Fidel Castro

Tuve una profesora de Literatura que narraba a todos los alumnos que pasaban por su clase la ocasión en que vio a Fidel Castro frente a ella por primera y única vez. Decía que en aquellos momentos quedó muda y una fuerza misteriosa la clavó en el suelo cuando el Comandante puso una de las manos en su hombro como expresión de saludo cordial.

 

En aquellos momentos yo no podía entender por qué una mujer como aquella, había pasado la oportunidad de dar las gracias a Fidel, cuando ella misma repetía que al líder cubano le debía la realización de sus sueños profesionales y el bienestar de su familia, pobre y marginada antes de 1959.

 

Realmente no recuerdo muy bien el nombre de mi profesora, pero conservo intacta su imagen en la memoria. Era una morena delgada llena de chispas y tenía el poder de trasladarnos a los escenarios maravillosos de las obras de la literatura universal en cada encuentro.

 

Vestía elegantísima y llevaba la vida como una fiesta permanente. Aunque no era agraciada físicamente, sobresalía por su manera cuidadosa de hablar eligiendo cada frase, cada palabra. Sus ademanes eran delicados, y hechizaba con su mirada soñadora y profunda y aquel gesto de sus manos que atravesaba el alma.

 

Así nos cautivó y nos enseñó a amar la lectura, la vida y a Fidel. Aunque hablara de la España de Cervantes y Miguel Hernández, de la Italia de Bocaccio o de la Inglaterra de Shakespeare, se las ingeniaba para enlazar su discurso con la Revolución y la obra del Comandante.

 

Ya había aprendido desde niña que Fidel era el bendito culpable de todo lo hermoso que nos rodeaba, de nuestra casa, la escuela, los libros, la pañoleta, la bandera y la alegría que se respiraba por doquier. Pero aquellas lecciones cívicas de mi profesora de Literatura completaron la imagen del Comandante que fecundaron en mí, mi mamá y los maestros de la primaria.

 

Y es cierto, Fidel tiene que ver con todo, con la vida individual de cada cubano y con los desafíos colectivos que hemos enfrentamos por más de medio siglo. Él está en lo que hicimos y en lo que nos queda por hacer, y el solo hecho de saber que está en su casa, empeñado todavía en enseñarnos a pensar, es estímulo suficiente para seguir.

 

Nunca más supe de aquella profe tan sabia y profundamente revolucionaria, pero estoy segura que si vive, donde quiera que esté debe estar aún repartiendo semillas y esperanzas tal y como le enseñó nuestro amigo Fidel.


 

Videos


Artículos Relacionados

Variados