Una mujer de lluvia, luz y semilla

Su mundo es el de los números y su pasión, la economía. Es una mujer simple que lleva las canas con orgullo y quizás por esa razón nunca pasa inadvertida. Tiene 59 años de edad y dice que está jubilada, pero solo de mentiritas. Es que detesta quedarse en casa cuando afuera le aguarda su ciudad, su gente y los compañeros del trabajo que confían en su sapiencia, en su voz, en su consejo.

Afirma que a estas alturas de la vida le ha dado por mejorar la economía, pero en realidad es lo que ha hecho siempre. Acumula 37 años de trabajo, de intentos por restar problemas, sumar posibilidades y multiplicar esfuerzos.

Siempre está llena de propósitos, metas, ideas, locuras. Pero desde hace poco más de dos años halló una nueva motivación para seguir. Se trata del proyecto integral para el desarrollo económico de Jaruco, que para ella, más que una empresa o un plan, es como su hijo más chiquito.

Aimé, como le llaman todos, ahora se la pasa calculando el modo de rejuvenecer su Ciudad Condal, de encenderla con los faroles de otro tiempo, de iluminarla con edificaciones renovadas, calles recién hechas, comercios prósperos, campos cultivados.

Aimé sueña y también intenta. Y tiene mil razones para hacerlo: cuatro nietos, dos hijos, el esposo que la mima como si fuera una niña, la gente del barrio, los nuevos contadores que se forman en las escuelas, la tierra donde vive y se multiplica como federada y cederista, amiga, hermana.

La llamé Aimé porque es así como le dicen todos, pero en realidad su verdadero nombre es Carmen Páez Llerena. Es la Presidenta de la Asociación de Contadores y Economistas de Cuba, en Jaruco, pero sobre todo, es una mujer cubana y jaruqueña con el color de cualquier tiempo, y con una ansiedad irremediable por mejorar la vida de los otros, aliviar las cargas ajenas, crear un mundo mejor.

Tengo la certeza que Carmen Páez, o mejor, Aimé, es de esas personas imprescindibles que lo apuestan todo a una idea y no descansan hasta hacerla realidad. Será por eso que se mira poco al espejo, que no se pone pintura en los labios, ni usa collares, ni tacones, ni brillos, ni adornos. En realidad, su única pretensión es que la escuchen.

Ella sabe el poder que tienen las palabras, los números, la ciencia, las manos cuando obran por el bien de los demás. Quizás no lo sospeche, pero su destino es germinar, por eso su obra tiene que ver más con la luz, la lluvia, la semilla. Carmen quiere ahora iluminar su Ciudad Condal.

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