Primero fue el Teatro

Una frase un día me movió el piso. Aquí el que no ponga el alma de raíz, se seca. Y más que una simple metáfora, resultó ser en mi vida y en la de mis compañeros de grupo un himno, y siempre la repetíamos a coro cuando terminaban las clases en los tabloncillos de la Escuela de Instructores de Arte 13 de Marzo, de San Antonio de los Baños.


Aprendí, desde hace exactamente diez años, que la vida de un teatrista va más allá de la realidad misma. Vestuario, maquillaje y actor se funden para dar vida a personajes indescriptibles que nacen y mueren en cuestión de horas y meses.


Cómo olvidar entonces mi formación en la especialidad de teatro en la 13, como  solíamos llamarle a la escuela de Instructores de Arte, trasnochando, montando una obra, creando un personaje y la dedicación de los profesores.


Nunca podré olvidad aquellas clases, ¡qué digo clases!, sino conferencias magistrales de Raúl Gorriti, el profe de Historia del Teatro, o de las disertaciones alocadas de Jeffry en sus encuentros de Dramaturgia.


Cómo olvidar también al maestro Julio Capote y sus técnicas corporales y su arte a la hora de enseñarnos Pantomima; y de su hija Malawi, quien doblaba voces en los Talleres de Teatro para niños.


Tampoco se borrarán de mis recuerdos los largos trabajos de mesa con las obras de clásicos como Shakespeare, Moliere, Aristóteles, Lope de Vega, García Lorca, y de los cubanos Abelardo Estorino, Héctor Quintero, Nicolás Dorr, Eugenio Hernández, de mi profesor Rubén Sicilia y del genial Virgilio Piñera.


Esto y mucho más marcaron las vidas de los que sentimos por primera vez la adrenalina por encarnar los sentimientos de un personaje que nada tenía que ver con nosotros.
Fueron tiempos de mi adolescencia que disfruté con las descargas en las noches bohemias, cantando  temas de Carlos Varela, Luiba María Hevia, Silvio Rodríguez, y declamando desatinados poemas.
 
Pues sí, pusimos el alma de raíz por  el arte teatral, al punto de mentirle a nuestros padres, justificadamente, para pernoctar en el Parque de G, en el Vedado, en la terminal la Coubre, o en el malecón, durante los festivales de Teatro de La Habana, y nutrirnos de las puestas en escena de Carlos Díaz y su grupo Teatro el Público, de la compañía Argos Teatro, bajo la dirección de Carlos Celdrán, del Teatro Buendía, y del Guiñol Nacional.


Otro de los grandes momentos que recuerdo con mucha nostalgia es mi paso por la agrupación teatral más joven de la otrora provincia de La Habana, el grupo Tehatrón Lunático. En ese colectivo conocí una frase propia del gremio: los teatristas son los artistas más pobres que existen. Claro, no porque pasáramos necesidades materiales, ni económicas, sino porque nos aferrábamos al arte de las tablas, al punto de sacrificarlo todo, sin pedir nada a cambio.  


Por estos días cuando el Festival de Teatro de La Habana irrumpe en varias salas de la capital regreso en el tiempo a los días de estudiante con la satisfacción de poseer las herramientas para ser hoy un comunicador de la radio, este medio de difusión que exige mucha entrega, pasión y actuación, y todo eso se lo debo a mi andar sobre las tablas.