Vivir el Moncada en compañía de Marta Rojas (I)

“Entonces, es todo y no es suficiente. / Quizás pueda decirse que aún estoy aquí. / Me parezco al que llevaba el ladrillo consigo, / para mostrarle al mundo cómo era su casa”. //
Bertolt Brecht

 Los asaltos a los cuarteles Guillermón Moncada, en Santiago de Cuba y Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo el 26 de julio de 1953 se transformaron de la causa número 37 del Tribunal de Urgencia de Santiago de Cuba en historia, gracias al recuerdo de Melba y Haydée, de Fidel y Raúl y de otros testigos y protagonistas de aquellos sucesos. No obstante, la permanencia de esa epopeya en la memoria colectiva se debe, sobre todo, al instinto, la constancia, el talento y la pluma de la periodista y narradora Marta Rojas.

 

Marta es santiaguera y fue esa feliz coincidencia, o mejor, su mirada previsora lo que le permitió estrenarse en el mejor oficio del mundo y privilegiarlo además, cuando presenció, tejió y diseminó las verdades sobre el 26 de julio.

 

Fue un domingo de carnavales: lo sabemos. Cuba cambiaba el rumbo en los brazos y los pechos de un puñado de jóvenes: Marta nos regaló esa certeza hace más de medio siglo y ahora la renueva.

 

“En esos años yo estudio en La Habana. Justamente, en el 53 es que me gradúo en la Escuela Profesional de Periodismo Manuel Márquez Sterling, pero toda mi familia vive en Santiago de Cuba, por eso visito una o dos veces al año mi ciudad natal”.

 

“El 53 era esperado desde que arrancó la década de los cincuenta porque era el centenario de José Martí, sobre todo por los estudiantes. Yo salgo para Santiago el 24 de julio, como lo hacía cada año pues en esos días terminaban las clases. Llego el 25 por la mañana. No sospechaba lo que ocurriría allí, solo algunas células del movimiento 26 de julio y las personas involucradas en la acción sabían los planes. Yo supe después por el propio Fidel, que en la Marcha de las antorchas que se hizo en la Universidad de La Habana el 28 de enero participaron algunos de los que asaltarían después los cuarteles Moncada, en Santiago de cuba y Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo”.

 

Así comienza su narración. Yo, nerviosa del otro lado del teléfono. He visto a Marta Rojas solo en la tele, los libros, la prensa. Ocho décadas de vida. Su poder es la palabra y su mayor virtud, parafraseando a Bertolt Brecht, es esa pasión por llevar consigo el ladrillo para mostrarle al mundo cómo es su casa. Marta cuenta, y otra vez es 26.

 

“Yo llego a Santiago y son los carnavales. Por la madrugada estoy allí, trabajando como periodista además. El fotógrafo de la revista Bohemia Panchito Cano, que me conoce, me propone hacer una crónica sobre el carnaval y le digo que sí porque sería publicada en Bohemia y además me pagarían cincuenta pesos. En la madrugada empiezan a sonar algo pienso, que eran fuegos artificiales y Cano me dijo que no, son disparos”.

 

“Enseguida corre la voz que es una pelea entre los propios soldados. Por qué corre esa voz, porque vecinos que viven cerca del Cuartel vieron como corrían de un lado a otro personas todas vestidas iguales, porque los asaltantes del Moncada iban vestidos con el uniforme de caqui amarillo, que era el uniforme reglamentario del Ejército. En medio del carnaval es que los periodistas profesionales, entre ellos ese fotógrafo y yo, decidimos ir al periódico Diario de Cuba a ver qué pasaba y es donde nos dicen que están asaltando el Moncada”.

 

Alejo Carpentier tenía razón: "Ágil y talentosa escritora, de profunda vocación periodística, mirada sagaz, estilo directo y preciso, don de mostrar muchas cosas en pocas palabras". Así la describió y así es realmente ella: la única mujer periodista que vislumbró en las acciones del Moncada y sus protagonistas una gran lección y un nuevo camino para andar.

 

“Cuando ocurren los hechos hubo una censura oficial de prensa. Desde el propio 26 de julio comienzan a nombrar censores en los distintos periódicos y revistas, eran personas que debían censurar a partir de aquellos momentos todo lo que habría de publicarse de acuerdo con el gobierno de facto, que era como se llamaba el gobierno recién instalado de Batista el 10 de marzo. Entonces, en ese transcurso de tiempo tratan todos ellos de ir al Moncada, y yo también involucrada en eso porque ya me olvido del carnaval y no me separo de más de ellos”.

 

“Finalmente, pudimos entrar a las siete y pico de la mañana pues el Ejército no permitía acercarse a aquel lugar. Hay una conferencia de prensa a la una de la tarde dentro del Cuartel, en la oficina del coronel Alberto del Río Chaviano, al que luego llamarían El Chacal de Oriente. Ese es el primer acto desde el punto de vista periodístico que ocurre el mismo 26 de julio”.

“En esa conferencia de prensa Chaviano da su versión de los hechos. Lo único cierto que dice es, que el jefe de ese movimiento es un abogado, que era un dirigente estudiantil y era el doctor Fidel Castro. Pero también en ese momento dice la gran mentira, que a Fidel le habían pagado un millón de pesos la gente del ex presidente Prío Socarrás. No fue así. Se sabe que las armas y todo fue comprado por los combatientes con sus propios recursos y de eso se ha hablado bastante”.

 

Con serenidad, Marta Rojas revive el 26 de julio que se tiñe ahora con otros colores gracias a su elocuencia. Inquieta por momentos. No quiere omitir los detalles. Ha cuidado cada trocito de aquella hazaña que ahora acaricia traviesa mi oído como una niña de 57 años.

 

“Después hicimos un recorrido por el Cuartel. Vimos los cadáveres que son fotografiados por los fotógrafos que estaban allí. Lo primero que capté, como seguramente les sucedió a los demás, fue que las cabezas estaban destrozadas, evidentemente por disparos a quemarropa. Sin embargo, tenían los uniformes completamente limpios. Eso fue fotografiado por Panchito Cano también. Era evidente que los habían asesinado y luego los habían vestido: fue un teatro lo que presentaron allí. Notamos, que solo los que estuvieron cerca de la posta tres fueron los que cayeron en combate se veía”.

 

“Cuando uno ejerce el periodismo tiene que mantener la mayor serenidad posible, más en un hecho así que fue tan impactante. En mi caso, lo que hago es observar detenidamente todo, las paredes donde había manchas de sangre…todo, todo sin llanto, ni gritería. Mi objetivo es recoger la mayor cantidad de información posible para hacer un reportaje veraz y fuerte desde el punto de vista periodístico”.

 

“Al terminar ese recorrido por el llamado “teatro de los hechos”, un oficial dice a los fotógrafos, que tiene que entregar los rollos y las películas porque se iban a imprimir en el Campamento de Columbia, en La Habana. Ya son pasadas las cuatro de la tarde. De Santiago no salían aviones por la noche porque estaba recién inaugurado el aeropuerto nuevo, el Antonio Maceo y todavía no tenía todas las condiciones y el de San Pedrito, el viejo, no tenía luces tampoco”.

 

“Entonces Panchito Cano, que era un fotógrafo de mucha experiencia, mientras buscaban la bolsa para que todos los fotógrafos echaran sus rollos, él me pregunta, que si yo tenía los rollos de los carnavales. Yo le digo que sí y me propuso; “-Vamos a cambiarlos”. Yo, de acuerdo con él, le doy los rollos del carnaval y él puso en la cama de un camión los que había tomado en el Moncada. Así fue como yo me echo en el bolsillo los del Moncada y él entrega los de los carnavales. Cuando salimos de ahí, él va para un estudio pequeñito que tenía de fotografía, los revela y me da 25 pesos para que yo viajara a La Habana en cuanto pudiera salir el primer avión y se los entregara a Miguel Ángel Quevedo, el director de Bohemia a quien yo no conocía personalmente”.

Noel Nicola, un trovador cubano de los grandes, dijo: “Hay un almanaque lleno de días 26”. Es una imagen hermosa que ahora se torna confirmación: el Moncada brilla diferente en la palabra viva de Marta Rojas.

 

“Llego a La Habana al día siguiente y le digo al director, que yo tengo que hacer el reportaje porque no me había dado tiempo escribirlo en Santiago. Cuando terminé se lo entregué a Enriquito de la Osa, que era el director de la sección En Cuba de Bohemia, y me dijo que no se podía publicar porque había llegado el censor a la revista. Sin embargo, me dijeron que tratarían de publicar las fotos porque se dieron cuenta de que eran documentos importantes”.

 

“Supe después, que para hacerlo el director se impuso. Bohemia era muy importante a nivel nacional, tiraba casi un millón de ejemplares y se conocía también en América Latina. Entonces logra publicar las fotos, pero con la versión oficial leída por Chaviano y que reflejaba mentiras como lo del millón de pesos que había dado el gobierno opositor y que los combatientes habían asesinado a oficiales enfermos, entre otras calumnias”.

 

“La revista sale el viernes. Como había censura para la prensa los únicos periódicos que pudieron publicar algunos detalles sobre los hechos fueron dos periódicos de Santiago de Cuba y los de La Habana. La gente desconocía los hechos. La censura oficial los tergiversaba mientras otros partidos de oposición les daban poca importancia porque había surgido un dirigente nuevo: uno que había hecho lo que ellos decían que iban a hacer y no habían hecho, sí robar mucho dinero, pero no ofrendar sus vidas. Yo le llamo “la conjura del silencio”. Sin que se hubieran puesto de acuerdo para que no se supiera y se olvidara lo que allí ocurrió”.

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