La maestra Graciela

Son las 11 de la noche y un viejo sillón de caoba mece los años, la soledad y los recuerdos de la maestra Graciela. Y aunque el cuerpo pide a gritos reposar en las blancas sábanas lavadas, un alma triste y dolorosa se resiste a caer en el vacío que hace más largas e inquietantes las madrugadas de Graciela.

Una anciana es pero cuantos años dedicó a su familia, a su querido hijo y a su esposo que poco a poco fueron dejando vacías las butacas y sillones de la casa de Graciela.

 

Primero fue el joven Carlos. Quiso el destino y su voluntad que decidiera continuar su vida en otros parajes lejos de esta Isla. Primero fueron cartas y hasta algo de dinero, después fue el silencio mudo que penetró en el alma de la maestra Graciela y allí llegó para quedarse cuando Pedro, su compañero de toda una vida dejó a los mortales de la tierra.

 

Entonces quedaron algunos alumnos, esos que nunca olvidaron a la querida maestra que dedicó cientos de jornadas a enseñar contenidos, a engendrar amor y a formar hombres y mujeres de bien.
 
También estuvieron los vecinos que la acompañaron una que otra noche y algunos parientes que nunca más visitaron la eterna casa  de las puertas abiertas.

 

Pero ahora pasa Gabriel con el  portafolios y la su bata de médico. Ya es tarde. No hay tiempo para un adiós y el  buenos días de su vieja maestra. Tampoco la gente de la cuadra repara en ella y que decir de su hijo del que solo sabe que ya es papá.


¿Por qué todos parecen haber olvidado a la maestra Graciela?  Esas son las miserias humanas que echan al rincón de la soledad a quienes ya perdieron el paso firme y la mirada certera. Esas son las brechas en el alma de la gente que desconoce del afecto, del apoyo y el amor que necesitan personas como Graciela, una mujer que noche tras noche canta a su hijo para no sentirse sola.

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