RADIO JARUCO

Si algún día malo me olvido del Che

Confieso que muchas veces repetí la frase sin saber, a ciencia cierta, quién y cómo era aquel hombre al que prometía imitar, cuando de pionero decía junto con la multitud: Seremos como el Che. Pero la sana curiosidad de impregnar mis palabras de significado, me lanzaron a la deliciosa aventura de descubrir la grandeza de aquel hombre sencillo, para conocerlo más allá de algunas instantáneas en la pared.

Por las anécdotas contadas por quienes le acompañaron en los momentos de lucha, Ernesto Guevara, el joven inquieto que dejó atrás las andanzas en moto y la profesión de médico para empeños mayores, nunca abandonó, sin embargo, la travesura y simpleza de un ser cuya esencia de humanidad y valores quedaron atrapados en su frente.

Uno de los cubanos que lo conoció de cerca, Juan Valdés Gravalosa, contaba que el Che siempre usaba el uniforme y las botas de soldado porque eran los más baratos del ejército. A veces no tenía ni noción del dinero que debía llevar en sus bolsillos.

Esa gran humildad, según rememora Salvador Vilaseca, la demostró cuando fue nombrado presidente del Banco Central de Cuba, y llamó a un amigo para que fuera a trabajar con él en un cargo de importancia en la institución. El amigo, asustado por la responsabilidad que significaba, le objetó que no creía tener condiciones para desempeñarlo, puesto que no sabía nada de banca, a lo que el Che le contestó:

Yo tampoco sé nada de eso y estoy de presidente. Así dio dos lecciones al amigo, una de humildad y otra del deber que tiene todo revolucionario de ocupar el puesto que la Revolución le asigne.

Mariano Rodríguez cuenta en el libro Con la adarga al brazo que un día salían de Fomento en el Chevrolet y el Che iba manejando, pero aparece en la carretera un viejito en una bicicleta que llevaba en la parrilla una guataca con el cabo apuntando para la vía. El Che no ve el cabo de la azada y al cruzar toca con el guardafango derecho el palo y lanza al viejito y la bicicleta a la cuneta. Automáticamente detiene el auto y se preocupa por la salud del anciano quien está sentado mirando los golpes que se ha dado la bicicleta. Llega el Che y le pregunta: ¿Se ha dado algún golpe? ¿Le ha pasado algo? Pero cuando el anciano levanta la cabeza y reconoce al Che le dice: ¿Pero fue usted quien me arrolló?

-Sí, por desgracia- le dijo el guerrillero. Y el viejito replicó: ¡Qué desgracia de qué! ¡qué suerte tengo yo, que usted me haya arrollado! ¿Usted sabe lo que es que yo le diga a mi familia que usted me arrolló? ¡Qué suerte tengo yo de haber salido hoy...! ¡Si no salgo hoy usted no me arrolla! ¡Qué clase de suerte tengo yo!.

El Che sonriente exclama: Todavía este hombre me da un beso por haberlo arrollado... y le dice al viejito: Deme acá su bicicleta para mandársela a arreglar.

Pero aquel, orgulloso y hechido, argumenta: ¿Arreglar? ¡No! ¡Qué va! Esta bicicleta yo no la arreglo ya nunca más, esta bicicleta la guardo para enseñarla a mi familia del día que tuve la suerte de conocer a Che Guevara... De todos modos el Che le envió posteriormente una bicicleta.

Anécdotas que hablan mucho más que las palabras, porque detrás de ella está el hombre verdadero, el de sangre y tierra, el hombre de a pie que nos eleva hasta su estatura y desde ahí hasta lo eterno. Esas anécdotas fueron, finalmente, las que me hicieron repetir años después de ser pionero, que debía ser como ese coloso humano que se yergue sobre los tiempos y desafía la historia. Anécdotas que han de acompañarme siempre como amuleto para, como dijo el trovador, si algún día malo me olvido del Che.