Pañoleta

De mis primeros días de escuela realmente, recuerdo poco porque desde entonces hasta ahora ha llovido algo y el tiempo hace lo suyo con la memoria.

Sí puedo dibujar el rostro de la maestra de primer grado, porque para suerte mía todavía está ahí, al alcance de mi saludo y mi agradecimiento, y continúa en las aulas como guerrera incansable en esta cruzada contra la ignorancia. Su nombre es Luisa.

Pero hay algo que evoco siempre que septiembre se instala en el calendario, y las calles vuelven a estallar matizadas con el color de los uniformes escolares y el ir y venir hacia la escuela.  Se trata de la pañoleta, de su valor, su significado y el placer que me daba llevarla.

Creo que esos tercos pensamientos regresan una y otra vez a mi mente atribulada por el trabajo y las responsabilidades, por lo especial del día en que me la obsequiaron.

Fue una mañana linda y luminosa y en mi escuela los almendros mecían sus hojas que empezaban a marchitar siempre en esos días de octubre. Alguna hoja era arrastrada por el viento y creo que una llegó hasta mis pies como la señal del principio y final de un viaje.

No sé si aquel día está intacto en mi memoria por los almendros frondosos de los que me enamoré perdidamente y estaban próximos a la plazoleta como testigos de uno de mis mejores momentos en la vida, en que la inocencia le da un ladito al deber para andar juntas y no separarse más.

Fue mi maestra la que hizo el nudo en mi cuello y sentí aquel olor a nuevo y limpio, distinto y rico que envolvió mi cuerpecito de apenas seis años. Recuerdo que mi mamá después se empeñaba en plancharla con el máximo cuidado para no quemar la tela fina y delicada de mi primera pañoleta azul.

Hoy, me pone triste ver a algunos niños sin su pañoleta al regresar de la escuela porque la llevan en la mochila, en el bolsillo, en la mano, o simplemente la perdieron.

Pienso que les falta asociar el atributo con su propio modo de actuar y de vivir, y debieran repensar en el significado de la misma y no verla como propiedad de una organización, sino más bien como una prenda personal, íntima, valiosa que identifica, que habla de quien eres, de dónde eres, qué haces.

Pero no pueden hacerlo solos. La responsabilidad es todos, en especial de la escuela y la familia que tienen el reto descomunal de desafiar modas y modos, rescatar el respeto, profundizar en el conocimiento de todo lo que nos rodea y de nosotros mismos, y la pañoleta forma parte de todo eso.

En un libro de Lectura de mis tiempos en la Primaria había un cuento que me fascinaba. Se titulaba, El pañuelo rojo y era la historia de una niña que al darse cuenta que había olvidado su pañoleta en el campamento de pioneros, regresó sola, desafiando el bosque y la noche para recuperarlo.

Aquella lección llegó para quedarse en mí. Rescatar el amor por lo que tenemos, pienso que ese es el camino para reaprender a querer y cuidar la pañoleta, la escuela, la calle, el árbol, el jardín, el vecino, el libro, el hombre que trabaja, la madre, y la vida.