El legado del 9/11

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El 12 de septiembre de 2001 el periódico Granma registró en dos páginas completas un hecho que teñía de rojo los titulares en la prensa de todo el planeta: los atentados terroristas del día anterior en Estados Unidos. Uno de los artículos era de la narradora y periodista cubana, Marta Rojas.


Un ejemplar de aquella fecha duerme todavía entre mis papeles, y cada vez que regresa septiembre lo desempolvo, miro los magníficos edificios neoyorkinos envueltos por las llamas, y reflexiono sobre cómo la humanidad jamás volvió a ser la misma.

A pocas horas de aquel suceso, calificado por el Granma y otros diarios cubanos como un “episodio dramático que conmocionaba al mundo”, todavía era impreciso el número de víctimas, incalculables los daños materiales, insospechado el rumbo que tomarían el odio, la venganza, el racismo, la xenofobia.

Menos de un año después, supimos por las estadísticas del Departamento de Salud de Estados Unidos, que entre los 247 latinos que fallecieron debido al atentado de Al-Qaeda contra las Torres Gemelas, se encontraban seis cubanos.

Más adelante se dieron a conocer muchos otros detalles reveladores que pusieron en tela de juicio a la seguridad nacional, a los arquitectos que diseñaron los edificios mutilados del World Trade Center y hasta al propio presidente Bush.

Luego se ordenaron las invasiones a Afganistán en 2001 y a Irak, en 2003 con un saldo humano incalculable, pero que como guerras al fin, también arrasaron con la infraestructura y el patrimonio cultural de esas naciones, en tanto se extraviaron el sentido de la justicia y la confianza parecía sepultada en el foso más oscuro.

Como legado de aquel ataque sobresale también, el estado de alerta permanente en que se mantiene el mundo desde entonces: cualquier hecho de violencia puede llevar de antemano el estigma de terrorista, mientras corre el riesgo del mismo calificativo, quien proviene del Oriente Medio o practica la religión Islámica, sobre todo en Estados Unidos.

Un presagio de las páginas dolorosas que se escribirían en lo adelante, fue avizorado por un fotorreportero cubano, de cuyo nombre no me acuerdo. Él captó por aquellos días una imagen que fue publicada en la revista Bohemia.

Tengo fija en la memoria esa foto, era una calle desierta de Manhattan: lo insólito en la “ciudad que nunca duerme”, y que contrastaba con el gigantesco movimiento generado alrededor de la después denominada, Zona Cero.

La advertencia era clara, a mi modo de ver, aquel vacío presagiaba que el miedo sería las peor de las plagas que enfrentaría y que debía vencer a toda costa la humanidad.

Marlene Caboverde

Periodista de Radio Jaruco y Editor Jefe de la Redacción Digítal

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