¡Gracias Santiago!

¡Santiago de Cuba!

 

Hemos venido ante ti, al cumplirse el 25 aniversario, con una Revolución hecha realidad y todas las promesas cumplidas. ¡A ti te otorgamos hoy el Título de Héroe de la República de Cuba y la Orden Antonio Maceo, aquel insigne hijo tuyo que nos enseñó que jamás un combatiente cesa en su lucha, que jamás puede haber pactos indignos con el enemigo, que jamás nadie podrá apoderarse de Cuba sin perecer en la contienda!

 

Tú nos acompañaste en los días más difíciles, aquí tuvimos nuestro Moncada, nuestro 30 de noviembre, nuestro Primero de Enero. A ti te honramos especialmente hoy y contigo a todo nuestro pueblo, que esta noche se simboliza en ti.

 

¡Que siempre sean ejemplo de todos los cubanos tu heroísmo, tu patriotismo y tu espíritu revolucionario!

 

¡Que siempre sea la consigna heroica de nuestro pueblo la que aquí aprendimos!

 

¡Patria o Muerte!

 

¡Que siempre nos espere lo que aquí conocimos aquel glorioso Primero de Enero: La Victoria!

¡Gracias Santiago!

 

Fidel Castro Ruz

 

1ro. de enero de 1984


Cuartel Moncada, hoy Ciudad Escolar 26 de Julio.

 

Santiago heroica

 

Explorar la cualidad heroica de la comunidad de hombres que han habitado, a lo largo del tiempo, la ciudad de Santiago de Cuba no es oficio difícil si conocemos su pasado, aun aquel más reciente.

 

Basta remitirse a aquellos momentos de los siglos XVI y XVII, cuando la tenacidad de sus habitantes hizo posible la permanencia al fondo de la hermosa bahía, a pesar de terremotos y ataques constantes del corso y la piratería. Las frecuentes agresiones inglesas a su territorio, luego de la conquista de Jamaica, llevaron a las huestes criollas a combatir en el Caribe foráneo, y el éxito en las operaciones valió para que la Corona española otorgara a la ciudad el título de “Muy noble y muy leal”.

 

Es en 1741 que la hidalguía criolla de los descendientes y mestizos de aborígenes, españoles y africanos, trascendió las fronteras de la isla de Cuba al impedir la toma de la ciudad mientras se llevaban a cabo los intentos de una expedición británica, de unos 8 000 hombres, dirigida por el contralmirante del mar azul Edward Vernon y el general Thomas Went­worth. El hostigamiento de las milicias y del ejército regular, además de las enfermedades, impidió el avance inglés y la construcción de una base naval en la costa oriental de la bahía de Guantánamo.

 

No es ajena a esta historia de va­lentía la lu­cha de varias genera­ciones de descendientes de aquellos cientos de bozales angolanos que trabajaron en el Real de Minas de Santia­go del Prado. Los llamados cobreros exigieron su derecho a la autodeterminación y el recono­cimiento de su comunidad criolla —expresada mediante su devoción a la virgen de la Caridad del Cobre— hasta que por Real Cédula de 1800 les fue concedida la libertad. Su ejemplo se extendió a las clases y estamentos desposeídos y se convirtió en leyenda de integridad humana.

 

Una conciencia política democrática se forjó bajo la influencia de la ilustración y las experiencias vecinas de Haití y Jamaica, del arribo de inmigrantes, soldados y oficiales del continente irredento, de la divulgación de la Constitución gaditana. Y en 1836, cuando el gobernador departamental Manuel Lorenzo proclamó por tercera ocasión la Carta Magna, estuvo a punto de estallar una insurrección independentista contenida por los intereses esclavistas de su oligarquía y por las potencias imperiales que pretendían proteger las inversiones de sus nacionales. La sabiduría criolla se fortaleció y preparó a los pobladores para 30 años después.
Plaza de la Revolución Antonio Maceo Grajales.

 

En la región santiaguera, las clases populares se unieron a la revolución independentista dirigida por Carlos Manuel de Céspedes el 10 de octubre de 1868. La familia Maceo-Grajales es paradigma de esta decisión plenamente cubana que durante diez años marcó la postura democrático-radical y aspiró a la abolición de la esclavitud e igualdad social, tal y como se revela en la Protesta de los Mangos de Baraguá. También puede juzgarse en los intentos de Guillermo Moncada, Quintín Bandera y José Maceo en la llamada Guerra Chiquita por revivir el combate independentista. Entre 1895 y 1898 es innumerable el mambisado que aportó el pueblo santiaguero a la contienda por la independencia. El espíritu nacional no quebró con la ocupación norteamericana; contrariamente, el sufrimiento de los pobladores, como consecuencia del sitio a la ciudad, acentuó los principios de autodeterminación.

 

No es casualidad que la cubanía santiaguera se manifestara durante la primera mitad del siglo XX en impetuosas vertientes de la cultura popular: la música o la danza; en la pelea contra las desigualdades raciales o sociales.

 

Alcanzará su clímax con la repulsa al golpe de Estado el propio 10 de marzo de 1952, en la protección a los asaltantes al cuartel del Regimiento No. 1, dirigidos por Fidel Castro, quien conocía muy bien la tradición his­tórica de Santiago de Cuba, según juzgó en su alegato de La Historia me Absolverá. Y es el 30 de noviembre de 1956 cuando el pueblo de la capital oriental manifestó su respaldo absoluto a la vanguardia en la búsqueda de la total independencia. Costó la vida de muchos de sus hijos más queridos, asesinados por las hordas del tirano. Su abrigo quedó representado al acompañar espontánea y multitudinariamente a Frank País García has­ta su última morada en plena dictadura.

 

Alegría inconmensurable para to­dos los santiagueros fue el triunfo revolucionario del 1ro. de enero de 1959 y bien ganadas las palabras de reconocimiento del líder de la Revo­lución aquel día en los balcones del gobierno municipal a la población reu­nida en el Parque de Céspedes. Fidel dio nuevamente las gracias a los
Museo de la clandestinidad y otrora estación de policía.

 

santiagueros por su rebeldía, puesta al servicio de la revolución emancipadora cuando se le otorgó el título de Héroe de la República de Cuba y la Orden Antonio Maceo conferidos el primero de enero de 1984, por sus tradiciones patrióticas y revolucionarias de profunda raíz popular.

 

Olga Portuondo Zúñiga (Historiadora.  Doctora
en Ciencias Históricas).

 

Una cultura fundacional y rebelde

 

Santiago de Cuba no es un nombre, es un espíritu. Su sol, su ritmo, su gente que no se rinde jamás. Este propio mes de julio resulta vitrina de su aporte a la identidad nacional. Se abre con el Festival del Caribe o Fiesta del Fuego, que defiende el pensamiento de Joel James de que la independencia de la nación pasa por su cultura popular y tradicional. Es la creación que parte del orgullo del barrio, que circula en la sangre, que no se apaga.

 

En esa propia filosofía, sobrevienen los festejos del carnaval. La ciudad abre sus brazos, suena la corneta china, arrastra tras de sí a visitantes y lugareños. Trocha arriba y Martí abajo. Precisamente en tiempos de carnaval, un 26 de julio de 1953, se asaltaron los muros del Moncada. Ese día, la rebeldía, la cultura y el aliento popular se fundieron para siempre en la ciudad.

 

En tierra santiaguera nació en el siglo dieciséis, el mestizo Miguel Velázquez, primer maes­tro y músico notable de la Isla. La ciudad atesora desde 1610 el Santo Ecce Homo, óleo sobre madera, envuelto en mil leyendas y considerada la obra pictórica más antigua en Cuba. Por su parte, Tadeo Chirino (1717-1791), se inscribe como pionero de las artes plásticas.

 

La creación del Seminario San Basilio Mag­no (1722), la So­ciedad Económica de Ami­gos del País (1787) y la imprenta con Matías Al­queza (1792) marcan la centuria del dieciocho; mientras Esteban Salas (1725-1803) convierte la capilla de música de la Catedral santiaguera en “un verdadero conservatorio”.

 

El poeta Manuel Justo de Rubalcava (1769-1805) y el periodista y erudito Manuel María Pérez y Ramírez (1772-1852) dejan su huella en las letras;―la historiadora Olga Por­tuondo aportó recientemente dos volúmenes que exploran la huella de estas figuras. Desde el destierro, José María Heredia (1803-1839) hace flotar en sus versos una patria que habría que arrancar todavía al coloniaje español.
Sala de conciertos Dolores.

 

Un puente entre siglos traza Emilio Bacardí Moreau (1844-1922), una personalidad impresionante. Sufrió prisión por su apoyo a la lucha independentista y fue alcalde santiaguero en los albores del veinte. Desarrolló una intensa labor social y literaria. El primer museo público de Cuba, obra de sus desvelos, atesora objetos de la historia patria y una pinacoteca que incluye, entre otras, piezas de José Joaquín Tejada. “El pintor nuevo de Cuba”, así le llamó José Martí.

 

Para encontrarte, Santiago, habrá que ba­jar por la larga escalinata del Cabildo Teatral Santiago con una tropa de soñadores. Teatro de relaciones que busca a su público en la calle. Habrá que asomarse a las raíces del Conjunto Folclórico de Oriente, el eros desbordado de Teatro de la Danza del Caribe, los suaves movimientos de la Tumba Francesa La Caridad de Oriente, Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Hu­ma­nidad.

 

Habrá que abrir las páginas de la novela Bertillón 166, de José Soler Puig, para habitar una ciudad indoblegable y clandestina. Aso­marse a la lírica de Luisa Pérez de Zambrana, José Manuel Poveda, César López, Jesús Cos Causse y Teresa Melo. O, al amarillo, los azules profundos, las callejas pintadas por Antonio Ferrer Cabello, Miguel Ángel Botalín, Aguilera Vicente, Loreto Horruitiner, todos vinculados a la Academia José Joaquín Tejada.

 

Santiago de Cuba es la voz de Luis Car­bonell. La estatua ecuestre de Antonio Maceo en la Plaza de la Revolución, obra de Alberto Lescay. Los magos de la dramaturgia radial: Félix B. Caignet, Antonio Lloga y Marcia Cas­tellanos. Y la estirpe de fundadores de la Universidad de Oriente (1947) y el Grupo Galería (1953); de Tele Rebelde (1968), la Editorial Oriente (1971) y los Estudios Siboney de la Egrem (1980), instituciones capitales para la cul­tura en suelo oriental.

 

Santiago de Cuba es música por antonomasia. Cuna del bolero, ventana abierta a las guitarras. Artesa donde el son halló aliento antes de expandirse por el mundo. Ciudad donde vieron la luz Pepe Sánchez, Sindo Ga­ray,
Estatua viviente en calle Enramadas.

 

Mi­guel Matamoros, Ñico Saquito, Compay Segundo, Electo Rosell (Chepín), Ricardo Leyva y Enrique Bonne.

 

“Gente arrabalera, de guitarra vieja para amanecer”, como diría William Vivanco.

 

Es reservorio y renuevo perpetuo del pentagrama. De Alberto Villalón a José Aquiles, de Augusto Blanca a Eduardo Sosa, de Salvador Adams a Eliades Ochoa. Es Harold Gra­matges y el largo magisterio de Dulce María Serret. Los boleros interpretados por Olga Guillot, Pacho Alonso, Ibrahím Ferrer y Fernando Álvarez. Rodulfo Vaillant y su innegable defensa de la música popular.

 

Es Celeste Mendoza. La Lupe, ciclónica e irreverente. La voz de terciopelo de José Armando Garzón. Electo Silva y su joya, el Orfeón Santiago. Los festivales de coros. El baile al compás de Chepín-Chovén, Los Karachi, Son 14, Sur Caribe o el Septeto Santiaguero. Y, por supuesto, la calle Enramadas, bautizada como “novia de nuestra ciudad” por Pedro Gómez.

 

No os asombréis de nada. Subo y bajo las calles empinadas, canto con ellos. Pero, San­tiago de Cuba no es un nombre, es un espíritu. Su sol, su ritmo, su gente que no se rinde jamás.

 

Reinaldo Cedeño Pineda (Escritor y periodista, vicepresidente de la Uneac en Santiago).


Calle Enramadas.

 

El ajiaco santiaguero

 

La maravillosa metáfora sobre “nuestro nacional ajiaco” que Fer­nando Ortiz utiliza para explicar los complejos procesos de mestizaje biológico y cultural que tuvieron lugar en la olla-isla de Cuba a lo largo de varios siglos, cobra un particular interés cuando la usamos para acercarnos a nuestro ajiaco regional.

 

Una mirada al proceso histórico de esta región de Cuba, a orillas de cuya larga bahía de bolsa fundó Diego Velázquez la villa de Santiago en el verano de 1515, puede mostrarnos algunas de las características del caldo de civilización que durante quinientos años ha ido cristalizando entre las montañas de la Sierra Maes­tra y el mar Caribe.

 

Los arqueólogos han documentado una densidad de población abo­rigen muy alta en el oriente cubano a la llegada de los conquistadores, de lo cual puede inferirse que la huella indígena en nuestra cultura local es mucho más relevante que en la región central u occidental de la Isla.

 

A comienzos del siglo XVII las autoridades coloniales fundaron el poblado indígena de San Luis de los Caneyes, el cual mantuvo un diálogo de varios siglos con la ciudad de Santiago. El mismo fue, a lo largo del tiempo, el sitio de refugio de los santiagueros durante los ataques de corsarios y piratas; lugar de recreo y patria del mango de bizcochuelo, para nosotros el mejor del mundo.

 

La emigración española durante los primeros siglos de la colonización procedió de diversas zonas de la península ibérica y las islas Canarias; sin embargo a fines del siglo XVIII comenzó a arribar a Santiago un río de catalanes para los cuales “hacer América” terminó siendo no pocas veces poner una bodega en la ciudad; fueron tantos los catalanes en el comercio santiaguero decimonono, que catalán llegó a ser sinónimo de comerciante; la impronta catalana en la cultura santiaguera contemporánea fue también notable.

¡De manera que cuando en San­tiago se habla de raíces hispanas hay que tener en cuenta que estas remiten de manera especial a Cataluña!

 

Según el historiador caneyense José María Callejas, autor de la primera historia de Santiago de Cuba, en el año de 1522 entró por el puerto de Santiago el primer cargamento de negros africanos. De manera que el “ingrediente africano” ingresó en el ajiaco local apenas siete años después de la fundación de la Villa.

 

En su novela histórica Doña Guio­­­mar. Tiempos de la Con­quista, Emilio Bacardí nos describe con increíble derroche de imaginación el momento en que se desencontraron españoles, indígenas y africanos en suelo santiaguero:

 

Desnudos como la naturaleza los creó, lo mismo los unos que las otras, pisaron tierra, y fueron dirigidos ha­cia la Plaza de Armas. Subieron la cuesta precisa para llegar a ella, y como rebaño inconsciente e insensible, marcharon acompasadamente, reluciéndoles la negra piel, húmeda del abundante sudor que les chorreaba por el cuerpo. (1)

 

El proceso de africanización de Santiago no tuvo lugar sin embargo hasta la primera mitad del siglo XIX, cuando el fomento de cafetales e ingenios por los franceses y criollos haitianos provocó la entrada masiva de
Iglesia del Cobre.

 

esclavos. Aquel fue el fin del mundo de los hatos y corrales que había durado aquí la friolera de más de doscientos años. Fue entonces que las fiestas de mamarrachos re­sultaron dominadas por la percusión africana y se poblaron con tumbas francesas y cabildos de nación; al tiempo que los dioses que viajaron en las cabezas de los negros des­de África se abrieron un espacio a codazos en el santoral católico, en un proceso que muchos años más tarde los antropólogos llamarían sin­­­cretismo.

 

¡Los franceses, los africanos y la terrible economía de plantación, re­diseñaron la cultura local, contribuyendo de forma significativa al perfil definitivo del santiaguero!

 

El mulato francés Hipólito Pirón en su libro La Isla de Cuba ofrece un estupendo comentario sobre los ha­bitantes de Santiago en tiempos de la plantación:

 

Tienen imaginación, el instinto de la poesía y el gusto por la música. Por naturaleza poco trabajadores e industriosos, disfrutan ampliamente, cuando poseen alguna fortuna de la felicidad de no hacer nada. (2)


Un capítulo especial en la historia del ajiaco santiaguero merece­rían las minas de cobre, allí junto al cerro del Cardenillo, a los pies de la virgen de la Caridad del Cobre, convivieron con negros y mulatos, en distintas épocas, grupos de alemanes, mexicanos, ingleses y chinos; de suerte que este rincón se con­virtió en una especie de crisol de culturas.

 

La Guerra Grande catalizó positivamente el tránsito de lo criollo a lo cubano, luego de diez años de lucha a lo largo de los cuales la flor y nata de la juventud criolla blanca  se enroló en la División Cuba, los negros y mulatos libres se fueron masivamente a la  manigua y hasta los chinos de las minas de cobre se convirtieron en mambises; después de una década de lucha por la independencia y la abolición de la esclavitud, allá en lo hondo “del puchero”  cristalizó una masa nueva.

 

La identidad santiaguera parece haber cuajado en buena medida en el curso de la centuria decimonona; todo parece indicar que al finalizar esta se habían fraguado los principales elementos positivos y negativos que desde entonces identificarían al santiaguero dentro del contexto de la cultura cubana.


A comienzos del siglo XX el poeta Enrique Hernández Miyares apreciaba en los santiagueros un rasgo que al parecer ya nos distinguía:

 

En ninguna parte de la Isla— per­dóneseme que diga la verdad— se mantiene como en Santiago de Cuba, el vivo entusiasmo  revolucionario. El Himno de Bayamo se escucha de pie, con la cabeza descubierta. (3)


Muchos años después otro poeta, Regino Pedroso, retomaba la misma idea durante una visita a la ciudad:
Quizás si la distancia y las montañas han contribuido en gran parte a mantener allí, casi como un culto primitivo, nuestras mas heroicas tradiciones. (4)

 

¡Estamos quizá ante el principal secreto de la cultura santiaguera, la rebeldía que ha nutrido durante muchos años el patriotismo y el espíritu revolucionario del santiaguero!

 

A lo largo del siglo pasado nuestro ajiaco continuó enriqueciéndose al recibir toda una serie de grandes y pequeñas emigraciones de españoles, haitianos, suecos, jamaicanos, dominicanos, puertorriqueños, árabes y judíos. Aunque las motivaciones de unos u otros se movían dentro de un espectro de intereses muy amplio, todos veían a Santiago como un destino de esperanza. La mayoría de estos perdieron aquí sus ilusiones y terminaron haciendo sus maletas; algunos sin embargo se aplatanaron e integraron al denso caldo de cultura que desde hacía siglos borbollaba en el fogón santiaguero.

 

Rafael Duharte Jiménez (Historiador, especialista de la oficina del Historiador de la Ciudad de Santiago de Cuba).

Fuentes citadas:

(1)Emilio Bacardí: Doña Guiomar. Tiem­pos de la Conquista, tomo I, Santiago de Cuba, 1976, p.51
(2) Hipólito Pirón: La Isla de Cuba. Ed. Oriente, Santiago de Cuba, 1995, pp.43-44
(3) Enrique Hernández Miyares: No­tas a escape, en: Rafael Duharte y Elizabet Re­cio, compiladores, Santiago de Cuba siglo XX, editorial Oriente, Santiago 2005, p.45
(4) Ibíd. Regino Pedroso: Santiago de Cu­ba, la ciudad de las montañas, p.114

 

Autor: Fidel Castro Ruz

Autor: Rafael Duharte Jiménez*

Autor: Olga Portuondo Zúñiga*

Autor: Reinaldo Cedeño Pineda

 

 

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