Asalto al cuartel de Bayamo como apoyo a las acciones del Moncada

Distante más de 730 kilómetros de La Habana, y a 129 de Santiago de Cuba, Bayamo fue el lugar escogido como apoyo a la acción armada liderada por Fidel Castro Ruz, el 26 de julio de 1953.    

 

 

 

El cuartel Carlos Manuel de Céspedes, era la sede del Escuadrón Número 13 de la guardia rural local y ocupaba una extensa área de 14 mil 335 metros cuadrados en el extremo sur de la ciudad    bayamesa.    

 

La histórica ciudad de Bayamo representaba un punto estratégico fundamental, porque allí confluían las principales vías de comunicación de la otrora provincia de Oriente y estaba próximo a las montañas y otras zonas de condiciones propicias, primeramente para intentar un escape en caso de fracaso y segundo para de llegar a las montañas iniciar la lucha guerrillera. Por lo que para Fidel y los asaltantes la eterna ciudad mambisa resultaba clave en la ejecución de cualquier operación militar en el territorio.    

 

Fidel y su alto mando tenían un plan bien trazado para Bayamo, luego de tomar el enclave militar y la estación de la policía los revolucionarios debían armar al pueblo para que estos salieran a apoyar las acciones y así sumar efectivos a la causa. Por otra parte tenían la  misión de destruir los puentes sobre  los ríos Cauto —ubicado en Cauto Cristo— y  el río Bayamo, e interrumpir la línea del ferrocarril central, para impedir  el envío de refuerzos hacia Santiago de Cuba, donde se desarrollaría la acción principal, que era el asalto al cuartel Moncada    


Con el supuesto empeño de instalar  en él un negocio de pollos, el joven revolucionario Renato Guitart Rosell alquiló el hotel  Gran Casino, que era propiedad de Juan  Manuel Martínez.

 

En las primeras  horas de la noche del 25 de julio de 1953, un grupo de 27 valeroso jóvenes se reunieron en aquel  inmueble situado a la entrada de  la ciudad, a dos cuadras del objetivo, el cuartel Carlos Manuel de Céspedes.

 

Aquella noche del 25 de julio poco antes de  las diez de la noche recibieron la visita de Fidel, que pasó a coordinar las últimas instrucciones sobre el ataque y ratificó a Raúl Martínez Ararás como jefe, y a Antonio Ñico López, Pedro Celestino Aguilera González, Gerardo  Pérez-Puelles Balmaseda y Orlando Castro García, al frente de los grupos de asalto.  

 

El líder revolucionario les explicó a sus hombres nuevamente sobre la trascendencia  e importancia de la acción que realizarían, advirtiéndoles de los peligros y compromisos contraídos, al tiempo que los llamó a mantener una actitud  acorde con la responsabilidad histórica que entrañaban las acciones.    

 

Con todo coordinado se procedió a la entrega de los uniformes y las armas. Luego colocaron sobre una mesa grande un mapa del cuartel Carlos Manuel de Céspedes, y los combatientes Antonio “Ñico” López y Orlando Castro explicaron mesuradamente el plan de ataque. Momentos antes de partir hacia el objetivo, dos compañeros comprometidos decidieron no participar en el asalto, hecho que no melló para nada la conducta y determinación del resto de los combatientes.    

 

Al amanecer del 26 de julio de 1953, sobre las 5:15 de la madrugada los cuatro grupos marcharon hacia la parte posterior de la instalación militar.  


El cuartel Carlos Manuel de Céspedes estaba protegido por una doble cerca, al pasar la primera y comenzar el abordaje de la segunda cerca, el centinela de guardia dio la voz de Alto, y comenzó entonces un tiroteo apoyado desde el techo por una potente ametralladora.


El enemigo era superior en armas y número, además de estar atrincherado y mejor preparado, por lo que perder el factor sorpresa echó por tierra el éxito de la operación.

 

Aproximadamente 20 minutos duró el combate y los revolucionarios se vieron obligados a retirarse, en la acción resultó herido solamente Gerardo Pérez-Puelles, sin embargo el régimen reportó la muerte de 10 revolucionarios en el asalto al Cuartel Carlos Manuel de Céspedes, fueron ellos: José Testa Zaragoza,  Rafael Freyre Torres, Lázaro    Hernández Arroyo, Pablo Agüero Guedes, Hugo Camejo Valdés, Pedro  Véliz Hernández, Rolando San Román de las Llanas, Ángelo Guerra    Díaz, Mario Martínez Ararás y  Luciano González Camejo.    

 

Los habían asesinado impunemente cumpliendo la orden del dictador Fulgencio Batista de matar por cada soldado muerto a 10 revolucionarios.

 

El revés no amilanó a los sobrevivientes.  La llama de rebeldía  alimentada con la decisión de rendir  tributo a Martí en el centenario  de su natalicio, se propagó con tal fuerza que pasados cinco años,    cinco meses y cinco días, la libertad  fue una incuestionable realidad    para todos los cubanos, llegando el triunfo absoluto el primero de enero de 1959.