Ignacio Agramonte, la verguenza como arma

No habían pasado tres semanas del levantamiento de Las Clavellinas (4 de noviembre de 1868) y ya había quienes, más preocupados por sus propiedades que por el destino de la patria, andaban pensando en arreglos con España.

 

Con ese fin, convocaron a una reunión el 26 de noviembre de 1868, en Paradero de Minas, a unos 35 kilómetros de la capital provincial del Camagüey. Entre los citados se hallaba Ignacio Agramonte quien, partidario de continuar la lucha armada, se opuso rotundamente a la claudicación de aceptar la paz sin independencia y neutralizó la maniobra contrarrevolucionaria. Se le oyó decir entonces: “Acaben de una vez los cabildeos, las torpes dilaciones, las demandas que humillan. Cuba no tiene más camino que conquistar su redención arrancándosela a España por la fuerza de las armas”.

 

Desde ese momento, se convirtió en el líder de los patriotas de la región y, aprendiendo sobre la marcha, en su más capaz jefe militar. Al respecto solía decir José Martí: “Sin más ciencia militar que su genio, organiza la caballería, rehace el Camagüey, mantiene en los bosques talleres de guerra, combina y dirige ataques victoriosos”.

 

Representante de su provincia natal en la Asamblea de Guáimaro, fue uno de los redactores de la primera constitución mambisa. Renunció el 26 de abril de 1869 a su cargo en la Cámara de Representantes para asumir la jefatura militar de la división Camagüey.

 

No fue en Paradero de Minas la única vez que el Mayor, como le llamaban sus soldados, se enfrentó a los capitulacionistas. En el transcurso de la guerra hubo quienes ya habían perdido sus arrestos de revolucionarios, entre ellos, muchos de los “amigos” de Ignacio en el Camagüey, opositores furibundos de la tea incendiaria, y fueron a verlo para convencerle de la inutilidad de sus esfuerzos, de la necesidad de “una capitulación honrosa para to­dos y conveniente para ti”.

 

Ignacio les saludó “frío y ceremonioso” al recibirlos. Los oyó a todos detenidamente. Uno de los “amigos”, al terminar su exposición, le dijo: “¿Qué elementos tienes para con­tinuar la guerra? ¿Con qué vas a seguir esta lucha sangrienta, tú solo, careciendo de armas y municiones?”. “¡Con la vergüenza!”, replicó. Y montando en su corcel, seguido de su escolta, retornó a la manigua.

 

Su leyenda creció a la par que se hacían públicas sus anécdotas. Dicen que una vez iba con dos ayudantes y un escolta cuando se les hizo de noche fuera del campamento. En las cercanías solo hallaron una guayaba. El Mayor la tomó en sus manos y con un cu­chillo, la dividió en cuatro porciones iguales. Como si impartiera una orden, exclamó: “Cua­tro pedazos entre cuatro, a uno”.

 

En otra ocasión, con el enemigo cercado, a punto de la rendición, se quedó sin cartuchos. Cuentan que deshojó un diccionario y pidió a sus oficiales que cortaran en cuatro pedazos cada hoja del libro. ¿Las balas? Bajo su dirección, herreros improvisados con mandarrias y cortafríos desollaron las rejas de los ventanales de las casas. Unos llenaban de pólvora los pedazos de hojas y pegaban con leche de jagüey los improvisados cartuchos; otros cortaban en pedazos los hierros.

 

Durante el ataque, un español arriesgado sacó la cabeza de su trinchera y recriminó a los mambises: “Bárbaros, no tiréis con balaustres de ventanas”. Tal anécdota luego sería recogida en un popular dibujo animado.

En su tropa, confraternizaban el hacendado y el antiguo esclavo, el artesano y el jornalero, el intelectual y el campesino, blancos, mulatos, negros e incluso chinos. Varios in­ternacionalistas, entre ellos el neoyorquino Hen­ry Reeve, El Inglesito, combatieron bajo su mando.

 

Agramonte estaba predestinado a ser el futuro jefe de la Revolución y lograr la unidad entre todos los independentistas cubanos, pero una bala perdida en la escaramuza de Jimaguayú, el 11 de mayo de 1873, cercenó su existencia.

 

Tras su muerte, las intrigas, la indisciplina y el desaliento ante tanta desunión cundieron en el campo mambí. Ocurrieron entonces la deposición de Céspedes y su muerte solitaria, abandonado en un caserío de la serranía; los motines de Lagunas de Varona y Santa Rita; el regionalismo desbocado de los villareños que hicieron fracasar el Plan de invasión a Oc­cidente al obligar a Máximo Gómez a abandonar el territorio. Paso a paso, se llegó hasta el Zanjón. Pero esta vez, a diferencia de cuando la Junta de Paradero de Minas, no estaba Ignacio Agramonte para neutralizar a la contrarrevolución.

 

Para suerte de la cubanidad, sí hubo un Antonio Maceo que rescató su intransigencia y la de Céspedes y convirtiendo la capitulación en simple tregua, convocó en Baraguá a luchar con la vergüenza.

 

Autor: Pedro Antonio García | Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.