Camilo en el recuerdo del Cauto

Pocas veces en la guerra se vio alguien —don­de la muerte acecha y el peligro es constante— que no llevara el ges­to grave de la temeridad o el cuidado; mucho menos que cargara al combate con el mismo desenfado que en minutos de cal­ma, y fuese capaz de la broma incluso bajo el silbido de las ba­las.

Camilo fue de esos hombres distintos e increíbles, precedido siempre por aquel carácter campechano y jocoso, imperturbable hasta en la hora crítica del arrojo y la osadía.

 

Así se le recuerda en los llanos del Cauto, porque al decir de muchos fue aquella mezcolanza de virtudes lo que le hizo triunfar en la arriesgada misión que Fidel le encomendara el 31 de marzo de 1958.

 

Nunca antes un grupo rebelde había bajado de la Sierra al llano, a operar de manera irregular, y la orden del Comandante en Jefe había sido precisamente esa: abrir un frente de guerra en la planicie alrededor de Bayamo, con incursiones en la ciudad, así como coordinar las acciones en la región completamente lisa en­tre Manzanillo, Las Tunas y la Ciudad Mo­numento, y el propósito de aunar las diversas formaciones insurgentes de la zona, incluidos los clandestinos del Movimiento 26 de Julio.

 

Cumplir aquella empresa requería de un líder al extremo valiente y sagaz en la maniobra guerrillera, capaz de adaptarla a la complejidad urbana y al movimiento peligroso por una geografía descampada.

 

Camilo fue ese hombre, que a la cabeza de solo 13 probados combatientes (Osvaldo He­rrera, Orestes Guerra, Walfrido Pé­rez, Rodolfo Vázquez, Alejandro Oñate, Ramón López, Del­fín Moreno, Agustín Benítez, Ramón Pé­rez, Santiago Rosales, Sa­muel Pardo, Cristino Naranjo y Walfrido Lara), bajó de las montañas a desafiar la presencia de fuerzas regulares muy bien apertrechadas.

 

Ya establecido como Puesto de Mando del ejército batistiano en la llamada Zona de Ope­raciones contra la Sierra Maestra, Bayamo era una plaza fortificada dominada por unos 2 500 efectivos bien equipados, sede además del escuadrón 13 de la Guardia Rural con base en el cuartel Carlos Manuel de Cés­pe­des, y apoyado por varios puestos militares en diferentes locaciones desde Bueycito y Guisa hasta Río Cauto y Jiguaní.

 

“ATREVIMIENTOS” INCONTABLES

Precisamente Bayamo fue la primera de­mos­tración de osadía. A ella entró el 20 de abril, luego de una travesía colmada de peligros, que sin embargo resultó pródiga en la incorporación de nuevos hombres valiosos.

 

El objetivo del ataque sería incendiar una planta móvil generadora de corriente, emplazada sobre la vía férrea muy cerca del centro urbano, y luego, en coordinación con los hombres de la clandestinidad, sabotear la gran fábrica Nestlé, asaltar la esta­ción de policía y el servicentro de la salida a Holguín.

 

Cuatro días antes de la fecha señalada y en pleno alistamiento para la operación, Camilo era ascendido por Fidel a Co­man­dante del Ejér­cito Rebelde; un reconocimiento inequívoco a sus magníficas cualidades como jefe militar, su extraordinaria audacia y probada fidelidad, confirmada en la carta de respuesta que enviara una semana después a la Coman­dancia: “…Más fácil me será dejar de respirar que dejar de ser fiel a su confianza”.

A poco de la media noche del 20 de abril, tuvo lugar el enfrentamiento que conmovió a la ciudad, sobre todo por el impresionante arresto de venir a provocar a la bestia en su propia gua­rida.

 

El plan concebido no pudo llevarse a cabo porque los disparos no penetraron los tanques de combustible de la planta electrógena y no hubo incendio, además de la imposibilidad de recoger armas debido a la tremenda iluminación y al lugar demasiado descubierto, según explicó Camilo con franqueza, en parte emitido al jefe de la Revolución.

 

No obstante, la osada acción provocó en los casquitos 18 ba­jas, entre muertos y heridos; en tanto el grupo revolucionario perdió al teniente Amado Estévez Bou.

 

De todo el plan trazado, solo fue posible aquel asalto, que durante la campaña no significó la única incursión del Señor de la Van­guar­dia en la ciudad, pues el 22 de mayo siguiente, volvió para intentar atacar una pa­trulla de re­corrido; pero las circunstancias una vez internados en la urbe, obligaron a un repliegue inmediato, complicado además por la crecida repentina del río y el escape forzado por callejuelas.

 

En torno a la ciudad, Camilo se hizo sentir en diferentes lugares y dio sobradas muestras de coraje aun ante la desventaja nu­mérica, el déficit de armamento y el desamparo de la floresta escasa.

 

Varios combates libró en estas zonas llanas, como el de la finca San Joaquín o el pequeño asentamiento conocido como Paradero de Fidel, aunque ninguno tan cruento como el del 4 de mayo en La Estrella, cuando poco más de 400 efectivos batistianos atacaron el campamento de Camilo y sostuvieron un fuego intenso de varias horas, que culminó con la retirada de los casquitos, tras faltarle a estos el valor y el empuje necesarios para una arremetida final.

 

En su agitado periplo guerrillero por los confines del Cauto, Camilo no quiso obviar un de­talle de elevada significación; pues altamente influido por las doctrinas de Martí, decidió desafiar los riesgos que implicaba el compromiso de llegar hasta los vastos potreros de Dos Ríos, a donde arribó el 13 de junio de 1958, para rendir tributo “con flores y una bandera”, en el sitio exacto de la caída en combate del Apóstol.

 

Cinco días después, regresaba a la montaña, llamado por Fidel. La defensa de la cordillera ante el inminente inicio de la conocida Ofensiva Final requería su concurso; pero en los llanos ya había quedado su huella, sembrada en el cariño de la gente.

 

Sobre sus pasos volvió cuando bajó de la Sierra, otra vez, aho­ra con la misión mayor de llevar, al mando de la Columna Dos, la guerra al Occidente de Cuba. Atravesó la llanura en breve tiempo, aunque con más sigilo, y quienes lo vieron antes —di­cen— volvieron a quererlo; con un amor que todavía les dura en sus hijos, en sus nietos, y en todos los cubanos que en la vastedad del Cauto lo recuerdan en la sonrisa amplia, a la sombra del sombrero.

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