Fidel en el corazón de Romerillo…y de todos

Hace dos años, diez meses y 20 días vi a Fidel por última vez. No fue la única ocasión que estuve en un mismo espacio con él, pero sí la primera que pude verlo, escucharlo, admirarlo de cerca… Nos separaban apenas unos pasos. Fue el 8 de enero del 2014, en Romerillo.

 

Se conmemoraban los 55 años de la entrada a La Habana de la Caravana de la Libertad y Alexis Leyva Machado (Kcho) hizo coincidir la fecha histórica con la inauguración de su Proyecto de utilidad social Kcho Estudio Romerillo (Laboratorio para el arte).

 

A cada rato regreso a los instantes de ese día. Repaso en mi mente la expresión de su rostro, su ropa, sus palabras, su andar pausado…y vuelvo a tener la misma sensación interna de alegría, de emoción…  de nerviosismo.

 

Pasadas las nueve de la noche, en la misma esquina de 7ma. y 120, los habitantes de Romerillo se congregaron en la entrada del proyecto comunitario para la inauguración. De repente, apareció ante todos el Comandante en Jefe.

 

Hubo aplausos. Agitación. Los rostros de niños, jóvenes, adultos, ancianos se conmocionaron cuando, a través de los cristales de la ventanilla del auto, distinguieron el inconfundible perfil de Fidel en el mismo corazón de uno de los barrios más humildes de la capital cubana.

 

Su recorrido comenzó por la Sala de arte Martha Machado. Fidel entró con pasos seguros a presenciar la exposición Lam, eres imprescindible. Y fue en medio de los cuadros del más universal de los pintores cubanos, esos que evocan los orígenes chinos, africanos, caribeños y se asocian a lo humano, lo animal, lo vegetal y lo divino, que Fidel comenzó a hablar de sus preocupaciones, a preguntar, a comentar y a hacer notoria, en especial, la labor de los periodistas de Telesur y el acto celebrado en Venezuela por el aniversario 55 del Triunfo de la Re­volución.

 

Con la misma lucidez de siempre, hizo referencias a sus últimas lecturas, a los problemas del medio ambiente, a las epidemias y en­fermedades que consumen a la sociedad, a la búsqueda de la in­formación en los sitios web y sus preferencias, y a la importancia de que la gente esté informada sobre todo lo que acontece a su alrededor y en el mundo entero.

 

Luego recorrió la exposición El pensador, de Kcho, situada en La Nave, espacio para el arte contemporáneo que también atesora la biblioteca Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque.

 

Poco más de una hora compartió Fidel en Romerillo mientras recorría las instalaciones del Laboratorio. A su artista creador dijo, con una sonrisa esbozada, que no le decía sus impresiones porque se iba a echar a perder, pero en realidad le parecía muy bueno el proyecto.

 

Antes de partir le obsequió un libro, La victoria estratégica, y le dedicó un bello mensaje: «Para Kcho, genio de la cultura y la educación, con el sincero reconocimiento por la nobleza con que consagra su vida a la felicidad de los demás».

 

A su salida, saludó al pueblo aglomerado en la calle y dejó en los presentes la alegría y el buen sabor de haber sido testigos de un momento histórico, de verlo, de saludarlo y de, nuevamente, agradecerle.

 

En aquel momento escribí una crónica. Recuerdo mi entusiasmo casi eufórico al escribirla y mi miedo también. No quería obviar ningún detalle. Deseaba hacerlo lo mejor posible. Era la primera vez que, como periodista, podía hablar de Fidel, en vivo, en directo.

 

Sabía también que el propio Comandante iba a leerla. Un espasmo me recorrió de pies a cabeza. La posibilidad de no contar con su aprobación me causó escalofríos. Pero no fue así.

 

A las pocas horas, la crónica salió publicada en este mismo diario con el mismo título que tienen estas palabras. La historia de Romerillo cambió desde aquel día y es un hecho que sus po­bladores atesorarán para siempre. Quiso el azar concurrente que la mía cambiara también desde aquel 8 de enero.

 

El mensaje de su aprobación vino acompañado con un consejo profesional, que guardo y callo como mi tesoro más preciado. Es la única fe que necesito. Una fe que me acompaña.

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