Real Madrid golea al Rayo pero recibe pitos en el Bernabéu

Hay victorias para no presumir, incluso goleadas que no conviene cebar. El Bernabéu lo puso de manifiesto, después de presenciar, con sonrojo, cómo el Madrid era dominado por el Rayo en paridad.

 

 

A continuación llegó la autodestrucción de Tito y la severidad de un árbitro que llevó el reglamento al extremo y, por lo tanto, al absurdo. Con la vara de medir de Iglesias Villanueva, el fútbol en las áreas sería un imposible. Si decisiones semejantes tuvieran sentido jurisprudencial, el hombre habría metido a su sector en un verdadero lío.

 

El propio Iglesias Villanueva se traicionó cuando dejó de señalar evidentes penas máximas en la segunda mitad contra un Rayo roto. De alguna forma, perjudicó a todos. También al Madrid, que ya tiene su propio lío, no necesita más, con fracturas en lo deportivo y lo social que convierten su día a día en una montaña rusa.

 

Al madridismo no le gusta ganar de ese modo. Lo expresó con sus pitos en el descanso y con el abandono del asiento, en muchos casos, antes del final. El orgullo y el honor forman parte de esa filiación, aunque en estos tiempos parezcan parte de una cultura decimonónica, anacrónica. Mientras el Rayo estuvo en el campo con todos sus argumentos, los madridistas no se sintieron precisamente orgullosos de los suyos. Tampoco los futbolistas, con celebraciones comedidas a medida que los goles calaban como la lluvia fina.

 

Incluso la grada y Cristiano tuvieron un pequeño careo gestual. La incomprensión es lo que más define al Madrid en la actualidad. De todos con todos.

 

El equipo de Rafa Benítez había sido capaz de adelantarse en el marcador con una contra de libro, que empezó en Cristiano y acabó en Danilo, de izquierda a derecha, a los tres minutos. Pero como la naturaleza de la propia acción, fue un espasmo. La continuidad, el juego, lo puso el Rayo mientras estuvo entero. Puso la presión altísima, amenazó a Keylor desde el principio, con un Lass líquido y mortal por la derecha, y aprovechó las dudas en defensa del Madrid para dar la vuelta al marcador en minutos. Primero remató Amaya, que ganó el pulso a Pepe, a la salida de un córner, y dos minutos después fue Jezabed, prácticamente desde el mismo lugar. En el primero de los tantos, Keylor estuvo fatal, mal posicionado.


Una amenaza de tormenta

La situación amenazó tormenta en el Bernabéu, con una atmósfera muy cargada. Tito impidió los truenos, al realizar una entrada criminal a Kroos. Merecía la roja. Con un hombre menos, a los 14 minutos, al Rayo le aguardaba una durísima prueba, constatada con el tanto de Bale poco después. Pero la decisión de Iglesias Villanueva la convirtió en una misión imposible.

 

Baena, que ya tenía una tarjeta amarilla, agarró a Sergio Ramos en el forcejeo del área. Sólo los protagonistas conocen con cuánta intensidad. Ese tipo de acciones se repiten constantemente, con respuestas muy dispares de los colegiados, lo que lleva al desconcierto de los futbolistas. En este caso, fue taxativo: penalti y expulsión del jugador. Cristiano acertó. Con nueve jugadores, una hora por delante y 3-2 en el marcador, todo lo que sucedió después merece poco análisis. Sirve para engordar las cuentas, para inscribirse en las listas de los récords, pero fue mentira.


El festín de Bale

El más beneficiado resultó ser Bale, autor de cuatro tantos. Es justo. Fue quien llevó al Madrid al empate antes de la segunda inferioridad del Rayo. Le asistió el autor del primer tanto, Danilo. Es una pena para este brasileño que intenta adaptarse al Madrid, que el mejor partido desde su llegada quede empañado. A Danilo le sucede como a quien empieza un curso de vela con marejada. Junto a ambos, también dio un paso adelante Kroos, uno de los que peor se han adaptado a lo que quiere Benítez.

 

Ayer, de hecho, el once y la disposición en el campo eran como la del Madrid de Ancelotti, con Cristiano a la izquierda y Bale a la derecha. Cristiano sumó un tanto más y Benzema acabó con un ‘hat trick’ cuando la resistencia era ya una entelequia. Paco Jémez salió al campo a felicitar a sus hombres, aunque el cuerpo le pedía otra cosa. Benítez lo anotó todo en su libreta. No era día para apuntes. Ni para presumir.

 

Por Orfeo Suárez

 

(Tomado de El Mundo)

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