Gabo por siempre

Gabriel García Márquez contaba 36 años de edad cuando se sintió “fulminado por un cataclismo de alma intenso y arrasador” aquella tarde invernal de 1965, mientras conducía su automóvil por una carretera de ciudad México junto a Mercedes, su esposa, y sus dos hijos.

 

Era la señal: crearía la novela de su vida. Se encerró en su habitación y no pararía de escribir durante meses. Las deudas se acumulaban, apenas tenían qué comer y debieron empeñar o vender los objetos de valor para sobrevivir.

 

El Gabo lo sabía, pero ya no podía detenerse. Se creía un artesano, que solo contaba con dos dedos índices y las 28 letras del alfabeto, pero en realidad era un artista que sufría palabra a palabra una historia que no había sido ni contada ni leída por nadie.

 

Así pasaba los días, con la cabeza en las nubes y los ojos encendidos urdiendo poco a poco  una trama protagonizada por los Buen Día  en un lugar inexistente que bautizó como Macondo. Como suele ocurrirle a los genios, su alma sudaba el dolor que le producía cada cuartilla terminada.

 

“Cien años de soledad” estuvo lista en agosto de 1965, y cuando se disponía a enviarla por correo a la Editorial Sudamericana, en Buenos Aires, le faltaban 29 pesos para completar el costo del envío. Entonces solo pudo mandar 250 cuartillas de las 500 que tenía la obra.

 

Gracias al dinero prestado por algunos amigos remitió las páginas restantes a la casa editora: “Lo único que falta ahora es que la novela sea mala”. Dijo su mujer que ayudó con su paciencia al parto de tal obra maestra.

Tal y como lo presintió García Márquez esa era la novela de su vida. Tiempo después el volumen le daba la vuelta al mundo. Yo contaba apenas 17 años cuando me sorprendí deslumbrada con la inocencia de una niña por el imán, el hielo y un pueblo que ya conocía en mis delirios de la infancia ,y que solo entonces pude ver retratado gracias a las palabras de El Gabo.

 

Cien años de soledad es una obra de juventud perenne a la que siempre habrá que volver los ojos para continuar soñando. Resultó de la persistencia y la bella locura de un hombre universal que pudo hacer mejor al mundo con sus dedos índices y las 28 letras del alfabeto.

 

Creo que algún día de cualquier siglo él volverá, seguramente con otro rostro y otro nombre, para seguir pintando semillas y esperanzas para la humanidad.