rico Garrido, de Bainoa, que ya no existe.

Y así, al compás de las lecciones de su Comandante, Margarita alcanzó el título de maestra de enseñanza primaria en 1967.

Hoy su saber y su ejemplo están prendidos en el alma de varias generaciones de jaruqueños, convertidos en profesionales y gente de bien que le agradecen y la recuerdan, aunque ella suponga lo contrario.

La mesa del comedor de su casa no está cubierta de libros como antaño, pero sigue siendo su puesto de trabajo.

Lo aprendido en un curso de corte y costura en su infancia, hoy le sirve en su nueva tarea de arreglar ropa, confeccionar mascarillas y otras prendas que le quedan casi perfectas, como toda la obra salida de sus manos.

Podría contarme mucho más de su camino hermoso y fecundo mas, no hace falta, porque la huella de Margarita Corona García resplandece en los círculos infantiles y en las aulas de Jaruco, donde entregó algo que considera, no puede faltar jamás en la figura del maestro: el ejemplo. También eso, reconoce, lo aprendió de su Fidel.

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