Un mal que no tiene cura.

De la contaminación sonora hablamos todo pero, en esencia, ¿cuántos abogamos por curar ese mal? A mi parecer es cada vez mayor el número de contribuyentes al ruido. El escenario puede variar, pero la afectación sigue siendo la misma.


Si empleamos como término la contaminación acústica, no habría para cuando parar.Tendríamos que incluir todo el exceso de sonido que altere las condiciones normales del medio ambiente donde nos desarrollamos. Seamos más específicos; hablemos de la música alta como grave afectación e indisciplina social.


El barrio, el transporte donde nos movemos, una cafetería o una esquina sirven de tribuna para cualquier amplificador sonoro. Y me pregunto: ¿Acaso no hay quien se de cuenta de que ese ruido molesta?


De manera reiterada enfatizamos en aquella expresión de que ``vivimos en sociedad´´. Entonces, ¿por qué no actuamos como tal? No es necesario explicarle al vecino alborotador de que su música alta no es del agrado de ese otro recién llegado del trabajo y con ganas de descansar; o de quien tiene un anciano en casa, un niño pequeño o una novedad familiar.


El motivo puede ser de cualquier índole, pero lo más importante es que no tenemos el dercho de molestar a otros por el simple hecho de escuchar la música a todo volumen. Si de algo sirven los audífonos es para que cada quien disfrute de su música en privado. No se trata de prohibir, sino de sencibilizar. Si no sabe emplear los decibelios necesarios, mejor use audífonos, pero, por favor, no moleste.


Todos sabemos que el cubano es bromista, jaranero, divertido y un poco alborotador.  Son características que nos tipifican  y hacen que personas de otras latitudes se fijen en ello. Puede que sea un don o la materialización de ese dicho ‘’a mal tiempo, buena cara’’. Sin embargo, todo tiene un límite.


Con el aumento de la población y el poco uso de los espacios colectivos para la distracción juvenil, aumenta el número de los que se divierten en su propia casa sin tener en cuenta que forman parte de una comunidad. Si el respeto entre vecinos consolida la unidad del barrio, por qué no ponerlo en práctica.


En lo personal, soy amante del descanso que el hogar  brinda luego de  una larga jornada. Hay muchos que también lo disfrutan y como yo, muy pocas veces tienen esa oprtunidad.


Conocemos aquella ley que prohíbe la música alta a determinadas horas durante la noche, pero durante el día quién le pone frenos. ¿Será que la contaminación sonora se convirtió en un mal que no tiene cura?

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