Guardianes en la Cueva de Aguirre

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Francisco Martínez Chao

Francisco Martínez Chao

Periodista y colaborador de nuestro Sitio Web
Francisco Martínez Chao

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Es costumbre de los excursionistas que visitan el parque Escaleras de Jaruco, ubicado a unos 30 kilómetros al noreste de la capital cubana, preguntar donde queda la cueva del General Aguirre.


¿Y Quién era Aguirre?
Un Mayor General del Ejercito Libertador cubano, que en la noche del 29 de Diciembre de 1896 falleció de bronconeumonía en uno de los campamentos que tenían los mambises en esas serranías. Nació el 22 de Agosto de 1843 en la otrora villa de San Cristóbal de La Habana, donde fue inscrito en el Registro Civil con una trilogía de nombres: José María Timoteo Aguirre Valdés, aunque siempre fue nombrado por el primer apellido. Al morir se desempeñaba como Jefe de la División Habana.

Aguirre participó en las tres guerras por la independencia de Cuba, destacándose como excelente jinete en la caballería de El Mayor Ignacio Agramonte. La jefatura del Ejército Libertador lo calificó de Jefe inteligente, audaz y emprendedor. Cuentan que sin dejar la postura de mando era un personaje muy jovial y campechano, que en momentos dramáticos de la guerra hacia un chiste.
Al fallecer los integrantes de su Estado Mayor deciden buscar un lugar intrincado para sepultarle. Unos conocedores de la zona sugieren una cueva en Sitio Perdido, a 250 metros sobre el nivel del mar. En su interior hicieron una oquedad para depositar al cadáver. Después lo cubrieron con piedras.

Al concluir en 1898 la contingencia bélica con España, sus compañeros de armas le exhumaron.
Desde entonces esa espelunca es parte de la historia de Cuba y de las leyendas que tejieron los campesinos que vivieron en las lomas de Jaruco. Algunos contaban sobre la aparición de Aguirre cabalgando en un corcel plateado. Otras decían que en noches claras veían a soldados gigantes custodiando la entrada.

Lo cierto es que los únicos guardianes de la llamada Cueva de Aguirre, son miles de murciélagos. De día cuelgan del techo o se refugian en las oquedades oscuras de las paredes. Al caer la noche salen deslumbrados por la plateada luz de la luna.

Francisco Martínez Chao

Periodista y colaborador de nuestro Sitio Web

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