Rememorando una fecha histórica

El reinicio de las luchas independentistas en Cuba, el 24 de febrero de 1895, es sin du­das unas de las fechas más importantes de nuestra historia. La labor del Delegado del Par­tido Revolucionario Cubano (PRC), José Mar­tí, la experiencia previa de los hombres del 68, y la urgencia de los patriotas cubanos por acabar con el colonialismo español en la Isla, se consumaron en los alzamientos del 24 de febrero de 1895 en diferentes partes de la geografía insular.

 

La planificación de los eventos que tuvieron lugar ese día se fueron forjando durante el largo periodo de “reposo turbulento”. La acción del PRC, el trabajo de los clubes, la exis­tencia de un programa revolucionario avan­­zadísimo conocido como Manifiesto de Mon­tecristi, el dinero recaudado para la causa, fueron pasos firmes del proceso que condujo al reinicio independentista. Se concebía, según los planes acordados, llegar a la fecha con un nivel de organización suficiente como para lograr que cada grupo insurrecto se levantara en armas al unísono.

 

Varios factores contrariaron la planificación del Delegado, entre ellos, el más sensible por sus nefastos efectos, fue el fracaso del Plan de la Fernandina. Sin embargo, para la mayoría de los cubanos el levantamiento no podía postergarse. A pesar del fracaso del plan original, los revolucionarios en Cuba mantenían la decisión de levantarse en armas. El golpe a la organización era fuerte, pero Martí planteó su decisión de zarpar “en una cáscara de nuez, o en un Leviatán” hacia costas cubanas. Una vez más se reunía en Nueva York con Collazo y Mayía Rodríguez, en presencia, además, de Gonzalo de Quesada. Informó sobre la situación en la Isla, todo un hervidero de pasiones. Imposible posponer las acciones. Esta vez decidieron emitir la Orden de alzamiento, menos detallada que el plan original, pero con instrucciones concretas ajustadas a los imperativos del momento. El alzamiento debía ser simultáneo “o con la mayor simultaneidad posible” durante la segunda quincena de febrero.

 

Se esperaba que los distintos focos insurrectos y sus respectivos líderes en las regiones del país respondieran con las acciones que entre todos fijaron para la madrugada del 24. Nom­bres de ilustres cubanos figuraban en las distintas zonas prestos a reiniciar la lucha por la independencia. En el oriente estaban presentes, por Manzanillo y Bayamo, Bartolomé Ma­só; en Santiago, Guillermo Moncada; en Baracoa Fé­lix Ruenes, los Galano y los Lores; en Guan­tá­namo, Pedro Agustín Pérez; Jiguaní tenía a Sa­tur­nino Lora y Jesús Rabí; Holguín, a José Miró Argenter; Las Villas, a Francisco Carrillo, así La Habana y Matanzas también se prestigiaron con ilustres figuras al estilo de Juan Gualberto Gómez, Pedro Betancourt, los hermanos Acevedo, López Coloma y Latapier, entre otros jóvenes. Llegado el día, el grito independentista se hizo sentir en no pocos lugares de Cuba.

 

La planificación de las acciones en la zona oriental se consumó con bastante éxito; occidente por su parte no tuvo tan feliz destino. Ello no implicó, sin embargo, que dejaran de producirse pronunciamientos aislados en Ibarra y Jagüey Grande, pertenecientes a Matanzas, así como en Los Charcones y Aguada de Pa­sa­je­ros, en la provincia de Las Villas. Juan Gual­berto Gómez, Antonio López Coloma, Martín Marrero, Joaquín Pedroso y José Álvarez Or­tega  se encontraban entre los que cumplieron con la orden de alzamiento. En La Habana, el general Julio Sanguily era fran­camente detenido en su casa. También tuvo el mismo destino el general Francisco Carrillo, quien debía llevar las operaciones de Las Villas.

 

En el oriente cubano se registraron una vein­­tena de levantamientos. En Guantánamo se produjeron los alzamientos de Emilio Giró y Pedro Pérez, desde la finca La Confianza, así como de otros guantanameros en sus zonas.

 

 

No obstante esta simultaneidad de alzamientos vislumbrada en el oriente cubano, el inicio de la insurrección asumió un cariz regional que hacía peligrar el adecuado desenvolvimiento de las acciones militares y de la revolución en su conjunto, en caso de repetirse el enclaustramiento regional de la Guerra Gran­de. La consolidación de la guerra en las regiones en armas y la posterior reanimación de Las Villas, estarían determinadas por el desembarco de los principales jefes José Mar­tí, Máximo Gómez y Antonio Maceo.

 

Como se conoce, las condiciones en las que llegaron a Cuba estos líderes fueron funestas. Antonio Maceo, su hermano José, Agustín Cebreco y Flor Crombet llegaron en la goleta Honor a las costas de Duaba el 1ro. de abril. Once días más tarde desembarcaron Martí y Gómez por Playitas venciendo contratiempos de toda índole.

 

Territorios y hombres de manera rápida y efectiva se sumaron apenas tocaron tierra cubana los máximos dirigentes de la revolución. La extensión de la lucha contra el colonialismo español por todo el país era un paso determinante para superar esta fase re­gional. A pesar de esto, occidente solo alcanzó a incorporarse a la guerra meses más tarde, tras el despliegue de la campaña invasora.

 

La lucha por la emancipación cubana retomada el 24 de febrero de 1895, tuvo un origen y planificación distintos a la iniciada por el Padre de la Patria en el año 1868. La guerra de Martí, resultado del proceso histórico que arrancó en Yara, había ganado en experiencia, organización, estrategia y dimensión. Martí proyectaba para Cuba la independencia partiendo de la lucha armada, como paso inicial para acceder a la futura república. El ideal martiano volcado en la planificación de la Guerra Necesaria contribuyó al fortalecimiento de los principios ideológicos de la gesta revolucionaria, sobre todo a imprimirle a las ta-reas históricas del movimiento libertador las ideas latinoamericanistas y antimperialistas. El movimiento revolucionario del 95 estaba marcado por objetivos populares y transformaciones sociales que en la visión de los líderes más radicales debían cuajar en una verdadera democracia republicana.

 

El 24 de febrero no fue guiado por burgueses adinerados, ni ricos plantacionistas. Mar­tí, Gómez, Maceo, Moncada, Masó y otros dirigentes, provenían de grupos y sectores de clase media, pequeña burguesía o del campesinado de composición blanca, mulata o ne­gra. Estos hombres tenían una responsabilidad inaplazable para con las masas de antiguos esclavos, trabajadores, capas sociales mar­ginadas, quienes fueron en definitiva la base social de la propia revolución.

 

Greyser Coto Sardina* | Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla. *Investigadora del Instituto de Historia de Cuba

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