Definitivamente en el corazón de los villaclareños

SANTA CLARA.—Este jueves, al igual que aquel seis de enero de 1959, Día de Reyes, cuando el pueblo de Santa Clara se volcó a las ca­lles para recibir el mayor regalo de su historia, la llegada de Fidel al frente de la caravana que traía la ansiada libertad, miles y miles de villaclareños colmaron sus calles y avenidas para decir adiós al hombre que cambió los destinos de Cuba.

 

Esta vez no venía de Oriente, sino de una noche de encuentro y de lu­cha junto a su hermano de mil batallas, el Che Guevara, con quien de seguro trazó planes y nuevas metas, porque aún no es tiempo para guardar las armas.


No fue la misma alegría de aquellos días iniciales de la Revolución triunfante cuando Fidel vino a ha­blar­le a un pueblo ansioso de ver y escuchar al hombre que había de­rro­cado la dictadura de Batista, y que prometía cumplir el sueño in­con­cluso de Martí.

 

Ahora Santa Clara y Villa Clara se reunían para decirle ¡Hasta siempre Fidel! Y no podía ser menos. El hom­­bre que ahora parte a la inmortalidad fue el responsable de que estas tierras se llenaran de escuelas, hospitales, centros científicos, institucio­nes culturales y deportivas, y lo más importante, devolvió la dignidad man­cillada a este pueblo.

 

De cosas como esas habló Julio Ló­pez, integrante de la Columna No. 1 José Martí que realizó junto a su jefe la Caravana de la Libertad, quien sentía el corazón apretado en el pecho por tanto dolor. «Fidel me hizo sentir el hombre más feliz del mundo, y ahora también me hace sentir el más triste».

 

De igual manera se expresó San­ta Porra, una placeteña que tenía es­crito en su frente el nombre de Fi­del, quien en medio de sus lágrimas dijo que ahora lo que toca es luchar unidos para mantener esta Re­vo­lución que tanto ha costado.

 

Al paso de la caravana un coro enardecido gritó con emoción una y mil veces Yo soy Fidel, una frase que dice a las claras el sentimiento y la voluntad de las personas, de que él no se va de este pueblo.

 

Eso pensó Ubernel Torres, un jo­ven de Ojo de Agua, quien junto a su esposa Yuleidy trajo a su pequeña Lauren y le tiraron varias fotos al paso de la caravana luctuosa, para que luego, cuando ella sea grande pueda comprender la grandeza de este líder que tanto bien hizo a la hu­manidad.

 

No fue un dirigente cualquiera el que se fue físicamente. Algún día le explicaré a mi hija cuántos niños se morían en Cuba antes de la Re­vo­lución y cuántos se murieron el año en que ella nació.

 

Le diré también que aquel héroe, que pasó hecho cenizas ante sus ojos, fue el responsable de que ella creciera inmunizada contra varias enfermedades que antes eran mortales, señala el papá.

Autor: Ángel Freddy Pérez Cabrera | Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

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