Cucú Marrero

Muchos hombres quedan en la memoria del pueblo, por hacer grandes hazañas, por sus importantes aportes a la sociedad, pero éste de quién le comentaré hoy, fue reconocido hasta el último día de su vida como Cucú Marrero, un luchador revolucionario si límites.


Su nombre fue Alfredo Felipe Marrero León, pero bautizado por sus más allegados como Cucú Marrero, quien nació el 25 de mayo de 1924, en el rancho Andrés Pino, Chucho Baracoa, en el poblado de Caraballo, en el seno de una familia de pequeños agricultores.


De niño estudió en la escuelita de la finca San Rafael hasta el tercer grado. Quienes le conocieron cuentan que de adolescente tocaba la guitarra y el laúd en las fiestas campesinas. Tenía un carácter alegre y respetuoso que se manifestaba en su gusto por la música y el baile. Sin embargo, nunca pensó que la vida le cambiaría por completo.


En el año 1948, cuando contaba con 24 años, Alfredo, o Cucú Marrero, fue a vivir al Cotorro con una hermana casada con un guardia del gobierno. Aunque ambos se respetaban y mantenían distancia en cuanto a lo concerniente a sus vidas privadas, su nueva situación no le impidió vender bonos y participar en actos y manifestaciones en la Universidad de La Habana, cercana a su centro de trabajo porque laboraba en el tostadero de café ¨La Central¨, ubicado en la calle 23, esquina A, número 12, en el Vedado.


En ese mismo año, Alfredo ingresó en el Partido Ortodoxo. Acérrimo anti batistiano, se resistió a vestir un pulóver con la imagen de Fulgencio Batista que le fue entregado por sus jefes y quedó despedido luego de pronunciar las palabras: “Yo no me pongo bandoleros arriba¨.


Pero Cucú Marrero regreso a su Caraballo natal. Fue entonces que en el año 1957 en su poblado integró el Movimiento Revolucionario 26 de Julio. Allí participó en numerosas acciones para coadyuvar a la desestabilización del régimen, como las quemas de los cañaverales y los chuchos del ferrocarril. En los primeros días de febrero del 57, comunicó a sus compañeros del movimiento que iba a incorporarse al Ejército Rebelde en la Sierra Maestra y entre ellos y su familia, reunieron dinero para que pudiera efectuar el viaje.

El jaruqueño Alfredo Marrero salió de su hogar el 21 de febrero de 1958, vestido con una camisa amarilla de listas azules y un pantalón de mezclilla, luego de despedirse de sus hermanos quienes se encargaron de explicar su partida comentando que había resuelto un trabajo en Matanzas durante la zafra.


Pasado un corto tiempo, una vecina del cementerio de Pipián, nombrada Sabina Acosta Estopiñán, observó a varios soldados enterrar un cuerpo, distinguiendo una tela amarilla con listas azules. Se hizo tradición en el pueblo visitar la tumba y llevar flores a quien llamaron ¨El quemado de Pipián¨, pues, efectivamente, los restos de la persona habían sido incendiados para que no pudiera ser reconocido.


Pasados 28 años y por varias coincidencias en distintas investigaciones, se solicitó una revisión de aquel cuerpo, que pudiera ser el del joven caraballense desaparecido Cucú Marrero. Y en efecto, médicos del Instituto de Medicina Legal, de conjunto con el Licenciado Soto Izquierdo, indagaron hasta que corroboraron que se trataba de Marrero.


Atestiguaron que esas pruebas fue determinante el registro dental para el dictamen antropológico. Por las pesquisas también pudo saberse que Alfredo fue torturado y golpeado bárbaramente, recibiendo un golpe mortífero en la región temporal izquierda del cráneo.


Finalmente en diciembre del año 1985, el pueblo de Caraballo recibió con honores al mártir de la Patria, acompañándolo hasta su última morada, en una manifestación popular inolvidable. Su familia llevó el consuelo de que Cucú, sobrenombre por el que fue conocido entre sus allegados, ofrendó su vida por construir para todos los cubanos, una sociedad más justa que aquella en la cual vivió.


Hoy el Museo Histórico de Jaruco guardan celosamente las espuelas que utilizaba Cucú Marrero para montar a caballo, un carné de colono que le perteneció y un ejemplar de la revista Bohemia, año 78, número 5, en donde, en sus páginas de la 10 a la 13,  se explican los hechos de la recuperación de su cuerpo y las honras recibidas de la población.

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