Cuando un amigo se va

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Me quedé debiéndole una entrevista y varias conversaciones eternamente aplazadas por el trabajo, los compromisos, la prisa, el estrés y la vana ilusión de pensar que las personas que amamos son eternas.


No fue mi maestro, pero disfruté, a la altura de ser su compañera de trabajo de los buenos consejos y el derroche de experiencias que siempre emitió a los que como yo, amamos el mundo del magisterio. Lo recuerdo tan bien apretando su agenda de visitas de clases en la Secundaria Básica Amado Contreras del poblado de Caraballo, escenario donde tantas veces nos enseñó a desarrollar una buena clase y ser mejores profesionales dentro del sector educacional cubano.

De entonces recuerdo su frase contundente: “Cuando el alumno mira por las ventanas, es porque afuera la cosa está más interesante que dentro del aula. Nuestro trabajo es motivarlos para que no tengan que mirar”. Y simplemente era así Lutgardo.

Años después, me sugeriría temas para trabajos periodísticos, como la iniciativa local del “profesor de la familia”, que impulsó junto al claustro de la ESBU Amado Contreras para favorecer la relación hogar-escuela, en los años actuales; o el reportaje sobre las calles de Jaruco y el abasto de agua en la Ciudad Condal.

Así fue creciendo la amistad, alimentada por la admiración y el afecto, en este pueblo donde casi todo el mundo es familia o se conoce. Lutgardo fue presencia inefable en mi carrera y en las de otros que fueron sus alumnos; siempre cercana, accesible, cálida, sabia, consejera.

Desde el espacio acogedor de su hogar, estaba al tanto de todos los asuntos relativos a la economía interna, la política internacional, los adelantos de la ciencia y la técnica y los entresijos del arte y la cultura. Hablaba de todo, sabía de todo, quería aprenderlo todo. Llevados por la marea de las palabras, cualquier diálogo con él podía durar milenios. Lutgardo personificaba el ideal iluminista del intelectual, al que nada humano le es ajeno.

Siempre pendiente de su comunidad, también encarnó ese otro estilo que el mundo va perdiendo: el del maestro como líder comunitario, activista social, paradigma ético y formador de conciencia. Como enseñar puede cualquiera, él educaba, porque fue un evangelio vivo.
Al fallecer, este miércoles, a los 67 años de edad, nos deja desazón; vacío por las palabras no dichas y las charlas escamoteadas por la prisa; nos hace pensar que el homenaje a su magisterio y su vida nunca fue suficiente, aunque se le reconociera su labor en varias jornadas del educador.

Hoy, mi querido profe, esta periodista se queda en silencio, no existe una palabra que nombre a la persona que pierde a un amigo, un colega. Por eso, me tomaré una licencia literaria para afirmar que, desde este 20 de noviembre, los que fuimos sus compañeros, pero más que eso, sus amigos, quedamos un poco huérfanos de ti. Nuestro Maestro Lutgardo Pérez.

Yainely Guerra

Periodista

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