Amor y guerra: María Cabrales y Antonio Maceo

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Si vas a hacer la guerra, /yo seré tu lanza. /Si va a hacer la paz, /yo seré tu azada. / Si vas a hacer la vida, yo seré tu amada. //
Excilia Saldaña

El mundo se extendía más allá de lo que alcanzaban sus ojos, incluso más allá de Santiago, y esa revelación le llegó un día cuando contaba poco más de veinte años de edad y se fijó en el joven que pasaba regularmente con su arria de mulos por la finca donde ella vivía.


María Magdalena Cabrales Fernández soñaba con él, le conocía porque eran vecinos y hasta sabía su nombre de memoria: Antonio de la Caridad Maceo y Grajales, pero estaba lejos de imaginar que se estaba enamorando de un héroe.

La historia no recoge con exactitud cómo comenzó el noviazgo entre ellos, pero sí esta descripción de Antonio: “Era una hermosa figura de hombre: alto, macizo, de carnes firmes y mirada suave y fiera a la vez; amplias las ventanas de la nariz y una poderosa quijada cuadrada y su boca se adornaba con un áspero bigote retorcido.”

Los enamorados se casaron el 16 de febrero de 1866 en la parroquia de San Nicolás de Morón en San Luis, Santiago de Cuba, y luego fueron a vivir a la hacienda “La Esperanza”, propiedad de los Maceo.

Al poco tiempo tuvieron una niña, pero la armonía de su casa se quebró con el inicio de la guerra en 1868. María conocía bien al esposo, de ahí que no solamente aceptó su disposición de unirse a las fuerzas libertadoras sino que le acompañó en aquella senda incierta que le mostraban sus brazos de titán y su poderoso cerebro.

En aquellos momentos ella se encontraba al final de su segundo embarazo: con certeza el varón que soñaron. Quince días después de su incorporación a las tropas mambisas, Antonio ya ostentaba el grado de teniente pero estaba triste.

Su familia se encontraba en los montes de Piloto, en Mayarí, donde el tétano y las muchas privaciones de la vida en la manigua le arrebataron a su hijito con apenas siete días de nacido, y encima, poco tiempo después, también perdió a su primogénita.

Desde entonces, María vistió de negro y se entregó por entero a la tarea de curar enfermos y heridos en los maltrechos hospitales mambises donde desplegó sus dotes de buena curandera.

Cuentan que ella misma, muchas veces, curó las heridas al esposo que en un año (1876-1877) fueron de 18 a 19, graves algunas de ellas. Tal vez porque se negaba a palidecer ante el brillo del hombre amado era que nadie excepto, Mariana su suegra, se le igualó en ligereza para subir y bajar montañas o en habilidad para sanar a los enfermos.

José María Rodríguez, el general Mayía agradeció la vida a esta mujer, que al verle herido y en peligro gritó: “Salvar al general o morir con él.” Así, esta dama de la libertad salvó a uno de los grandes en la Guerra de los Diez Años.

Con el Pacto del Zanjón llegó el final de aquella hombrada que hicieron los cubanos contra el enorme poderío español. Maceo con el ancla echada en el camino de la libertad dijo adiós a Cuba después de lo de Baraguá. Más de 88 acciones embellecían la historia del Titán cuando se marchó a Costa Rica con María y parte de su familia.

Al poco tiempo la prosperidad económica les sonrió a los Maceo: tuvieron su propia hacienda y Antonio era Comandante de puerto. Dicen que María lo cuidaba bien y por eso se le veía con su traje planchado y limpio, sin una sola mancha, como a él le gustaba y que siempre olía a agua de azahar, su perfume favorito.

Pero casi una década más tarde apareció José Martí para reavivarles el deseo de volver a Cuba y liberarla. María apoyó la idea y se reunió con otras cubanas en Costa Rica quienes pusieron en sus manos el dinero para hacer realidad la utopía del Delegado: la Guerra necesaria.
Dicen que ella le dijo a Martí: “Yo quiero ayudarlo. Cuba tendrá un club de cubanas en Costa Rica”. Y así fue, ese club se llamó “¡Hermanas de María Maceo”.

Cuando Antonio regresó a su patria contaba 50 años de edad y padecía una anemia que quebrantaba la salud mas, conservaba la pasión intacta y la misma atronadora violencia en la batalla. Entonces le escribió a María:

“En tu camino como en el mío, lleno de abrojos y espinas, se presentarán dificultades que solo tu virtud podrá vencer.

Confiado, pues, en esa tu más importante cualidad, te abandono por nuestra patria, que tan afligida como tú, reclama mis servicios […] y tu amor de esposa fiel y purísima, me induce a su redención. […] La primera vez luchamos juntos por la libertad; ahora es preciso que luche solo haciendo por los dos. Si venzo, la gloria será para ti.”

María, de 47 años, se quedó en Costa Rica trabajando en su club y en otro círculo femenino denominado, “José Martí”, ambos afiliados al Partido Revolucionario Cubano.

En esos menesteres andaba cuando recibió la noticia de la muerte de Antonio y leyó aquella frase de Gómez: `María, llore por usted y por mí”.

Cuando terminó la guerra ella regresó a su natal Santiago de Cuba y allí se hizo cargo del asilo “Huérfanos de la patria. Al final de sus días desanduvo con sus pies viejos y cansados la misma ruta del joven arriero que amó toda su vida, y en la finca donde nació esperó la muerte el 28 de julio de 1905.

Marlene Caboverde

Periodista de Radio Jaruco y Editor Jefe de la Redacción Digítal

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