¡Fidel, Fidel, dinos qué otra cosa tenemos que hacer

Aquella tarde llegué a su escuela en busca de documentos que me ayudaran a ampliar mi labor periodística, fue entonces donde si apenas imaginarlo me convertí fervientemente en una de las confidentes de aquella anécdota experimentada por el maestro de maestros Raúl Barroso Hernández, quien a diálogo abierto contaba a las espléndidas bibliotecarias de ese centro educativo las emociones vividas por él aquel día donde unido a otros colegas suyos se declaró el territorio cubano libre de analfabetismo.

 


Créanme que no me da vergüenza confesar que lloré como una niña pequeña ante la pasión de aquel hombre, que siempre lleno de entusiasmo y con grandes ansias de educar, relataba la extraordinaria experiencia.

 


Aquel día, contaba Barroso, en La Habana la Plaza ardía en emociones compartidas, las manos se batían en una misma ovación; los labios en un mismo nombre y las miradas se fundían en un solo ser. “¡Adelante, compañeros…!”, impulsaba el líder revolucionario Fidel Castro vestido con el traje de todo un pueblo victorioso que había logrado con la ardua e infatigable Campaña de Alfabetización darle fin al analfabetismo de los cubanos, y fue entonces donde todos nos quedamos atónitos mirando aquellas últimas palabras de Barroso que sin perder el vigor y como todo un Macarenco que era, seguía narrando.


“¡Fidel, Fidel, dinos qué otra cosa tenemos que hacer!”, salían las palabras del pueblo reunido en la Plaza, decía él. Y mientras levantaban lápices, banderas, cartillas y manuales, en símbolo de unión indestructible, pasaban volando por nuestra imaginación los momentos felices de las manos inexpertas en los primeros trazos, las nostalgias por la familia ausente, el dolor terrible por los asesinados, las proezas de Girón, la inimaginable aventura de aprender de la sencillez ajena, el sacrificio de obreros y campesinos, el golpe de los traidores, el apoyo de todos cuantos pensaron más en el mejoramiento humano que en el beneficio personal.

 

“Estudiar, estudiar y estudiar”, contestaba Fidel, abriendo desde el justo final de aquella historia, otro nuevo camino hacia la superación de las potencialidades humanas de su pueblo.


En aquel momento, el espacio donde nos encontrábamos se volvió un vacío de silencio, Barroso, con un torrente de lágrimas en sus ojos apenas logró pronunciar un “no puedo seguir” y fue entonces donde ante tanta carga sentimental quisimos responder ante el llanto del maestro alfabetizador, con un aplauso sordo que estremeció aquel lugar, dejándonos a nosotros también sin palabras.


Sin dudas el tiempo ha pasado desde mi encuentro casual con Raúl Barroso, pero debo de confesar que solo en aquel instante fue cuando sentí bien de cerca la ferviente labor realizada por aquellos alfabetizadores, pues ahora tengo muy claro que la educación de un país es la savia que nutre el alma de los pueblos y que ha sido la tarea cardinal de la Revolución Cubana desde sus inicios, consciente de que no puede ser libre y fuerte un pueblo ignorante.


Me gustaría terminar como cantara Silvio Rodríguez en una de sus canciones cuando dice… “a pesar de los pesares, como sea, ¡Cuba va!” y la educación es un claro ejemplo de ello, algo que no deja de maravillarme como a tantos otros, que al igual que yo, hemos tenido la suerte de poder estudiar en Cuba.

Videos


Artículos Relacionados