El humanista y el humanismo

De no ser demasiado largo ha­bría titulado estas es­tam­pas: El humanista y el huma­nismo de Fidel. Son bastantes las experiencias que corroboran estas particularidades de él. Una y otra vez me vienen a la mente hechos que lo de­muestran y de los que fui testigo, en diferentes momentos. Como periodista me referí a ellos y otros muchos.

 

ESTAMPA 1

Nunca había sido testigo de un diálogo tan ameno entre Fidel y un grupo de adolescentes, sobre la vida y el conocimiento. Aún guardo la libreta con las notas que tomé, aunque incorporé al hecho a un reportaje.

Estaba sentado en un taburete y como era usual cuando andaba por el campo, rodeado de gente. Pero es­te era un lugar bastante apartado del pueblo. Ocurrió en la costa sur de Oriente, por la Mota, cuando visitó la casa del “Viejo” Cardero, un hombre de la Sierra, y fueron llegando familiares y amistades del campesino. En ese ambiente, afuera del bohío, conversó con el grupo de adolescentes con quienes había cambiado impresiones por la tarde en el mismo lugar:

—Tú hace un rato me hablaste de una amiga tuya que perdió la casa cuando el ciclón y que necesita que le hagan otra. Pero también del pro­blema del cine de Yara, ¿crees que primero debemos resolver el problema del cine o la casa de la señora?—le preguntó Fidel a una de las niñas y esta le respondió que primero estaba la casa.

 

La muchachita —Hilda— le dijo más: “que el parque de Yara no estaba terminado y que las vacas se metían allí”.

—Pues eso no está bien, un parque hay que cuidarlo, convino Fidel y ahondó sobre su vida, entretenimientos y aspiraciones.

 

—¿Por qué no habla tu amiga, cómo se llama? —inquirió Fidel.

—Se llama Marta, pero no sé por qué no habla —le contestó y acto seguido la mencionada habló: —Yo estaba oyéndolo a usted —dijo y Fidel prosiguió el diálogo. Le preguntó cuántos años tenía y si estaba trabajando o estudiando:

—Estaba becada, pero tuve que abandonar la beca para venir a ayu­dar a mi mamá porque estaba enferma y mis hermanos son varones —respondió.

 

—¿Y tienes novio? —le preguntó Fidel. La joven no respondió pero Hilda comentó:

—Parece que queda algo…

—¿Entonces tenías novio, qué te pasó, acaso te abandonó para estar por ahí...?—indagó él.

—Se casó —dijo ella.

 

—¿Y todavía vas a pensar en ese hombre?, demostró que no te quería, a esa conclusión llegamos —expresó Fidel y Sofía otra de las adolescentes del grupo intervino:

—Ella lo que tiene que hacer es enamorarse otra vez. Hay muchos hombres buenos por ahí.

—¡Tú sí tienes razón!, eres muy inteligente; pero esta tarde te me escondiste por allá adentro y cuando te pregunté si ibas a estudiar tu respuesta fue que no te interesaba —le dijo Fidel a Sofía y continuó dirigiéndose a ella:

 

—Después dijiste que sí ibas a estudiar, yo pensé que aquella respuesta tuya no era sentida y descubrí en la mesa que eres inteligente.

 

—Estaba observando. Yo primero observo las cosas y después es que hablo —contestó Sofía.

—¿Dónde aprendiste esa filosofía que tienes?, tú no te lanzas sin conocer el terreno ¿no es así?

—Así es, pero yo no lo aprendí en ninguna parte, esa es mía, yo pienso las cosas y las analizo —le contestó Sofía, sonriente. Era la más pequeña de las tres.

 

—Mañana vamos a la playa, ¿por qué no va para que la conozca? —in­vitó Sofía.

—¿Es cerca de aquí? —quiso conocer Fidel.

—Si, por ahí por la costa, ¿va a ir? —insistió Sofía cuya personalidad se había impuesto.

—No te lo prometo porque tenemos que salir temprano —le respondió Fidel.

 

Cuando las jóvenes se marcharon el Jefe de la Revolución analizó ampliamente el diálogo:

—Cuántas situaciones y personalidades se encuentran por aquí en la Sierra. Existe un concepto equivocado en cuanto a presentar a los campesinos como gente torpe, ignorante. La conversación que hemos tenido con estas muchachas prueba todo lo contrario: fue extenso y educativo su comentario.

 

ESTAMPA 2

El helicóptero sobrevuela Birán. Los guajiros parecen otear el arribo de Fidel en cualquier parte.

—Ha llovido por aquí, miren que verdes están estos pastos —comenta con satisfacción. Estaba aferrado al cristal de una de las ventanillas del helicóptero observando los campos.

 

El capitán Venero, y el teniente Carrión conducían la nave siguiendo la ruta que Fidel les trazaba verbalmente. Ya en tierra lo rodean. Un viejo haitiano, entre varios, se acerca a Fidel.

—“¡Muchacho…!”. —Le dice y él lo reconoce.

 

—“Piti”, ¿cómo estás? ¿Y el problema de la garganta?, pregunta.

—Ya bien, ahí —le contesta el haitiano y Fidel volviéndose a otro anciano le pregunta:

—¿Qué pasa Jesús?

—Me dio una embolia, Fidel chico —le contesta y él lo alienta.

—Pero si se te ve bien, ¿te retiraste?

El haitiano confirma la suposición y otro campesino aporta más datos.

—Fidel, casi todos los haitianos se han jubilado.

No podía faltar la educación. Las maestras de la “6 de Agosto”, que así llaman a Birán, se acercan y él se informa sobre el desempeño en la escuela.

—Ahora todo el que quiera puede estudiar —se despide y escucha a gritos:

—Vuelva, Fidel —le dicen, para que llegue al batey.

 

Autor: Marta Rojas Rodríguez | Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

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