Está un poco empolvada

Al llegar la puerta estaba abierta, una voz dulce me invitó a pasar. Me senté ahí junto a ella, observando como cuidadosamente estira su mano hacia la mesita de centro y agarra una carpeta que a la vista estaba atiborrada. Mi curiosidad por saber que guardaba allí era inmensa.

 

"Está un poco empolvada", me dijo, y suavemente pasó un paño sobre la superficie y al fin la abrió. ¡Qué sorpresa me llevé! Jamás imagine que mi entrevistada guardara tantos años de recuerdos.

 

Fotos, cartas y mensajes de pacientes, familiares y amigos, certificado de reconocimiento, títulos, diplomas, diario, y un sinfín de memorias que son testigos de los más de ocho años que prestó su sus servicios como médico en Mozambique y la República Bolivariana de Venezuela.

 

Y es que mi amiga, la doctora Ana Cristina Valverde, tan cubana como las palmas, es así, llena de detalles y de ese amor por la profesión que le inculcó la medicina revolucionaria.

 

Anita, como le dicen todos, heredó de su abuelo español la pasión por la labor más hermosa del mundo, ser doctor, y esa exaltación la puso en cada niño, anciano o embarazada que atendió bajo el ardiente sol de Mozambique o en los cerros y el páramo venezolano.

 

Para Ana Cristina Valverde combatir la Malaria, el Dengue y la Poliomielitis fue todo un desafío, pero lo fue más el trabajo preventivo con los pacientes, meta que superó en cada pedazo de tierra que tocó en el El Monte Binga, en la provincia de Manic o en Mérida y Caracas.

 

Pero, quien diría que a esta mujer, de la estirpe de Mariana, Celia y Vilma, la vida le jugara una mala pasada. A tres meses de su regreso de la patria de Chávez y Bolívar, en el dos mil nueve, fue víctima del Síndrome de Guillain-Barré, un trastorno neurológico en el que el sistema inmunitario del cuerpo le afectó gravemente su locomoción.


Sin embargo, ella fue mucho más fuerte. Hoy con 62 años, luego de largas sesiones de fisioterapias y tratamientos médicos, retirada de las aulas y consultas, ofrece asesoría a los futuros galenos y a esos que también alguna vez fueron sus compañeros de trabajo, y orgullosa repite una y otra vez la frase de Benjamín Franklin, "Si no quieres perderte en el olvido tan pronto como hayas muerto, o escribe cosas dignas de leerse, o haz cosas dignas de escribirse".

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