¡Mucho de la isleña, tenemos las cubanas!

Como tantas mujeres del siglo XIX, Leonor Antonia de la Concepción Micaela Pérez Cabrera llegó a Cuba, desde Santa Cruz de Tenerife, en Islas Canarias.  Aquí se enamoró y casó con Mariano de los Santos Martí y Navarro, él, tampoco era criollo, había nacido en Valencia y, como militar de academia, vino a la Colonia para cumplir con la Madre Patria.


El matrimonio tuvo un único hijo hombre, José Julián y siete mujeres: Leonor, María Matilde, María del Carmen, María del Pilar, Eduarda, Rita Amelia, Antonia Bruna y Dolores Eustaquia, muchas bocas que alimentar, mucha arcilla que moldear…


No fue guerrera Leonor, no, pero libró la más grande batalla de una madre en un siglo de hombres: cuidar de su familia y poner en sus hijos las dosis necesarias de modestia, laboriosidad, honestidad, entereza y dignidad. Todo lo que necesitaban para ser personas de bien. Vio alejarse a uno, morir a otras y no se doblegó la madre… ¡Mucho de la isleña tenemos las cubanas!


Como loca salió a la calle una noche en que los Voluntarios masacraron los patrióticos gritos de los cubanos en el teatro Villanueva… Su hijo los recordó más tarde, en la Revista Universal de México: “Era mi madre: fue a buscarme en medio de la gente herida y las calles cruzadas a balazos y, sobre su cabeza misma, clavadas las balas que disparaban a una mujer”.


Fue esa valiente mujer la que imploró a las más altas autoridades de la isla la libertad de su hijo cuando este fue condenado por infidencia, y acudió amorosa a reconfortarlo en la cárcel hasta que pudo alejarlo de los bárbaros… Prefirió verlo lejos, antes que preso.


El rebelde incomprendido, joven Martí, nunca dejó de pensarla y necesitarla. En cartas, le agradeció a un amigo: “Sé lo que haces por mi madre, y lo que vas a hacer. Trátamela bien, que ya ves que no tiene hijo. El que le dio la naturaleza está empleando los últimos años de su vida en ver cómo salva a la madre mayor”.


La madre no comprendía la prolongada ausencia del hijo varón… Él que debió apoyar al padre en la economía familiar... En aquellos tiempos la mujer no estaba concebida para el trabajo fuera de la casa… Cartas llenas de reproches llegaban al hijo que le entendía desde el dolor…


“Mi madre tiene grandezas y se las estimo, y la amo, (…) pero no me perdona mi salvaje independencia, mi brusca inflexibilidad, mis opiniones sobre Cuba. Lo que tengo de mejor es lo que es juzgado por más malo. Pero no tuerce mi camino (…) ¿Y de quién aprendí yo mi entereza y rebeldía o de quién pude heredarlas, sino de mi padre y de mi madre?”


El matrimonio había educado bien al hijo…  No torció nunca el camino… Eligió la Patria por altar y no de pedestal…   


Y aunque no le entienda; una madre siempre apoya al hijo… Aun en medio de reproches, quejas, regaños… amorosos reclamos, nunca dejó de admirarle. Si le pedía que dejara la lucha era por miedo a perderlo… Lo sabía enfermo. Las heridas del presidio no sanaron nunca… Por eso le alentaba, paciente y constantemente, a cuidar su salud, sin dejar de proteger a las hermanas que fueron, poco a poco, con sus prematuras muertes, minando las fuerzas de la mujer…


Pero no se rindió. En medio de su obligado exilio en Nueva York, el hijo se sintió renacer cuando, en 1887 recibió la visita de su madre, ya viuda. Le escribió al amigo mexicano: “Solo una palabra, y por rareza, feliz. Mamá está conmigo.(...) con la vida de trabajos que llevo, apenas tengo hora libre de noche para verla; pero esto me basta para sentir menos frío en las manos, y volver cada mañana con más estímulo a la faena”.


Fue allí cuando la madre entregó al hijo el anillo hecho de un eslabón de los grilletes que llevó en la cárcel…  Tenía una sola palabra grabada… Una palabra que, por simbólica, era la que el patriota necesitaba para saber que ella apoyaba su lucha… ¡Cuba!


Por liberar a la Madre Mayor, murió en combate el hijo de Leonor… La Canaria sumó ese dolor al provocado por la sucesiva muerte de la mayoría de sus hijas, pero siguió de pie… ¿De qué estaría hecha esa mujer?


¿Cuál sería el dolor, la decepción de la anciana al instaurarse la República, no la que soñó el hijo para ella y para todos los cubanos, sino la otra, la lastrada por el neocolonialismo?
La madre del Apóstol de la Independencia de Cuba sobrevivía apenas con un sueldo como empleada subalterna de una secretaría del Gobierno… Los emigrados cubanos promovieron una colecta popular para devolverle la Casa de la Calle Paula, la que fue hogar de hijo más grande que tuvo la otra madre, Cuba… Entonces, la amantísima madre, que a duras penas podía sobrevivir,  colocó una tarja para que ningún cubano olvidara que allí había nacido ¡El Maestro!

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