A ti maestro

Quizás, uno de esos tantos temas sobre el que mucho tenemos para decir y no sabemos cómo, nos sorprende cada 22 de diciembre, cuando celebramos el Día del Educador en Cuba.
Y es que relatar en unas pocas líneas todo lo que sentimos por quienes incansablemente dan lo mejor de sí para formarnos como hombres y mujeres de bien, resulta complejo, sobre todo si debemos competir con aquella excelente alocución del pedagogo José de la Luz y Caballero, quien en pocas palabras resume la esencia de la verdadera educación: “Instruir puede cualquiera. Educar solo quien sea un evangelio vivo”.


No en vano, la historia ha demostrado que no existe ser más enamorado de su vocación que un maestro, ese que instruye con rigor y ternura tanto el pensamiento como los sentimientos; el mismo que, a pesar de los años, deja en sus discípulos una huella endémica, un recuerdo imborrable y la más recurrente evocación.
¿O es que acaso alguien ha podido olvidar el nombre de aquel que le enseñó a garabatear los primeros trazos, o del que más recientemente, lo enamoró de alguna profesión?


No sería pues exagerado, sentenciar que cuanto somos o seremos, lo debemos también a esos hombres y mujeres con nombres que tienen a su cargo el más noble empeño de todos: enseñar, aleccionar, cultivar y forjar la sociedad.


Tales premisas se hicieron válidas en Cuba después del primero de enero de 1959, cuando el gobierno revolucionario, con el apoyo masivo del pueblo y en especial, de jóvenes que se formaban como maestros, desarrolló en apenas un año, la gloriosa Campaña de Alfabetización, mediante la cual más de 700 mil ciudadanos aprendieron a leer y escribir.
 
Desde entonces hasta la fecha, ningún cubano ha estado privado de la enseñanza, en correspondencia absoluta con los principios del sistema socialista y la Declaración Universal de los Derechos Humanos. En lo fundamental, eso es posible gracias a los cientos de profesores formados por la Revolución, a quienes, al decir del Comandante en Jefe Fidel Castro, se les ha dado el más grande privilegio, la más alta responsabilidad social, la más humana de todas las tareas.


Apenas unas jornadas de celebraciones cada diciembre no retribuyen lo mucho que un pedagogo hace durante toda una vida, por unas cuantas generaciones que crecen bajo su tutela. Lejos de parecer un reclamo, estas líneas solo pretenden hacer público el reconocimiento infinito a aquellos que día tras día depositan en cada hombre toda la obra humana que le ha antecedido. A ti Maestro, Felicidades.

Videos


Artículos Relacionados