Rotceh Ríos Molina, un médico de jaruco contra el Ébola: Principio y final de una gran batalla

Tras seis meses de intensa y arriesgada labor los colaboradores de la Brigada Internacional Henry Reeve que enfrentaban el virus del Ébola en Sierra Leona, cierran con broche de oro su hoja de servicios en esa nación de África Occidental.

 

Así lo confesó el médico de Jaruco Rotceh Ríos Molina en su mensaje más reciente fechado el jueves 19 de marzo. El también Especialista de Medicina Interna de San Antonio de Río Blanco llegó a Freetown, capital sierraleonense el primero de octubre del pasado año junto a otros 164 especialistas cubanos, sin sospechar que serían los protagonistas de otra historia de amor a la humanidad.

 

Tengo que decir que me llenaron de nostalgias sus palabras de adiós al hospital Doctor Cuba, como bautizó a la unidad asistencial del distrito de Waterloo donde laboró ininterrumpidamente por casi más de cuatro meses, junto a una treintena de  médicos y enfermeros de la Isla y otros trabajadores sanitarios locales, y donde entraron a la Zona Roja por última vez en la tarde del jueves.


Me hubiera gustado escribir la crónica de ese último día de batalla contra la epidemia más terrible de los últimos tiempos, y decirle desde mi puesto de periodista adiós a las lonas azules de los hospitales móviles que quedan para embellecer la vida y la esperanza del pueblo de Sierra Leona, pero prefiero ceder la palabra al héroe de Jaruco y de Cuba, Rotceh Ríos Molina.

 

19 de marzo de 2015

Mensaje de Rotceh Ríos Molina, Especialista de Medicina Interna

Marle: Es algo muy singular lo que siento, pues la alegría de haber terminado hasta ahora saludable, con unos resultados de trabajo impresionantes, con un total de 202 pacientes de estos 56 positivos y logrando salvar las vidas a 35 de esas personas, son cosas imposibles de describir.


Nos vamos llevando el recuerdo de unas relaciones de trabajo increíbles con los locales  y un reconocimiento social grande, avalado por mostrar el mejor balance de los 4 centros que enfrentaban el Ébola en Freetown.


También me llena de regocijo el hecho de que ningún compañero cubano bajo mi responsabilidad enfermó de nada gracias a todos los controles epidemiológicos diarios, algo elogiado por la jefatura, que a la vez se admira por el trabajo nuestro y reconoce que mi juventud no es un impedimento si las intenciones de hacer lo mejor están presentes.


Pero sobre todo me llena de alegría la satisfacción del deber cumplido conmigo, con mi familia, con mi pueblo, con mi ministerio, con mi gobierno y con el mundo. Esos sentimientos se ven algo empañados por la tristeza de dejar atrás a tantas y tantas personas que  necesitan todavía de mi asistencia, de mis manos, ya sea como compañero, como amigo o como especialista. No obstante me tranquiliza saber que mientras me tocó di y saqué de los míos lo mejor en cuanto asistencia y el trato a los pacientes.


Hoy pongo la cabeza sobre mi almohada y pienso en mi primera entrada al área roja aquel 9 de octubre, a 7 días de mi llegada a este país y veo la diferencia de aquel momento en que la epidemia cercenaba la vida de cientos de personas todos los días, y hoy se cuentan con los dedos de una sola mano los que enferman y muchos no mueren.


Pienso además en aquellos centros de tratamientos deshumanizados que visité en aquellas primeras jornadas cuando me pasmó ver cómo os pacientes morían sin la más mínima de las atenciones, una situación tan diferente a la que veo hoy 6 meses después. Y todo ese resultado que floreció tiene el toque de cubano humano, como decimos entre nosotros.

 

La verdad, siento que he hecho algo grande por la humanidad. Entonces, creo que es momento por decisión de mis superiores de regresar y seguir cumpliendo con mi misión diaria, pero en Cuba donde todos los días, aunque no lo apreciemos en su justa medida, los médicos y enfermeros hacen gestos tan grandes, como los que aquí han quedado grabados para la historia.