Nemesia, Girón y la historia

Guardo un recorte de Bohemia de la década de los ochenta con gran cariño. De vez en cuando lo miro, sobre todo, cuando llega abril con sus recuerdos. Es un papel en blanco y negro desde donde Nemesia Rodríguez Montano me sonríe siempre.

 

Conocí su historia triste gracias al poema, Elegía de los zapaticos blancos de Jesús Orta Ruiz, El Indio Naborí. En aquellos días de mi infancia Nemesia era la amiga de todos los niños de mi escuela que repetían su nombre emocionados.

 

Su historia se remonta al año 1961, cuando ella era tan solo la hija de una familia de carboneros y vivía en un pueblecito de la Ciénaga de Zapata apartado del mundo, que tiene todavía el nombre de Soplillar. La niña jamás había visto una carretera, ni un cristal, ni la tele, ni la luz eléctrica.

 

Cuentan que ella contaba trece años cuando su madre fue ametrallada por los aviones mercenarios que invadieron al país en abril de 1961.

 

“Entonces el avión comenzó a disparar. Mi mamá cayó, la habían herido en el vientre y en un brazo. A mi abuela una bala la hirió en la columna, quedó inválida. A mi hermano le atravesaron una pierna y un brazo. Me agaché y mi mamá abrió los ojos. Le pregunté si estaba herida. Ella alzó el brazo y quiso tocarme pero se desmadejó. Entonces mi papá me bajó del camión”.

 

“Mi papá le había puesto una sábana y no se le veía la herida de la cintura. Por eso yo creía que estaba viva. Entonces el viento levantó la sábana y vi la herida. Tenía todo afuera. Yo vi a mi mamá por dentro.”

 

Ese día también quedaron destrozados los zapatos blancos regalados por su madre con los que siempre soñó y que actualmente se conservan en el Museo de Playa Girón.

 

“A mi mamá no le parecía de buen juicio algo así en un lugar tan agreste, pero finalmente me los compró por los primeros días de abril de 1961. Creo que me los puse una sola vez aquí en Soplillar; los cuidaba muchísimo para que no se estropearan”.

 

Su tristeza duraría poco. Después de lo de Girón, Fidel fue a Soplillar y allí vivió junto a los carboneros la primera noche buena de la Revolución. Después de eso, les prometió que además de la carretera recién hecha, tendrían una vida mejor y lo cumplió.

 

Todavía Nemesia vive en Soplillar. Tienen dos hijos y es feliz en ese pueblecito que no pasa de los 300 habitantes pero que tiene lo necesario para ser feliz.

 

Nemesia está igualita a la foto de Bohemia que guardo aún. Lo constaté aquel día en la sesión final del VI Congreso del Partido Comunista de Cuba, cuando en presencia de Fidel y de Raúl dijo al auditorio que le aplaudió emocionado: “Yo soy Nemesia, la de los zapaticos blancos”.

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