El teatro de Alicia, el arte de Cuba

Cuando el coliseo de Prado y San Rafael reabra sus puertas, lo hará de un modo mucho más completo: ya no será el Gran Teatro de La Habana a secas, sino el Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso. Justa, sa­bia y emotiva decisión. Ningún otro nombre resume en nuestra época con mayor simbolismo, en el ámbito de la cultura artística, el encuentro de la Patria con los caminos del mundo.

 

La danza, sí, es lo dominante. Cada centímetro cuadrado del escenario de la sala García Lorca —el amado poeta español que por su vocación libertaria y su lirismo esencial también nos pertenece— guarda la impronta de Alicia: de sus pasos y sus sueños, de sus hazañas y fervores. Allí crecieron sus personajes, las criaturas que bailó y pensó, las que vivieron con ella y las que ha hecho, y todavía hará vivir, en los pasos y los gestos de otros y otras, los discípulos que prolongan su linaje. “Yo bailo con mis coreografías —me dijo una vez—; es un modo de seguir bailando. Antes disfrutaba como bailarina; aho­ra lo hago con los demás. Y le juro que voy ­si­guien­do y sintiendo cada movimiento, las e­mo­ciones de cada personaje. Al final de cada representación termino extenuada, como si hu­biera estado todo el tiempo en escena”.

 

Alicia es la Danza, cómo no, con mayúscula. Junto a Fernando moldeó el espíritu de una escuela y una compañía. Vuelvo a sus confesiones: “Yo siempre he dicho que la técnica es el idioma, pero hay que saber qué se dice y cómo se comunican las cosas, y ese es el estilo”.

 

Pero más allá de la Danza, Alicia es el Arte. No solo por lo que fue, ha sido y será, sino por la integralidad abarcadora de una sensibilidad que enlaza el vuelo universal con una raigal cubanía, esa que ha promovido las danzas y los valses de Lecuona —una de las salas de concierto del Gran Teatro Alicia Alonso lleva el nombre del autor de La comparsa—, la vanguardia fundacional de Rol­dán y Caturla, los afanes del Grupo Renovación Musical.

 

He sido testigo del aprecio de Alicia por la ópera italiana, de su interés por actualizar el gusto por la ópera barroca, de su empeño por enaltecer en nuestro medio las obras y las vo­ces de la zarzuela española, pero sobre to­do por lograr que la Cecilia, de Roig, permanezca vi­gente, y se den la mano en la escena los aires flamencos con los toques iniciáticos de los tambores batá, como lo pueden atestiguar aquí Ser­gio Vitier y en el plano astral Antonio Gades. Y todavía pregunta cuándo y cómo Chucho Val­dés cumplirá con la partitura comprometida con el Ballet Nacional de Cuba, mientras resguarda la memoria íntima de Bola y Esther.

 

El Arte de Alicia es el de las pinturas de Ponce y Portocarrero, Amelia y Víctor Manuel, Ser­vando y Raúl Martínez, y dialoga con Gui­llén, Lezama y Carpentier, con Martí en el centro de todo.

 

Hace pocas semanas, cuando aún no se ha­bía adoptado la decisión de rebautizar el teatro con el nombre de Alicia, ella recorrió la instalación y comprobó in situ la marcha del proceso de restauración. Habló con los trabajadores y especialistas del Ministerio de Cultura y valoró las nuevas facilidades técnicas y escénicas.

 

Días después tuve la oportunidad de realizar, junto a un grupo de escritores y artistas, compañeros de la Uneac, el mismo recorrido. Uno de los responsables de alistar el tabloncillo principal dijo una frase que vale por un manifiesto: “Esto es para que Alicia baile para Cuba toda una vida”. Así será.

 

Por Pedro de la Hoz | Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

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