Jaruco, la eterna Ciudad Condal

De andar por los tiempos, se nos queda el aliento de la memoria clavado como testamento, y nos remite a los paisajes de la esencia. Esa majestuosa señora, la historia, nos seduce y compromete, y como sublime néctar, embriaga de luz la existencia toda.

 

Cuentan que en 1762, Doña Bárbara Palacián y Gatica decidió vender el corral de Jaruco a Don Gabriel Beltrán de Santa Cruz y Aranda. Él quería fundar, pero la doña le impuso la condición de que la Ciudad se llamaría San Juan de Jaruco, en honor a su pariente, el canario Juan de Orta. Jaruco ya era sitio habitado, pero las aspiraciones de Don Gabriel eran muy claras. Quería dar linaje a esta geografía de ríos y palmeras, y propuso a Carlos Tercero, Rey de España, la fundación de la ciudad de Jaruco en 1765.

 Las ambiciones de dos hombres dieron impulso a la historia. El criollo Don Gabriel, anhelaba el título de Conde, para ingresar oficialmente a la nobleza, y el monarca español, recaudar dinero para su reinado y asegurar una plaza colonial necesaria.

Don Gabriel recibe el título nobiliario de Conde en 1770, pero fallece sin concretar su compromiso de hacer la ciudad pactada. Faltaba La Iglesia, y fue Doña Teresa Beltrán de Santa Cruz y Calvo de la Puerta, quien a la muerte de su esposo, procedió a cumplir con los deberes más perentorios contraídos.

En 1773 se comenzó la construcción del templo católico.

En el año 1778, el Obispo Santiago Echevarría, bendijo al majestuoso templo con la advocación de San Juan Bautista de Jaruco.

El 4 de febrero de 1780 el Rey de España Carlos Tercero le concedió a la condesa el poder para elección de los miembros del Consejo de Ciudad y el 24 de junio de ese año quedó instalado el Ayuntamiento. Comenzaron entonces los adoquines a tapizar los senderos, las casas a desafiar las montañas, y la ciudad a llenarse de historia.

La fecha exacta del nombramiento de ciudad condal, anda errante en la memoria, pero la nobleza heredada por la sangre del Conde Don Gabriel, es verdad inescrutable que hoy los jaruqueños defienden con el orgullo del privilegio.

Así nació, ungida por las aguas del río y bañada de tradición, la eterna Ciudad Condal. Hoy, al desandar sus calles, respiramos el aliento de la memoria, y nos seduce y compromete, como sublime néctar, para embriagarnos de luz la existencia toda.

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