Gerardo y Adriana iluminan las Alas de Jaruco

Gerardo Hernández y Adriana Pérez, en Jaruco: un suceso que iluminó la jornada del 13 de marzo de 2015 y embelleció la historia de este pedacito de Cuba. Encontrar al héroe, libre al fin, mirarlo de frente y abrazarlo, fueron los anhelos largamente acariciados por este pueblo, en especial por los niños y las maestras del Comité Alas de Libertad, un proyecto nacido en 2010 al calor de la batalla por la liberación de los antiterroristas cubanos.


Radio Jaruco, el mismo sitio donde se fecundó la iniciativa y se prendió pasión a ese vuelo de amor por los Cinco, acogió el encuentro de Gerardo con los niños y adolescentes de las cuatro generaciones de Alas de libertad y sus principales artífices, las maestras Ania Ortega y Meibis Reyes, el mismo día en que la planta comunitaria cumplía 45 años de fundada.

 

Ellas evocaron cómo desde su aula, en la escuela Pelayo Cuervo Navarro, de San Antonio de Río Blanco, lograron aglutinar la ternura de los niños y la dedicación de las familias para crear una tribuna, o más bien un libro donde se contaba y cantaba la verdad de los Cinco a los cuatro vientos.

 

Una de las ideas concebidas por ellos fue el Proyecto Mil grullas por la paz y por los Cinco, que pudo concretarse apenas seis días antes de la liberación de Gerardo, Ramón y Antonio, y así lo contó la maestra Ania a Gerardo.


Gerardo agradeció por tanto amor y su emoción fue indescriptible al ver lo bien que se conserva una de las cartas enviadas por él desde la prisión de Victorville a las Alas de libertad de Jaruco, en 2010.

 

Después habló de su visión de Cuba tras 16 años de ausencia, y de cómo el heroísmo puede nacer de un simple gesto de bondad al ayudar al amigo vecino o desconocido, o servir en otras naciones del mundo, como lo hace el médico de Jaruco, Rotceh Ríos Molina en Sierra Leona, donde enfrenta junto a otros galenos cubanos la epidemia del Ébola.

Mientras Gerardo evocaba el puente de amor construido entre él y Rotceh, abrazaba al hijo mayor del médico de San Antonio de Río Blanco, el pequeño Jean Carlos de nueve años de edad.

 

Gerardo Hernández Nordelo dejó tras su partida, en Jaruco, su firma estampada en los uniformes y las manos de decenas de pioneros, el calor de su abrazo en la gente del pueblo que no lo quería dejar ir, y en la memoria colectiva su mirada desbordante de sueños y futuro. Son imágenes que se reviven hoy en las calles, las casas, los centros de trabajo, y están destinadas a perdurar como las más bellas lecciones de amor vividas en la Ciudad Condal en los últimos tiempos.

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