iAníbal Navarro,¡De Jaruco al mundo!

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Cualquier persona mínimamente enterada del desarrollo de la cultura en Cuba luego del triunfo de la Revolución, convendrá que la danza teatral posee entre nosotros tales grados de excelencia que ha sentado pautas, incluso, en el ámbito internacional. Recuérdese solo, a manera de ejemplo, la existencia de la reconocida Escuela Cubana de Ballet.

Bailarín Anibal Navarro. Foto cortesía del autor

Otra constatación de ese fenómeno se aprecia en la gran cantidad de artistas criollos que asombran hoy al público y la crítica –en varios continentes y en las más selectas compañías– por sus dotes técnicas y artísticas. Tanto es así que no pocos especialistas del ramo, estupefactos, llaman a Cuba la “fábrica de maravillosos bailarines”, y a estos, “los nuevos rusos” (¡casi nada!), entre otros sonoros epítetos.

Si bien esas consideraciones están referidas en lo fundamental al universo de la danza clásica, no es menos cierto que intérpretes nuestros de otros géneros suscitan asimismo la mayor atención en el mundo. A esa oleada de virtuosos hay que sumar a los profesores –y alguna que otra vez también a los coreógrafos—, quienes son requeridos de continuo en los más diversos países.

Sin embargo, a pesar de tan tremendos resultados este sistema carece hasta la fecha de un adecuado equilibrio (Eppur si muove!, dirán muchos), pues, a contrapelo de ese boom de naturaleza “físico-artística”, la gestión “intelectual” complementaria del fenómeno resulta cuando menos precaria –por no decir casi inexistente– en el país.

¡Vaya contradicción! A pesar de los mecanismos e instituciones de diversa naturaleza creados por el Estado para el sostenimiento y desarrollo de la danza teatral en todas sus esferas, pasan los años y los pertenecientes al gremio no logran articular un “estado mental” que incite a la creación de obras que ayuden a elucidar, desde diversas perspectivas (estéticas, históricas, etnológicas, etc.), los fundamentos, el presente, las perspectivas… de tan singularísimo quehacer. En tal sentido, si se compara a la danza con la literatura, el cine, las artes visuales… en Cuba, en materia bibliográfica, hay que convenir que continúa siendo la manifestación artística menos favorecida en ese terreno. Baste reconocer que hemos llegado al siglo XXI –luego de más de doscientos años de historia en este campo– sin la existencia de unos anales del baile teatral en la Isla, sin la biografía de nuestros mejores artistas (vivos o muertos), sin tratados teóricos de la danza como espectáculo desde una perspectiva cubana, sin un diccionario… e, incluso, sin que acabe de fraguar un ejercicio crítico que, por su rigor, pueda llamársele tal. Me refiero desde luego a trabajos serios, enjundiosos, profesionales, avalados por una investigación-meditación profunda, no a los panoramas, esbozos y congéneres, redactados al parecer -en la mayoría de los casos- sin muy altas miras y que, por lo mismo, apenas resultan útiles para cierta descolorida docencia. Y lo peor radica en que no se avizora un cambio en tal sentido en el futuro inmediato; al menos, nuestras bibliotecas y archivos (desde hace años mi ámbito cotidiano de trabajo) siguen a la espera de aquellos que se interesen de una manera responsable por las diversas aristas del fenómeno.

Una de ellas es la referida a la ignorancia casi flagrante de los bailarines cubanos de diversos géneros que, en lo fundamental, desarrollaron sus carreras fuera de Cuba o entre el país y el extranjero. Se trata de artistas que, al igual que hicieran Alicia Alonso y Fernando Alonso en su momento, buscaron en otro medio la posibilidad de un desarrollo técnico-artístico que nuestro ámbito, por la época, no les podía dar. Ese también fue el caso de Aníbal Navarro (Jaruco, 1917- Madrid, 2000), un virtuoso con una carrera internacional envidiable del cual aquí, “sencillamente”, no se habla ni se escribe “una palabra”.

Ni aun la exposición de su foto en el Museo de la Danza (en una pequeña muestra titulada “Bailarines cubanos en los Ballets Rusos”) pudo modificar tan “deportiva” indiferencia, pues al parecer nuestros estudiosos se resisten (con una mayor o menor conciencia de ello) a la reforma del canon establecido, un canon que, dicho sea de paso, está situado hasta hoy tan lejos de la realidad que apenas comprende un treinta o cuarenta por ciento de lo ocurrido en el país en lo concerniente a la danza teatral, sobre todo en la etapa anterior al triunfo de la Revolución, con énfasis en el período que precede a la fundación de la Escuela de Ballet de la Sociedad Pro-Arte Musical de La Habana (1931). Debe aclararse de inmediato que la causa de esa pobreza no está relacionada con alguna resistencia a la mención de tal o cual artista o compañía, sino con el desconocimiento de quiénes fueron los que –llegados desde diversas latitudes– tejieron para Cuba esos anales. De acuerdo con el refrán: “El que busca, encuentra” y, desde luego, al revés:”Si usted no busca, en modo alguno puede encontrar.”

Anibal Navarro junto a Elvis Presley.

Sin temor a exagerar, Aníbal Navarro todavía pertenece al ramo de los “no buscados”, a despecho de integrar –junto a Alberto Alonso, Fernando Alonso y Luis Trápaga— la primera hornada de hombres cubanos exitosos en el mundo del ballet, saltando corajudamente por encima de las numerosas barreras interpuestas por la época. Además de ese mérito histórico, que no es poco, su trayectoria artística estableció una cota de ductilidad interpretativa todavía no igualada por otro bailarín cubano hasta la fecha, pues, además de destacarse en la danza clásica (una cualidad que lo llevó a integrar en calidad de solista el Original Ballet Russe del coronel De Basil, probablemente la mejor compañía del mundo en su momento), también lo hizo en la danza moderna (en Buenos Aires obtuvo el rango de primer bailarín en la compañía de la norteamericana Miriam Winslow), en la interpretación del folclor latinoamericano (lo que le permitió integrar la plantilla estable –igualmente con el rango de primer bailarín– del prestigiosísimo Teatro Colón, también en Buenos Aires, algo tampoco alcanzado hasta hoy por ningún otro cubano), y en el mundo de las variedades, un ámbito que cultivó con tanta creatividad, rigor, gusto y profesionalismo que le valió ser contratado, en dos temporadas, en el mítico Molino Rojo, en París (algo tampoco conseguido por ningún otro cubano hasta hoy, al menos como “estrella”), por solo citar a uno de los muchos escenarios prestigiosos de varios continentes que lo solicitaron.

Gracias al ejercicio de esa profesión, en la vida de Aníbal Navarro aparecieron figuras tan prominentes del arte nacional e internacional como Ernesto Lecuona, Rita Montaner, Dámaso Pérez Prado, “Bola de Nieve”, Xiomara Alfaro, Alicia Alonso, Nina Verchinina, Tamara Toumánova, Serge Lifar y Elvis Presley, entre otros, acerca de los cuales me refirió algunas anécdotas más o menos enjundiosas en el transcurso de las entrevistas que le hiciera en su casa, en Madrid, en 1993.

Por si eso no bastara para tomarlo en cuenta (para “rescatarlo”, en fin), debe decirse que luego de retirado del baile Aníbal Navarro se convirtió en uno de los coleccionistas de danza más reconocidos a escala internacional, pues los expertos en la materia consideraron su colección como una de las tres más importante en el mundo –de hecho fue tasada por ellos mismos en un cuarto de millón de dólares, según consignó la famosa revista neoyorkina Dance Magazine. ¿Quién lo diría? ¡Un cubano, y de Jaruco, sentando pauta en semejantes lides, a despecho de europeos y norteamericanos!

Después de conocer tan siquiera esos pocos datos, cabe preguntarse: ¿Qué hacemos con el bailarín, coreógrafo y diseñador Aníbal Navarro? ¿Se lo regalamos a La Nada, o hacemos lo necesario para incorporarlo al caudal de su cultura, que no es otra que la cubana? ¿Acaso un artista de tan altos quilates no prestigiaría la historia del baile teatral en la Isla –incluso de Latinoamérica–, aunque la mayor parte de su carrera, por los motivos explicados, transcurriera fuera del país? ¿O en este caso también nos enredamos (¿nos excusamos?) en el intríngulis de qué es lo cubano y qué no le es, de quién es cubano y quién no lo es…? Todo parece indicar que la respuesta resulta obvia, a menos que medie en ella algún tipo de mala intención.

Desde hace años, la reconstrucción escrita de la vida de Aníbal Navarro se ha convertido para mí en una asignatura pendiente, un trabajo que, por una razón u otra, no he podido acometer hasta la fecha. Para hacerlo (apuesto por una biografía en primera persona, o sea, propiamente un testimonio), cuento con las entrevistas mencionadas –en una versión taquigráfica pendiente de “teclear”– y con la información “apta para todas las edades” presente en las cartas (unas cincuenta o sesenta) derivadas de la correspondencia que sostuvimos durante casi tres lustros.

A eso se suman los recortes de prensa de varios países, los programas de espectáculos y las fotos relativas a su carrera que el propio artista me proporcionara. Para completar el universo de trabajo indispensable para acometer la redacción del texto, solo me resta “peinar” algunas publicaciones seriadas cubanas del período 1945-1960, en particular la revista habanera Carteles, en las que aparecieron noticias casi siempre ilustradas acerca de diversos momentos de su trayectoria artística.

Nación en Jaruco el 4 de octubre de 1951, es un escritor, historiador e Investigador, Miembro de la Asociación de Artistas Escénicos de la UNEAC. Historiador del Gran Teatro de La Habana. Licenciado en Filología, especialización en Literatura Hispanoamericana, Universidad de La Habana

En su trayectoria laboral se ha desempeñado como Especialista en Literatura en la Dirección Municipal de Cultura de Jaruco y como Especialista en el Ballet Nacional de Cuba.

Libros publicados y algunas distinciones recibidas

-Gran Teatro de La Habana. Cronología mínima. 1834-1986. La Habana, Ediciones Gran Teatro, 1988.
-Alicia Alonso: órbita de una leyenda. Madrid, Ediciones de la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE), 1995.
-Anna Pávlova en Cuba. La Habana, Ediciones Cuba en el Ballet, 1996.
-Grandes momentos del ballet romántico en Cuba. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2002. (Premio Nacional de la Crítica Literaria, 2003). Segunda edición: Letras Cubanas, 2004.
-Fanny Elssler: cartas desde La Habana. La Habana, Ediciones Boloña-Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, 2005 (Premio Anual de Investigación Cultural, 2007. Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello.)
Ha publicado asimismo varios folletos y numerosos trabajos, en revistas y periódicos, relativos a las artes escénicas en Cuba.
OTROS LIBROS PREMIADOS (TODAVÍA INÉDITOS)
-«Historia del Gran Teatro de La Habana. El Arte Lírico» (Premio «Razón de Ser», Fundación Alejo Carpentier, 2005.)
-«La composición musical en Cuba y su reflejo en las publicaciones seriadas habaneras (1790-1830)» (Mención única en el Premio de Musicología «Argeliers León», de la UNEAC, 2006.)
-«Diccionario de obras danzarias Interpretadas en Cuba. Ballet, baile español, danza moderna y folclor teatralizado en los escenarios de la Isla. 1800-1960» (Premio Dador de Investigación, 2008, Centro Dulce María Loynaz.)
-«Incendio de alma: José Martí y la danza» (Premio Anual de Investigación Cultural 2010 del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello.)
OTROS LIBROS TERMINADOS
-«¡Salve, oh ingrávida! La aventura cubana de Anna Pávlova” (aprobado para su publicación en Ediciones Boloña)
-«Historia del Gran Teatro de La Habana. Trayectoria de un edificio»
-«Historia del Gran Teatro de La Habana. El cine»
-«Historia del Gran Teatro de La Habana. Acontecimientos políticos, sociales y científicos. Otros hechos culturales»

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