Teresita para siempre

No solamente la escuchaba, yo soñaba a Teresita Fernández García. Primero me encantó con Vinagrito, después con Tin Tin la lluvia. Y yo solía repetir aquellas canciones de memoria hasta comprender que más bien se trataba de hermosas lecciones de ternura y bondad.

En aquellos primeros años de mi infancia asistí a ese juego diferente con palabras y música que se aliaban para cautivar a los niños. Pero lo más profundo y hermoso de aquel regalo era la voz de esta juglar, “pobre, nómada y libre” que fue, Teresita Fernández.

Como decía Liuba María Hevia, a Teresita no hacía falta conocerla para quererla. Por eso, cuando comencé a verla en la televisión no reparé en su ropa casi masculina ni en su despego por los adornos, porque para brillar le bastaba la guitarra y entonar Lo feo, Dame la mano y danzaremos, Vamos todos a cantar.

Todo ese mundo de fantasías y colores que vivía en mi imaginación cobraba vida solo en la voz de Teresita, y es que ella tenía esa rara virtud de adivinar los sueños, y dibujarlos exactamente como los pensábamos los niños de mi generación, y sé que continuará siendo así para todos los tiempos.

Teresita Fernández era una maestra que cantaba, y su único propósito era repartir la alegría. Por eso creó La peña de los Juglares, en el Parque Lenin, y tuvo el acierto multiplicar esa iniciativa en otros espacios de la geografía cubana donde se compartían los versos y la risa, y se abrazaban los amigos.

Cuando supe la noticia de su fallecimiento esta mañana, me estremecí, y sé que a la misma vez millones de personas en Cuba y otras partes del mundo lamentaban su partida.

Teresita acaba de irse, pero, ¿será realmente así? No lo creo, ni siquiera acepté que estaba muriendo en su apartamento de La Habana donde vivía con su Vinagrito de cartón esperando en una pared; contemplando los gorriones en su ventana; las flores silvestres, las nubes… el amanecer, el mar, porque según ella… “la naturaleza es superior a la vida que nosotros mismos nos imponemos y limitamos”.

Y es que ayer mismo Teresita llenaba mi casa con esas canciones que también le gustan a mi pequeño Alessandro. Y mañana repetirá su concierto en otras casas, en las montañas, en los ríos, bajo los árboles donde entonaba mejor porque estaba más a gusto entre los colores y los olores de la vida.

Teresita Fernández empezará a renacer desde hoy de una manera diferente en los hormigueros, las enredaderas, los manantiales. Ella continuará con su tienda de maravillas a cuestas para plantarla donde hay sombras y tristezas, y así cumplir una y otra vez esa sagrada misión que es, conmover a los demás, para siempre.

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