Viajar en una botella

Aquella tarde de sábado olía a despedida del curso escolar entre los niños de una escuela primaria. En la casa de uno de los padres todo se dispuso para el festejo: dulces, galleticas, refrescos, caramelos, y abundante cerveza para los mayores.

Al rato, Albertico no pudo con la fuerza de la costumbre e introdujo su índice en el vaso de cerveza del padre que, sin tapujos, obsequió a su retoño no solo una sonrisa cómplice sino el vaso rebosado de bebida como recompensa al acto varonil de su hijo.

 

La escena del brindis entre el niño de ocho años y su progenitor transcurrió sin ninguna estupefacción de los allí reunidos, quienes entre risas y anécdotas de similares episodios, celebraron el ingreso a su club del nuevo miembro.

 

Desafortunadamente, hechos como este suelen repetirse en determinados círculos familiares, unas veces con más y otros con menos resistencia al consumo del alcohol.

 

Hoy en día muchos padres no perciben el riesgo que corren sus hijos al volverse adictos a las bebidas alcohólicas y exponerse desde tan temprana edad a su consumo, ya que la mayoría siente esa posibilidad como muy remota a su realidad, aunque en muchas ocasiones hasta aceptan que la actualidad impone un ritmo conductual que hace que estas experiencias se inicien antes.

 

Considero que aunque la realidad demuestra que la vida sea más agitada en cuanto a primeras veces, el organismo humano sigue necesitando determinado tiempo para madurar física y psicológicamente, pues como dirían los abuelos, quemar etapas nunca trae buenos resultados.

 

No se trata de abogar por una sociedad abstemia, sino de ubicar cada experiencia en su debido momento. Tampoco hay por qué seguir el estereotipo de que el cubano es bebedor por naturaleza y tratar de justificar así conductas inaceptables como promover el hábito de consumir bebidas alcohólicas a temprana edad.

 

En ello, toda la sociedad, desde la familia hasta el estado, tiene gran responsabilidad, pues los ejemplos de adolescentes alcohólicos es una realidad que toca las puertas. Lo necesario es lograr que los adolescentes y jóvenes lleguen a darse cuenta de que la diversión, la alegría, el compartir entre amigos y familia, el sentirse bien y la felicidad, no tienen porqué viajar en una botella.