Evocaciones

Los recuerdos que conservo de los Comités de Defensa de la Revolución se remontan a los días de mi infancia, cuando estudiaba en una escuela monumental nacida en medio de un pantano, gracias a la iniciativa del propio Fidel Castro, quien al viajar en un yipi por aquella zona en 1968, se había atascado catorce veces.

Mi escuela primaria está en un sitio de la geografía de Mayabeque que se llama Valle del Perú, y allí fue donde las maestras me enseñaron la historia y el significado de la mayor organización de masas en Cuba, surgida en 1960.

Nunca podré olvidar aquellas lecciones porque Luisa y Nancy (mis maestras preferidas) se valieron de relatos, cuentos y anécdotas de los libros de Lectura para encender el interés de los niños por aquel suceso que entrañaba en sí mismo otros que habían causado luto y dolor a muchas familias cubanas.

Realmente, por aquellos días jamás escuché la palabra terrorismo en el aula. Tampoco me asustaba jugar a los escondidos por la noche en mi barrio, ni cazar cocuyos en el campo hasta las tantas, porque desconocía el temor y nada sabía hasta entonces de los crímenes que grupos de contrarrevolucionarios habían cometido en otros sitios del país durante los primeros años de Revolución.

Fidel había creado los Comités de Defensa de la Revolución para proteger al pueblo, pero para mí el acontecimiento tenía el color de las imágenes de mis libros de Lectura donde disfrutaba viendo a los niños y los vecinos organizando la fiesta cederista o recogiendo materia prima.

Recuerdo que no solo leía, sino también vivía aquellos textos con un placer que me acompañaría siempre, cada vez que tomo un libro en las manos.

Tampoco puedo olvidar que muchas veces estrenábamos ropa nueva para las fiestas del Comité, y éramos cuatro hermanos. Se encendían las luces de las aceras y también las de los balcones de las casas para iluminar el pueblo que se disponía a celebrar por todo lo alto el hecho de vivir con paz y tranquilidad.

La música de los Van Van ponía entonces a bailar a todo el mundo, y luego se bebía cerveza, refrescos y se compartían los dulces y la caldosa.

La ocasión era aprovechada por los jóvenes para enamorarse, mientras los viejos construían décimas en un dos por tres, y nosotros correteábamos hasta terminar empapados de sudor, pero felices.

Al día siguiente, las maestras nos invitaban a recordar la fiesta de la noche anterior y terminábamos muertos de la risa, sin tener plena conciencia de aquellos momentos eran parte de la historia de nuestro país, que a pesar de todo sigue andando adelante, más seguro gracias a los Comités de Defensa de la Revolución.

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