Y me hice locutor

¡Cuando sea grande quiero ser… médico, piloto de aviación, chef de cocina…! Así respondía yo ingenuamente ante las reiteradas preguntas de los adultos cuando era niño. Sin embargo, por azares del destino, o por suerte de la vida, el arte teatral, el periodismo y la locución, me convirtieron en un apasionado de los medios de comunicación.

Recuerdo en mi infancia a Consuelito Vidal, Gladis Glousueta, César Arredondo, Manolo Ortega, los Alarcón Santana y otros grandes profesionales de la palabra que me impresionaban por su elocuencia, claridad y fuertes timbres. También me preguntaba: ¿cómo pueden poner la voz tan gorda, o, cómo ellos pudieron hacerse locutores?

Tal era mi admiración por la radio que de adolescente, sin pensar siquiera que algún día trabajaría en ella, me dormía escuchando en el viejo radio Siboney de la casa, el programa romántico De noche, de Radio Jaruco, con el estilo de Sonia Bárbara Gutiérrez. ¡Y hasta llegué a memorizar la identificación de la emisora, en aquel entonces en voz de la locutora Iraida Mesa!

Por esa época y de manera inconsciente aprendía a declamar poemas, respirar con el diafragma y conocer los llamados truquitos para decir de una manera romántica, gracias a Ernesto Sardiñas, Tatita, quien fuera por muchos años locutor en La Voz de la Ciudad Condal.

La primera vez que entré a una cabina de radio fue en el año dos mil seis en la hermana emisora Radio Artemisa como invitado a una revista variada para hablar sobre el quehacer teatral de los instructores de arte en la otrora provincia La Habana. En aquel encuentro sentí por primera vez una atracción irresistible por la radio, porque le permitía al locutor del espacio acercarse a los oyentes, saludarlos, compartir, comunicar……

Para suerte mía un año después descubrí a Radio Jaruco, y aunque mi deseo inicial era ser locutor, la vida me premiaría con la oportunidad de desempeñarme también como periodista y realizador en este mágico medio.

Hoy, mis dudas de niño se despejaron porque veo a la locución con mucho respeto y responsabilidad.

Experiencias, tengo suficientes para contar. Muchos oyentes me imaginan por la voz como un auténtico Alain Delon, otros me creen con más edad, menos flaco o más serio. Y con mis 24 años ya he saboreado el cariño de cientos de personas que cuando me ven o se comunican conmigo, agradecen los buenos días, aquella frase bien intencionada, y hasta los personajes que he encarnado en los espacios dramatizados.

Ahora comienzo a entender lo bello de ser locutor, y digo comienzo, porque cada día, cada hora y cada minuto en el aire, es una nueva lección.

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