Eduardo Galeano: una semilla más poderosa que el tiempo y el olvido

La noticia sacudió al mundo en la mañana de este 13 de abril: falleció el escritor uruguayo Eduardo Galeano. Cuando lo supe, solamente pensé: pamplinas mediáticas, a quién se le puede ocurrir que un hombre como Galeano puede morir. En mi interior no estallaba el lamento, ni la pena, ni el dolor y la razón es muy simple: lo leo, lo vivo, lo siento, y tengo la certeza feliz de su compañía perenne.

 

Encontré a Eduardo Galeano hace poco más de 20 años en la sección, El Diablo ilustrado de la revista Somos Jóvenes. En aquellos momentos leí un fragmento de su libro: La escuela del mundo al revés y quedé conmovida. “El mundo al revés entrena para ver al prójimo como una amenaza, no como una promesa”, fue una de las frases suyas que me hizo repensar la vida, el mundo, la gente.

 

Desde entonces no sé muy bien si lo persigo, o si es él quien me acecha. Hace unos años tuve la suerte de vivir una de sus obras más contundentes y arrasadoras: Las venas abiertas de América Latina. El texto es el viaje más increíble que puede hacerse por el continente y pienso que es el mejor libro de historia de todos los tiempos, por eso lo puse en las manos de Alicia Jrapko, Coordinadora del Comité Internacional por la liberación de los Cinco durante muchos años y mi amiga personal; y de Gerardo Hernández Nordelo, uno de los héroes cubanos.  

 

Galeano era una especie de brujo con la palabra, si te acercas a un libro suyo, si solamente logras aproximarte a uno solo de sus pensamientos, no te podrás salvar de amarlo, y serle fiel para siempre. Es que su verbo se siente como las olas que empapan, sanan, renuevan para devolverte a la realidad dispuesto a enfrentar dragones, piratas, dinosaurios, baobas.

 

La gran virtud de Eduardo Galeano fue poner color a las palabras para dibujar la vida que yacía sepultada en milenios de olvido. Conquistó a millones de amigos, algunos sensatos, otros locos, que le siguen porque en su voz sigue siendo el termómetro más exacto para medir el tamaño de la maldad, la ternura, el odio o la belleza, actitudes y sentimientos humanos o deshumanos que desenmascaró a pesar del maquillaje, los disfraces y las modas.

 

Se confesó enamorado del fútbol, de su Uruguay querido, de las buenas causas y los hombres nobles y de los defectuosos también. Pero amaba, por sobre todas las cosas, la sorpresa y la contradicción. Su mayor temor: el aburrimiento. Su ilusión: vivir una experiencia nueva y mejor al día siguiente.

 

Al principio de esta crónica afirmé que no me dolía la muerte de Eduardo Galeano: pero mentí, en realidad siento una pena honda, infinita, a pesar de saber que su semilla es más poderosa que el tiempo y el olvido.