| (Versión
taquigráfica de
las oficinas del primer
ministro)
Pueblo
de Santa Clara:
He
venido a conversar con
ustedes un rato. Desde
que el pueblo manda hay
que introducir un nuevo
estilo: ya no venimos
nosotros a hablarle al
pueblo, sino venimos a
que el pueblo nos hable
a nosotros (APLAUSOS).
El que tiene que hablar
de ahora en adelante,
el que tiene que mandar
de ahora en adelante,
el que tiene que legislar
de ahora en adelante,
es el pueblo (APLAUSOS);
es el pueblo el que sufre,
es el pueblo el que sabe
lo que necesita, es el
pueblo quien conoce los
abusos y los atropellos
que se han cometido contra
él.
Por algo nuestra Revolución
ha triunfado. Ha triunfado
porque desde el primer
instante el pueblo comprendió
que se iba a derrocar
la tiranía no para
poner otra tiranía
(EXCLAMACIONES), que no
se trataba de un cambio
de hombres, porque hasta
este momento, en los 56
años de casi república,
el pueblo no ha gobernado
nunca (APLAUSOS). Yo no
he oído decir otra
cosa desde que era niño,
no he escuchado de los
labios del pueblo otra
cosa que esta: que todos
son unos ladrones, que
todos son unos sinvergüenzas,
que todos roban, que ninguno
se acuerda del pueblo,
que el capitán
tal es un abusador, que
el sargento tal le entró
a planazos al trabajador
y al campesino tal, que
el alcalde tal se robó
tanto, que el representante
tal se robó más
cuanto, que el ministro
tal puso en el ministerio
a su prima, a su tía,
a su abuela y a toda su
familia (EXCLAMACIONES);
que el otro ascendió,
no porque tuviera capacidad
ni mérito, sino
porque era “amiguito”
particular del ministro,
del jefe del ejército,
o del Presidente de la
república (EXCLAMACIONES);
que Menocal se robó
tanto, que Machado se
robó más
cuanto, que Batista se
robó ni se sabe
cuanto (EXCLAMACIONES),
y que Estrada Palma —que
era honrado— lo
primero que hizo fue mandar
a buscar a los americanos
cuando tuvo problemas
aquí (EXCLAMACIONES).
La gran verdad es una:
los problemas de Cuba
no son tan complicados,
los problemas de Cuba
lo que necesitan es buena
voluntad para resolverlos.
El pueblo de Cuba es lo
suficientemente inteligente
para decirles a los gobernantes
lo que tienen que hacer
(APLAUSOS). Y, antes que
nada —porque hay
cosas que van antes que
otras—, antes que
nada, aquí asentar
la república sobre
bases tan firmes que jamás
vuelva a haber una dictadura
en nuestro país
(APLAUSOS).
¿En qué
ocasión anterior
se había presentado
esta oportunidad? (EXCLAMACIONES.)
¿Cuando se vio
en América que
un pueblo desarmado como
este, un pueblo que no
tenía instrucción
militar, un pueblo que
no tenía un fusil
y que tenía delante
miles y miles de hombres
organizados, con aviones,
con tanques, con cañones,
con fragatas y cuanto
aparato de muerte se ha
inventado...? (EXCLAMACIONES.)
Y de repente este pueblo
inerme, estos hombres
y estas mujeres, estos
jóvenes campesinos
de la Sierra Maestra —guajiros
la mayor parte de ellos—,
estos estudiantes que
abandonaron los libros
y vinieron a manejar un
fusil que nunca habían
usado antes, estos combatientes
gallardos de nuestra juventud,
una juventud que no había
visto más que malos
ejemplos, y que es buena
de lo buena que es (APLAUSOS),
porque aquí nadie
le había enseñado
otra cosa que cosas inmorales,
y al que no tenía
una “botella”
le decían bobo,
y al que no robaba le
decían que estaba
perdiendo el tiempo —por
no decir otras palabras
que se empleaban por ahí—
(APLAUSOS).
Y, sin embargo, esa juventud
tiene que tener una calidad
humana muy grande para
haber realizado la proeza
que ha realizado, de pura
inspiración propia.
¿Cómo será
la juventud que va a venir
después de la Revolución,
la que vamos a educar
con el buen ejemplo? (EXCLAMACIONES
Y APLAUSOS.)
Yo preguntaba que en qué
país del mundo
—no de América—
en qué país
del mundo se había
visto que un pueblo inerme
—como decía—
le haya arrebatado a un
ejército moderno
hasta el último
fusil (APLAUSOS).
Porque todas las armas,
todos los cañones,
todos los tanques, todos
los aviones, todas las
fragatas, y todos los
fusiles están en
estos instantes en manos
del pueblo (APLAUSOS).
Y nosotros no haremos
otra cosa que recibir
y obedecer órdenes
del pueblo (APLAUSOS).
¿Por qué
no he de creer que el
pueblo sea el mejor gobernante,
si creí —cuando
nadie lo creía—
que el pueblo era el mejor
guerrero? Y cuando todo
el mundo decía
que era una locura, que
era un disparate, que
nos iban a matar a todos,
que pobrecitos nosotros,
y hasta rezaban por nosotros
porque ya nos consideraban
exterminados, yo, sin
embargo, creía
que ganábamos la
guerra (APLAUSOS).
Y cuando una tarde, después
del primer revés,
me vi con dos hombres
y dos fusiles, y estuve
15 días antes de
hacer contacto con mi
hermano —que se
apareció con otros
cuatro hombres y cinco
fusiles, y fueron siete
en total los fusiles que
volvieron a aparecer—
(EXCLAMACIONES), yo estaba
tan tranquilo como estoy
hoy, porque estaba seguro
de que íbamos a
ganar la guerra (APLAUSOS).
Sencillamente por una
cosa, por una razón:
¡porque creía
en el pueblo! (APLAUSOS);
sabía que el pueblo
se sumaría, sabía
que el pueblo nos prestaría
toda la colaboración
posible, sabía
que miles de jóvenes
imitarían nuestro
ejemplo, sabía
que por cada combatiente
que cayera se unirían
cien más dispuestos
a morir también
(APLAUSOS).
Y esta provincia es testigo
excepcional de ello, porque
después de Oriente
fue en Las Villas donde
aparecieron los primeros
grupos revolucionarios
(EXCLAMACIONES Y APLAUSOS):
del Directorio Revolucionario
y del Segundo Frente Nacional
del Escambray, y de los
auténticos y de
todas las organizaciones,
porque todo el mundo tiene
méritos y hay que
reconocérselos
(EXCLAMACIONES Y APLAUSOS);
y nadie tiene derecho
a negarle el mérito
a los demás y a
apropiarse del mérito
de otros (APLAUSOS).
Yo sabía que el
pueblo nos imitaría,
y que el pueblo era invencible.
Y si este pueblo era invencible
antes, cuando no había
fusiles y no había
la unión que hay
hoy, ni la experiencia
que hay hoy, yo quiero
que me digan quién
puede vencer hoy al pueblo
de Cuba (EXCLAMACIONES
DE: “¡Nadie!”),
y si no hay razón
sobrada para sentirse
optimistas. Y si el pueblo,
sin haber ido a las academias
militares, sin haber ido
a los campos de tiro a
aprender como se maneja
un fusil —aunque
ahora todo el mundo va
a aprender a manejar un
fusil aquí (EXCLAMACIONES
Y APLAUSOS); y va a aprender
a manejar un fusil todo
el mundo aquí,
para que el Ejército
de la Revolución
no tenga 20 000 ni 10
000, sino tenga 6 millones
de cubanos dispuestos
a defenderla (APLAUSOS).
¡Que por algo hemos
demostrado que en Cuba
hasta las mujeres pelean,
y pelean bien y pelean
a la altura de los hombres!
(APLAUSOS.)
Y yo decía que
si el pueblo supo ganar
la guerra, que era difícil,
¿por qué
no va a saber gobernar
ahora? (APLAUSOS.) El
gobierno es difícil.
¿Por qué?
Porque no se ha gobernado.
Es inexplicable que se
haya gobernado durante
tanto tiempo no para el
pueblo, sino por encima
del pueblo y contra el
pueblo; que uno no se
explica cómo ha
sido posible gobernar
durante tanto tiempo fuera
del pueblo (APLAUSOS).
Antes el pueblo solamente
en parte se preocupaba
de estas cuestiones, su
indiferencia por la política.
Antes, político
—y mucha gente lo
sabe, porque la política
se había convertido
en una palabra peyorativa;
nadie quería que
lo llamaran político,
casi casi como nadie quiere
que lo llamen hoy chivato,
confidente, esbirro o
algo de eso— (RISAS),
político quería
decir ladrón, político
quería decir hombre
de poca palabra que lo
prometía todo y
no daba nada (APLAUSOS);
político quería
decir compadre, porque
la política que
se hacía era a
base de “compadre”;
política quería
decir “botella”;
política quería
decir compradera de votos;
política quería
decir que allí
el que tenía 100
000 pesos podía
salir, el que no tenía
un peso, por muy honrado,
por muy capaz que fuera
no podía ser nada
(EXCLAMACIONES Y APLAUSOS).
Y, otra cosa, si alguien
había sido un gran
ladrón, un ministro,
que se llevaba 3 ó
4 millones de pesos, no
tenía que hacer
otra que postularse para
representante o senador,
pues ya no había
juez ni tribunal que le
hiciera nada (APLAUSOS);
compraba su acta, y llegaba
al Capitolio de representante,
se sentaba allí
entre sus congéneres
—que eran tan parecidos
como él en su mayor
parte y tan ladrones como
él—, y venía
un suplicatorio de un
juez para arrestarlo,
y decían: “No”.
Eran unos señores
que vivían por
encima de la ley en una
república que se
decía igualitaria
y democrática y
sin privilegios; esos
señores tenían
el privilegio de robar,
de matar, de estafar,
de traicionar, de hacer
horrores, y no pasaba
nada, no los podían
juzgar. ¡Esta era
una república igualitaria
y democrática donde
estaba todo el mundo tan
campante! (APLAUSOS.)
Yo creo que eso solo era
suficiente como para producir
la revolución.
Porque vamos a ser francos
aquí todos nosotros,
que para eso estamos conversando
de igual a igual: ustedes
tienen parte de la culpa
también (EXCLAMACIONES),
porque aquí venía
un pillo y hasta lo aplaudían;
caía un candidato
descarado, sinvergüenza
e incumplidor y sacaba
tantos o más cuantos
votos, ¿de dónde
salían? (EXCLAMACIONES.)
¿Es o no es verdad
que había gente
que vendían el
voto por cinco pesos?
(EXCLAMACIONES DE: “¡Sí!”)
¿Y el que vende
el voto no es tan malo
como un chivato o como
un esbirro? (EXCLAMACIONES
DE: ”¡Sí!”)
¿Y por qué
ustedes querían
fusilar a los esbirros
y se quedan tan campantes
con la gente que vende
el voto?
Los que corrompieron la
política y los
que vendían votos
y los que compraban votos
y los que dejaban que
se compraran y vendieran
votos, tienen culpa también
de que haya venido la
dictadura (EXCLAMACIONES),
porque se paró
Batista allá en
Columbia y dijo que esto
era anarquía. Y
la corrupción y
el robo y la inmoralidad
que había, fue
la causa de que incluso
cuando se dio el golpe
de Estado, mucha gente
se quedara indiferente,
un golpe de Estado que
nos costó tanta
sangre. Pero los politiqueros
y los ladrones son también
culpables de la sangre
que se ha derramado en
Cuba (APLAUSOS).
Y eso, esas cosas que
hemos estado viviendo
y sufriendo, se tienen
que terminar, porque para
eso nos hemos sacrificado,
se han sacrificado ustedes
(APLAUSOS). Ahora todo
el mundo se interesa por
la política, es
lógico, porque
aquí todo el mundo
ha sido insultado por
la tiranía. Al
que no le han dado un
golpe le han dado una
bofetada, al que no lo
han insultado le han asesinado
un hermano, un hijo, un
pariente, un amigo, y
al que no se lo han asesinado,
se ha pasado siete años
temiendo que se lo asesinen
cualquier día,
temor que ya desapareció
por completo en nuestra
Patria (APLAUSOS).
Por eso hoy todo el pueblo
está aquí,
porque el pueblo está
muy interesado en los
problemas de Cuba; y está
aquí porque sabe
que está gobernando
ahora, está aquí
porque sabe que tiene
que decir la última
palabra sobre todas las
cuestiones. Y que esta
vez si fracasa el gobierno,
es porque el pueblo quiere
que fracase (APLAUSOS
Y EXCLAMACIONES DE: “¡No!”).
Para saber lo que piensa
no hay que hacer unas
elecciones todos los días,
lo que tiene que haber
es un mitin todos los
días. Y yo me atrevo
a decirles lo que piensa
el pueblo. Lo que piensa
el de aquí es lo
mismo que piensa el de
La Habana y el de Pinar
del Río, porque
somos un solo pueblo y
todos pensamos igual y
tenemos un solo pensamiento,
unos con más entusiasmo,
otros con menos entusiasmo.
Pero los problemas de
una provincia son los
problemas de toda la isla.
Y, por lo tanto, esta
vez, el gobierno tiene
que ser el gobierno del
pueblo. Aquí el
que manda de ahora en
adelante es el pueblo,
y el pueblo tiene que
ponerle fin a toda la
sinvergüencería
(APLAUSOS). Y vamos a
empezar aquí por
los municipios: se acabaron
las “botellas”,
los privilegios, los favoritismos
(EXCLAMACIONES), se acabó
la bolita, se acabó
el juego prohibido (EXCLAMACIONES),
se acabó el sargento
que cobra cinco pesos,
el capitán que
cobra diez y el comandante
que cobra veinte pesos
por la bolita (EXCLAMACIONES).
¿Qué hay
que hacerle al rebelde
que cometiera la indignidad
de dejarse sobornar? (EXCLAMACIONES.)
Yo creo que el rebelde
merecería más
castigo que nadie; porque
si uno acostumbrado a
hacer esas cosas las hiciera,
todavía es una
inmoralidad pero se concibe
mucho mejor que en un
hombre que ha luchado
y ha cumplido un rol en
una etapa tan heroica
y tan hermosa de nuestra
historia, y que después
traicionara esos principios.
Con los rebeldes hay que
ser más duros que
con nadie para que no
se malogren (APLAUSOS).
Y ustedes tienen que ayudarnos
a nosotros a mantener
elevada la moral del rebelde
y no echar a perder al
rebelde (APLAUSOS).
De la Sierra Maestra vienen
conmigo 3 000 guajiros,
armados, veteranos de
la guerra de liberación
(EXCLAMACIONES Y APLAUSOS),
y van para La Habana,
y con ellos se va a organizar
la división blindada
del nuevo ejército
de la república,
van a tener los tanques
y los cañones.
Yo le pregunto al pueblo
de Cuba si no estarán
en buenas manos esas armas
(APLAUSOS).
A esos hombres hay que
educarlos; o sea, quiero
decir, sacarles la calidad
humana extraordinaria
que tienen, de la inteligencia
brillante que poseen,
del sentimiento puro que
alberga cada uno de ellos
en sus corazones, y aprovechar
el triunfo no para que
se envanezcan, no para
pensar que ya todo ha
terminado, sino para empezar
a mejorarse. Yo les digo
a los rebeldes que ninguno
de nosotros sabemos nada
todavía y que tenemos
mucho que aprender (APLAUSOS).
Porque si ellos hicieron
lo que hicieron sin saber
nada, ¡cuánto
no podrá esperar
la patria cuando sepan
más de lo que saben
hoy! (APLAUSOS.)
Y decía que con
los rebeldes tenemos que
ser más duros,
para que no se malogren.
Los conozco muy bien,
porque no en balde tuve
una participación
muy importante en la moral,
en el espíritu
caballeroso que se les
creó a nuestros
combatientes, porque lo
que hicimos los primeros,
fue lo que hicieron los
demás. Y como siempre
se nos vio que a un herido
no se le matara en el
suelo, porque eso era
una cobardía, como
siempre se vio que al
hombre rendido e indefenso
no se le asesinaba, como
nunca se escuchó
una palabra de ofensa,
porque no tiene mérito
ofender a un hombre cuando
está desarmado
—y los que habíamos
sufrido esas humillaciones
en una estación
de policía no podíamos
ser capaces de hacerle
eso a los demás—
(APLAUSOS Y EXCLAMACIONES),
llegó a convertirse
en un sentimiento de orgullo
y un honor, para cualquier
jefe de las fuerzas rebeldes
y para cualquier rebelde,
hacer tres prisioneros
y traerlos vivos allí,
y coger los heridos y
cuidarlos. Aquello se
convirtió en uno
de los orgullos más
grandes de nuestros combatientes
(APLAUSOS). ¡Y esa
línea no fue violada
en un solo caso durante
toda la guerra!
Yo puedo referirme —por
ejemplo— a una anécdota.
En cierta ocasión,
después de un combate
victorioso por nuestra
parte, a raíz de
la huelga del 9 de abril,
fueron hechos prisioneros
ocho soldados enemigos
heridos —heridos
y prisioneros, algunos
no estaban heridos. Un
capitán nuestro
—que hoy es Comandante.
No, él no es Comandante;
fue el Capitán
Angelito Valdés,
que murió valientemente
cuando la última
ofensiva; su hermano es
Comandante hoy, tan valiente
como él y tan combativo
como él—
ocupó las armas,
tomó prisionero
a los heridos y a algunos
soldados más, porque
él había
atacado por la retaguardia
a la patrulla enemiga
que había caído
en una emboscada nuestra.
Recoge a los prisioneros
heridos y los mete en
una camioneta —eso
era cerca de Estrada Palma—;
de repente se le aparecen
dos avionetas dándole
vueltas. Entonces él,
como llevaba a los prisioneros,
los dejó arriba
del camión, y les
dijo: “háganles
señas, háganles
señas”. Entonces
él hizo como que
iba para Estrada Palma,
andando a pie los caminos
para poderse marchar,
y para llevarse a los
heridos. Llegó
al Cerro Pelado, a cuatro
kilómetros de Estrada
Palma.
Se arrimó lo más
posible a Estrada Palma,
y la avioneta arriba.
Entonces, recogió
los fusiles, con otros
compañeros más,
y se llevó las
armas bajo el fuego de
la avioneta (APLAUSOS).
En ese momento, las avionetas
lanzaron granadas de mano
sobre la camioneta, produciéndole
la muerte a casi todos
los prisioneros aquellos,
a aquellos ocho.
Se corría entonces
el rumor —que llegó
a mis oídos—,
de que el Capitán
Núñez Verdecia
había dado muerte
a aquellos heridos prisioneros,
a aquellos prisioneros.
Aquello me produjo a mí
un sentimiento de verdadera
angustia porque habiéndose
portado valiente en el
combate, y siendo un compañero
estimado por todos nosotros,
yo no podía hacer
otra cosa que aplicarle
el más severo castigo
si hubiese violado nuestras
normas, y sobre todo el
dolor que me producía
la posibilidad de que
él tuviera la culpa.
Y empecé inmediatamente
a investigar lo que había
ocurrido, hasta que pude
comprobar la verdad totalmente
y sin la menor duda. Pero
hubo en aquel hombre unas
palabras que valían
más que todas las
demás pruebas.
Cuando yo lo llamé
y le dije: “Capitán
Verdecia, he oído
decir que lo que ocurrió
allí fue que usted,
cuando tuvo que abandonar
la camioneta, mató
a los prisioneros. El
entonces me explicó:
“mire, dos hombres
tuvimos que cargar los
ocho heridos bajo el fuego
de los aviones, íbamos
delante, me hirieron”
—porque lo habían
herido—, “¿cree
usted que en esas circunstancias
yo me podía detener
a matar a los prisioneros?
Pero, sobre todo, ¿cómo
iba a matar a los prisioneros,
si yo venía orgulloso
con mi camioneta llena
de prisioneros y de armas?”
(APLAUSOS.)
Y aquello siempre fue
una verdad: el orgullo
de los rebeldes era ser
caballeros. ¡Jamás
se golpeó un prisionero!;
algo más: ¡jamás
se golpeó a un
chivato! Y, sin embargo,
no hubo necesidad de hacer
nada de eso para ganar
la guerra.
Esto demuestra que si
en medio de una guerra
bélica, en medio
de una guerra donde nosotros
teníamos todas
las desventajas, al enemigo,
al espía, cuando
había que fusilarlo
se le fusilaba; pero jamás
se le golpeaba, ni se
le insultaba. Si no fue
necesario emplear procedimientos
malos en medio de la guerra
más adversa que
haya podido librarse —como
fue esta guerra en los
primeros tiempos—,
¿qué necesidad
puede haber en la paz
de levantar la mano? ¿Qué
necesidad puede haber
en la paz de torturar
a nadie, ni de golpear
a nadie, ni de insultar
a nadie? (APLAUSOS.)
Por eso yo sé que
en el futuro nunca más
un ciudadano será
vejado por un agente de
la fuerza pública,
que nunca más un
ciudadano será
torturado, porque las
medidas van a ser muy
drásticas con el
que haga mal uso de la
autoridad; tampoco andar
con fusiles por las calles;
ahora sí, porque
todavía quedan
unos confidentes y que
hay que mantener el orden
hasta el momento de la
consolidación de
la Revolución.
El pueblo ha tenido que
sufrir mucho la insolencia
y los atropellos de los
hombres armados. En la
calle no tiene que haber
un fusil, los fusiles
no sirven más que
para intimidar a la ciudadanía.
¿Qué es
eso de un guardia rural
con un machete, un revólver
45, un fusil, una canana,
y todos esos andamiajes,
como si estuviera en una
guerra, en plena paz?
¿Para meterle miedo
a quién? (EXCLAMACIONES.)
¿Es que acaso para
que el pueblo se comporte
decentemente y civilizadamente,
tiene que vivir bajo el
miedo, tiene que andar
un tipo con ametralladoras,
fusiles y cananas, con
la fuerza, como si se
tratara de delincuentes
o de presidiarios? (EXCLAMACIONES.)
Cuando un militar no esté
de servicio tiene que
dejar el fusil en el cuartel;
los fusiles están
en los cuarteles. Y en
los cuarteles no van a
estar solamente los fusiles
de los militares, van
a estar los fusiles del
pueblo también,
porque cuando haya que
pelear, el pueblo también
va a pelear (APLAUSOS).
Y hay que darle armas
para que se defienda,
porque el pueblo ha demostrado
que sabe pelear, y sabe
pelear mejor que cualquier
soldado del mundo (APLAUSOS).
Tenemos que acabar con
todas esas lacras y todos
esos vicios, para empezar,
porque después
tenemos que continuar;
esto no es nada más
que para empezar. Pero
por lo pronto hay que
darle una garantía
al pueblo de que, en lo
adelante, las armas estarán
a su servicio (EXCLAMACIONES);
de que, en lo adelante,
nunca más en su
vida un ciudadano sin
armas va a ser agredido
por un ciudadano con armas,
porque de ahora en adelante
todos somos ciudadanos,
nada de civiles y militares
(APLAUSOS Y EXCLAMACIONES).
Y esa es la primera base
de la Revolución.
Porque aquí, ¿qué
pasó con el machadato?
¿Que hubo una revolución?
Yo he oído a mucha
gente hablar de la revolución,
la revolución,
pero ¿qué
revolución? ¿Qué
pasó? Pues pasó
lo que quiso hacer Cantillo
aquí el otro día,
si nosotros le hubiésemos
dado oportunidad (APLAUSOS);
pasó porque el
general Herrera, uno de
sus generales, le dijo
a Machado que se fuera
y puso a un Carlos Manuel
de Céspedes allí,
un Carlos Manuel de Céspedes
que instauró un
gobierno allí,
descolorido por completo.
Y entonces, ¿qué
pasó? Aquello no
era una revolución,
duró unos cuantos
días nada más,
y el 4 de septiembre vienen
los soldados, se alzan
contra los oficiales,
y se quedan con el poder
en la mano. ¿Eso
es lo que dicen que es
revolución? (EXCLAMACIONES
DE: “¡No!”)
No. Los sargentos se alzaron,
apresaron a los oficiales
y tomaron ellos el poder.
Tenían los fusiles
en la mano, el pueblo
no tenía nada;
dejaron a algunos que
siguieran con su revólver
por la calle los primeros
días, y después
se los fueron quitando
uno a uno. ¿Y qué
hicieron? Que cuando el
gobierno revolucionario
llevaba tres meses, cuando
el gobierno revolucionario
empezaba a realizar su
tarea, se reunieron sargentos
—Pedraza, Batista
y compañía—,
y quitaron al gobierno
revolucionario. Once años
estuvimos soportando a
Batista aquí. Dieron
unas elecciones en el
año 1944; después
de la guerra mundial,
hay una corriente de opinión
internacional a favor
de la democracia y Batista
—no es que se vaya—
se repliega; deja sus
amigos en Columbia y en
la Cabaña, esperó
a que se desprestigiara
un poquito el Poder Civil,
y volvió, se instaló
en Columbia y empezó
a dar órdenes tranquilamente,
¡y se acabó!
Siete años de tiranía,
¡pero por fortuna
los últimos! (APLAUSOS)
Porque los hombres que
van a tener los fusiles
de ahora en adelante no
son amigos de nadie. Y
yo empiezo por decir que
no tendré más
amigos que aquel que cumpla
con su deber (APLAUSOS);
que jamás apañaré
abusos y sinvergüencerías.
¿Para qué
queremos nosotros la fuerza
si tenemos el pueblo?
(APLAUSOS.) Nadie debe
albergar la menor suspicacia
por el hecho de que a
los revolucionarios, que
a un revolucionario, se
le haya encargado la tarea
de organizar a los Institutos
Armados de la República
(APLAUSOS). A nosotros
la fuerza no nos interesará
nunca, y les voy a decir
por qué, y a mí
en particular entre mis
compañeros, y quiero
aclararles, porque me
interesa mucho aclarar
mi posición.
Se me ha asignado la jefatura
de los tres cuerpos de
las Fuerzas Armadas, además
del Ejército Rebelde,
que era el que yo tenía
bajo mi mando. El propósito
es hacer un nuevo ejército
de la república,
tarea que considero que
puedo realizar, por la
experiencia que he adquirido
en estos dos años
de lucha y el conocimiento
que tengo de los hombres
y el apoyo que tengo de
estos combatientes (APLAUSOS).
La fuerza no me interesa,
ni me interesan esas armas
con ningún otro
fin que servir a la república;
y no es que lo diga, lo
demuestro. Les interesa
tener el control de los
aparatos de fuerza, o
de las armas, a aquellos
que no tienen pueblos,
porque quieren entonces
alcanzar el poder por
la fuerza (APLAUSOS).
Quien tenga el pueblo
—que es el soberano
y es el que elige a los
mandatarios de la nación—,
no le interesará
jamás la fuerza.
Y los que tenemos el pueblo
—y lo sabremos mantener
porque sabremos ser leales
a él— no
necesitaremos jamás
la fuerza. Y por otras
razones no nos preocupa
la fuerza, por la sencilla
razón de que nosotros
hace dos años y
meses teníamos
delante toda la fuerza
de la dictadura y nosotros
no teníamos ninguna;
y, sin embargo, sabiendo
que teníamos la
razón, vencimos
aquella fuerza (APLAUSOS).
Por lo tanto, lo que nos
interesa, primero, es
la razón; segundo,
el pueblo; y en último
término la fuerza
para ponerla junto a la
razón y al pueblo
(APLAUSOS).
En estos instantes observamos
uniformes con distintos
brazaletes, pertenecen
a distintas organizaciones.
Quizás sea un problema
que nos preocupe a todos
y les interese a todos
conocer nuestro criterio
y nuestras ideas al respecto.
En primer lugar, todos
somos jóvenes,
hemos combatido juntos,
juntos hemos ganado la
guerra, juntos podemos
contar con el cariño
de todo el pueblo (APLAUSOS).
Yo le voy a preguntar
al pueblo si es que él
prefiere brazaletes. ¿Este
pueblo a quien pertenece
no es a la república?
(EXCLAMACIONES DE: “¡Sí!”)
¿Qué es
lo que considero a este
respecto? Si somos iguales,
¿por qué
no nos unimos todos en
una sola cosa? (APLAUSOS.)
¿Por qué
tiene que haber dos mandos,
dos capitanías,
y un ejército de
uno, de uno y de otro?
¿Qué sentido
tiene eso, si todos hemos
luchado por la misma causa,
y perseguimos el mismo
propósito? Yo particularmente
eso es lo que pienso,
y creo que toda la juventud
debe vestir un solo uniforme;
nada de brazaletes. Vamos
a organizar —por
lo menos a los hombres
armados—, vamos
a organizarlos dentro
del uniforme de la República
y de todo el pueblo (APLAUSOS).
Los civiles —o mejor
dicho— los ciudadanos
que no tienen armas que
se pongan el brazalete.
Yo no traigo ni una insignia,
ni el brazalete (APLAUSOS).
Cuando no tenga una función
pública, cuando
no tenga una función
que pertenezca a la República,
me volveré a poner
entonces si es necesario
la insignia, o la insignia
no porque no me la he
puesto, ni el brazalete
tampoco. Los ciudadanos
que no porten armas están
en absoluta libertad de
actuar, de hacer política,
de organizarse donde estimen
conveniente; los ciudadanos
que porten armas deben
vestir un solo uniforme,
que no debe pertenecer
a ninguna organización.
Y lo digo consciente de
que la organización
que yo fundara y a la
que pertenezco —o
perteneceré cuando
cesen las funciones que
hoy tengo— es mayoritaria
(APLAUSOS). Si fuera cuestión
de saber quién
tiene más, yo diría:
“que todo el mundo
tenga su brazalete”.
Pero no se trata de eso.
Aquí todos debemos
tener un deber muy sagrado
por delante, y es velar
por el destino de la república
y por el interés
de nuestra patria (APLAUSOS).
Nadie desconfíe
de nosotros, porque si
nosotros somos traidores,
ya el pueblo se encargará
de aplicarnos el castigo
que merezcamos. Para eso
lo hemos enseñado.
La lección que
le hemos enseñado
al mundo entero de que
aquí no puede haber
dictaduras, que aquí
no puede haber más
régimen que el
régimen democrático,
el imperio de la ley de
la voluntad soberana de
la nación, esa
lección que le
hemos dado al mundo entero
debemos ser los primeros
en aprenderla nosotros
(APLAUSOS).
Quien tiene fe en el pueblo
no puede temer nada, ni
dictadores, ni cosas por
el estilo, porque el pueblo
los saca de ahí,
sencillamente, y se acabó.
Lo que sí estaría
contra los intereses de
la República es
que no hubiera hecho nunca
nada por la patria, no
obedeciendo más
órdenes que las
de su propia organización.
Eso podría sembrar
la anarquía, eso
podría degenerar
en gangsterismo, y eso
fue causa de muchos males
en la época de
Machado (EXCLAMACIONES).
La gloria de los revolucionarios,
de todos los que han combatido,
pertenece al pueblo y
pertenece a la historia.
¡Los muertos que
han caído, cualquiera
que haya sido su brazalete,
pertenecen a la patria
y pertenecen a la historia,
no pertenecen a nadie!
¡Los sacrificios
que se han hecho pertenecen
a la patria y pertenecen
a la historia! (APLAUSOS.)
Y yo estoy seguro de que
ese es el sentimiento
que vibra en los combatientes
revolucionarios, en los
bravos y gallardos combatientes
que bajo un brazalete
o bajo otro, combatieron
aquí: en el Escambray,
en Cienfuegos, o en Santa
Clara, o en Oriente. Porque
aquí vinieron a
luchar dos columnas que
se mandaron de la Sierra
Maestra y ayudaron a los
combatientes que estaban
aquí en esta provincia,
y murieron y pelearon
junto con ellos. ¡Lo
que importaba era el triunfo
por encima de todo! Y
yo sé que ese es
el sentimiento que vibra
aquí.
Y si la unión sincera
aquí, en definitiva,
de todos los elementos
revolucionarios no se
produce, no será
por culpa mía.
Yo tengo nada más
que esta seguridad: que
trataré de ser
todo lo justo que humanamente
se pueda ser con los que
han luchado, y todo lo
considerado y todo lo
reconocido que humanamente
se pueda ser con los que
han luchado. Si esto no
se lograra sería
sencillamente por la ambición
de algunos y de algunas,
por la vanidad de algunos
y algunas (EXCLAMACIONES).
Y quien en esta hora gloriosa
de nuestra patria, en
esta hora grandiosa de
Cuba —la más
grande de toda su historia,
porque por primera vez
este pueblo es realmente
libre—, pusiese
su vanidad, sus cuestiones
personales, por encima
de la patria, no tendrá
nadie que lo siga. Quien
actúe mal pierde
a sus seguidores, quien
actúe mal no le
seguirá nadie,
porque ningún combatiente
de estos que han afrontado
la muerte más de
una vez va a estar dispuesto
a seguirlo (EXCLAMACIONES
Y APLAUSOS).
Eso es lo que pienso hoy,
pensaré mañana
y pensaré siempre;
la verdad que estoy dispuesto
a decir aquí y
en todas partes, discutir
aquí y donde sea
necesario discutirla,
delante del pueblo, que
es el que manda (EXCLAMACIONES
Y APLAUSOS).
Y cuando tenga una dificultad
vendré a ver al
pueblo y cuando tenga
un problema vendré
a ver al pueblo; y siempre
agotaré hasta la
saciedad los razonamientos,
los argumentos, la persuasión,
la diplomacia, ¡jamás
la fuerza porque no será
necesario nunca más
usar la fuerza en nuestra
patria! Cuando tengamos
una queja que exponer,
vendremos al pueblo y
la expondremos; si el
que manda es el pueblo,
y si el pueblo está
dispuesto a actuar, como
actuará siempre,
con honradez y con justicia,
el pueblo será
quien diga la última
palabra sobre todos nuestros
problemas (APLAUSOS).
Es necesario que en esta
provincia, donde lucharon
combatientes de muchas
organizaciones, estas
ideas se expresen con
toda claridad para que
se conozca nuestro pensamiento.
¡Nada de bendiciones!
Nosotros estaremos siempre
dispuestos a una cosa:
sacrificarnos en lo que
sea necesario, trabajar
por el pueblo. Cualquiera
pensaría que cuando
nosotros bajáramos
de la Sierra Maestra íbamos
a estar encantados, porque
se acabarían las
lomas, el hambre, y la
cosa es al revés:
yo les digo que allá
en la Sierra dormíamos
mas, comíamos más,
y descansábamos
más; y que aquí
en el llano, yo les digo
que aquí nadie
duerme, por lo menos los
que andan conmigo, pues
es un viaje muy largo
desde Oriente, en camiones,
que no vienen en pullman
ni en literas: ¡parados!,
sufriendo sed, pues por
su número excesivo
es muy difícil
adquirir alimentos, y
nadie duerme aquí.
Esta mañana, en
Sancti Spíritus,
a la una y media de la
mañana, pues todo
el mundo tirado a la calle
a las cuatro de la mañana;
el pueblo ya no tiene
ni hora, ni de día,
ni de noche (APLAUSOS).
¡Sin que nadie haya
dormido, sin que nadie
haya dormido un minuto!
Salimos de allá
por todos esos caminos,
llegamos aquí,
nos reunimos con distintos
compañeros, hablamos
con numerosos vecinos
de aquí de este
lugar, y volvimos aquí.
Y de aquí salimos,
y el domingo llegaremos
a La Habana, llegaremos
a Pinar del Río,
y ¡no duerme nadie
aquí! ¡Estamos
dedicados a trabajar!
Hemos aprovechado este
viaje, porque es un recorrido
planeado no precisamente
para dar estos actos;
teníamos el recorrido,
porque en aquellos momentos
fue que comunicamos con
el Comandante Ernesto
Guevara, que fue el héroe
de la batalla de Santa
Clara (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES),
el líder, el dirigente,
el jefe que dirigió
la operación, con
el apoyo de los demás
núcleos que había
en la provincia (APLAUSOS),
y que todos pagaron un
precio muy elevado de
sangre.
Porque se comunicó
conmigo, me decía
que se dirigía
hacia Santa Clara. Por
aquellos momentos estábamos
nosotros preparando el
ataque a Santiago de Cuba,
y yo le respondí
que antes de siete días
pensaba estar en la provincia
con una gran columna motorizada,
que pensaba transportar
un vehículo. Posteriormente,
se produjeron los acontecimientos
del día primero
de enero y se le comunicó
al compañero Guevara,
así como al compañero
Camilo Cienfuegos, la
orden de avanzar rápidamente.
El me dijo que le quedaban
unos 300 soldados cansados,
que los podía mantener
un mínimo de hombres,
y avanzar hacia La Habana.
Era urgente avanzar hacia
La Habana y atacar La
Habana, mientras nosotros
atacábamos Santiago
y otras fortalezas.
El recorrido tenía
por objeto transportar
la columna en apoyo de
los compañeros
que iban hacia la capital;
yo pensaba pasar rápidamente.
Pero en eso se cae, mejor
dicho: fue derrocada la
tiranía, porque
no se cayó: la
derrocaron (EXCLAMACIONES
Y APLAUSOS), al dictador
y a los que quisieron
sustituirlo; en un día
se cayeron dos: Batista
y Cantillo (EXCLAMACIONES).
Ese era el objetivo del
viaje. Yo no tenía
pensado hacer una marcha
triunfal, ni mucho menos;
me parece que eso estaría
un poco fuera de lugar
en este momento. Yo me
he detenido en los pueblos
porque me han detenido
en los pueblos, el pueblo
(EXCLAMACIONES Y APLAUSOS).
Y no he podido hacer otra
cosa que hablar con el
pueblo, a pesar de que
me parecía que
era necesario que estuviésemos
en La Habana cuanto antes,
y todo el mundo sabía
que necesitábamos
estar en La Habana cuanto
antes; pero ya veníamos
en este recorrido, y no
podía menos que
atender el deseo del pueblo
de hablar con nosotros
y de saludar a los combatientes
del Moncada.
Ese ha sido el origen
de estas reuniones. Pero
he querido aprovecharlas
—visto de que se
reúnen en todos
los pueblos gran cantidad
de compatriotas, y visto
que la prensa se ha interesado
mucho por divulgar nuestro
pensamiento—, para
ir aclarando una serie
de ideas fundamentales.
No obstante, el cansancio
y el exceso de trabajo
no nos permite organizar
nuestras ideas debidamente;
no nos deja siquiera un
minuto libre antes de
cada comparecencia ante
el pueblo. A través
de los distintos actos
hemos ido, sobre todo,
sembrando en nuestros
compatriotas esta idea,
porque la Revolución
ha triunfado firmemente,
porque la victoria del
pueblo ha sido total,
y que de ahora en adelante
el pueblo comprenda lo
que ha obtenido; que no
se trata de que haya triunfado
el movimiento tal o más
cual, que el pueblo comprenda
porque tiene que darse
cuenta de que ha triunfado
él (EXCLAMACIONES
Y APLAUSOS). Y, por lo
tanto, no se trata de
que me digan a mí
o a los demás compañeros
que tenemos una gran responsabilidad
sobre los hombros, sino
soy yo el que le digo
al pueblo que tiene una
gran responsabilidad sobre
los hombros, porque tiene
la responsabilidad de
gobernar la república
(APLAUSOS).
No se puede dejar confundir,
no se puede dejar engañar.
Porque vendrán
los demagogos, vendrán
los oportunistas y vendrán
los descarados a querer
confundir al pueblo. ¿Quieren
unir al pueblo? Lo que
tratarán es de
dividirlo, lo que tratarán
es de engañar.
Y si ustedes castigan
a 10, dirán que
es muy poco, que había
que castigar a 30; y si
usted castiga a los 30
dirá que es mucho,
que había que castigar
a 10, que es un crimen.
Porque siempre habrá
razones que exponerle
a la gente, de enfrentar
sus sentimientos y confundirlo,
pero el pueblo tiene que
estar muy alerta. Por
fortuna el pueblo tiene
un gran sentido crítico
y un poder de adivinar
quien es demagogo y quien
no lo es. Si yo les preguntara
aquí, de ciertos
personajes conocidos:
¿fulano de tal
qué tal es? “¡Ese
es un sinvergüenza!”
Si preguntara de otra
persona, dirían:
“ese es un hombre
decente, serio, noble,
bueno”; porque nos
conocemos todos aquí
y conocemos los sentimientos
de todos.
El pueblo tiene que estar
muy alerta, no puede creer
que en un día vayamos
a resolver todos los problemas,
que ustedes y nosotros
vayamos a resolver los
problemas de Cuba. Les
voy a decir más:
vamos a equivocarnos más
de una vez, porque nosotros
no tenemos que ser infalibles;
empieza el pueblo a gobernar
y puede equivocarse.
Cuando empezó la
guerra nosotros no sabíamos
nada de guerra, y tuvimos
los primeros reveses,
y ni Camilo Cienfuegos
ni Ernesto Guevara, ninguno
de esos compañeros
en aquella época
sabía tomar ciudades
ni mucho menos, sabía
hacer una emboscada chiquitica
a los soldados y nos teníamos
que conformar con eso
(RISAS Y APLAUSOS). Pero
fueron aprendiendo día
a día, mes tras
mes, y hoy se les puede
mandar a tomar cualquier
ciudad, porque son ya
verdaderos militares,
y hombres capaces de llevar
a cabo cualquier objetivo
militar (APLAUSOS). ¡Aprendieron!
De los ministros jóvenes
que están señalados,
yo les puedo decir una
cosa: están llenos
de las más sanas
intenciones del mundo
(APLAUSOS Y EXCLAMACIONES
DE: “¡Bravo!”).
Ahora, que se pueden equivocar,
porque nunca han sido
ministros (RISAS), y nadie
nace sabiendo ni aprende
las cosas al nacer; se
van a equivocar, se los
advierto. Pero sí
les aseguro que van a
aprender sobre la marcha,
y les aseguro que esta
generación va a
dar formidables gobernantes
como ha dado formidables
guerreros. Lo que hay
es que darles oportunidad,
poner los revolucionarios
a trabajar, todo el que
quiera. Y si algo puedo
hacer por la gente joven,
cualquiera que sea la
organización, que
me venga a ver. Porque
tenemos que hacer por
los revolucionarios lo
que sea necesario, y saber,
sobre todo, que en este
momento pertenecemos al
pueblo (APLAUSOS).
Y pueden tener la seguridad
que si en este sentido
no se ha avanzado más,
no es culpa nuestra; y
si culpas hay, que se
sepan en el futuro, cuando
llegue el momento de que
se sepan, porque a esta
hora debíamos estar
más unidos los
revolucionarios (APLAUSOS),
y que no hubiera estas
dificultades de si tomó
el Capitolio, de si tomó
Palacio. ¿Dificultades
por qué? Y en esta
hora, cuando tenemos que
estar todos muy unidos,
y vuelvo a repetir que
culpa nuestra no ha sido
ni será, porque
con José Antonio
Echeverría fui
como un hermano; con l
me uní en Miami,
allí suscribimos
el pacto y siento que
no esté vivo, porque
aquel muchacho era todo
espíritu santo,
todo amabilidad, todo
lo que se merece (APLAUSOS
Y EXCLAMACIONES DE: “¡Bravo!”).
Siento profundamente,
siento profundamente que
haya muerto, porque aquí
hacía mucha falta
en esta hora y porque
aquí estaría
abrazado conmigo el compañero
José Antonio Echeverría
(APLAUSOS).
(ALGUIEN LE DICE: “Dígame
algo de Hubert Matos;
estoy desesperado por
saber de él”).
Hubert Matos está
en estos momentos transportándose
con la Columna 9 hacia
Camagüey, donde se
le da el mando del Regimiento
aquel, ahora Regimiento
de la Revolución.
(ALGUIEN DICE: “El
y el hermano de Fidel
que no sabemos de él).
¿El hermano de
Fidel? Está en
Santiago de Cuba, en el
Cuartel Moncada (APLAUSOS).
Y como sé que hay
un desinterés extraordinario
en esta juventud, una
moral extraordinaria en
esta juventud, la juventud
revolucionaria se unirá
toda como está
unido el pueblo, que es
lo que hará grande
y feliz nuestro destino.
Tan grande es el desinterés
de la juventud en esta
hora, que les voy a decir
una cosa a ustedes: nadie
quiere ser ministro; al
revés de la política,
que todo el mundo está
aspirando, que todo el
mundo aspira, usted agarra
a un compañero
de muchos méritos
y le dice: “Oigame:
el Presidente quiere que
usted sea ministro”,
y le dice: “no,
no, yo no quiero”.
Llama a la gente para
que sea alcalde y nadie
quiere ser alcalde, y
es increíble, es
extraordinario el desinterés
de nuestra juventud, que
para que un señor
sea ministro haya que
darle una orden, haya
que obligarlo a ser ministro
(APLAUSOS).
Y creo que eso lo dice
todo: por poco no hay
ni Consejo de Ministros,
¡nadie quería
ser ministro! ¿Alcaldes?
Costaba un trabajo tremendo
para encontrarlos; nadie,
ningún combatiente
quería ser alcalde
(APLAUSOS). Sin embargo,
yo estoy seguro de que
si ustedes van allá,
a ciertos círculos,
de los que no han hecho
nada en esta Revolución,
y llama a la gente para
ser ministros, se le aparecen
doscientos (RISAS Y APLAUSOS).
Porque el que no se sacrifica,
el que no se sacrifica
ese es el que quiere recoger
los frutos.
Y esto para mí
ha sido una lección
más, porque todos
los días se aprende
algo nuevo. Y eso de ver
que nadie quiere ser nada
aquí, no como en
los mítines en
la política, que
todo el mundo quiere estar
en la tribuna para venir
a meterle cuatro mentiras
al pueblo; y tratándose
de un mitin revolucionario,
hay que obligar a la gente
a que venga a hablar,
hay que ir a hablar. ¿Se
puede concebir espíritu
más puro y más
desinteresado en nuestra
juventud, en nuestros
revolucionarios? ¿No
es como para tener fe
en ellos? ¿No es
como para creer en el
destino de nuestra patria
después de todo
lo que estamos viendo?
(APLAUSOS.) ¡Eso
es lo que hay!
Quiero, al continuar mi
ruta hacia la capital,
dejar en mis compatriotas
y en mis compañeros
de Revolución —cualquiera
que sea el brazalete—
de esta provincia, la
seguridad de que triunfaremos,
la seguridad de que los
hombres que han hecho
esta Revolución
están inspirados
en las mejores intenciones
del mundo, y que serán
leales, porque somos leales
con los que son leales
a nosotros, queremos a
los que nos quieren. Así
somos los cubanos, así
somos todos, así
somos todos nosotros (APLAUSOS).
Esa confianza y esa fe
es nuestra: la que ustedes
tienen en nosotros y la
que nosotros tenemos en
ustedes. Nosotros seguiremos
adelante, pero ustedes
quedarán aquí
con la seguridad de que
siempre tendremos el pensamiento
puesto en nuestro pueblo
y que ustedes tendrán
la confianza y el pensamiento
y la fe puesta en sus
triunfos. Hacía
tiempo que la fe había
muerto en nuestra patria.
Duro tuvimos que luchar
para despertarla en el
pueblo, porque ya nadie
creía en nada ni
en nadie. Y a nosotros
nos dejaron esa herencia.
Veníamos a trabajar,
queríamos derrotar
a la dictadura, íbamos
a buscar dinero. Y a veces
pedía uno con la
certeza de que aquel a
quien le pedía
dinero se quedaba pensando
que uno era un pillo,
que lo que quería
era lucrar con la Revolución;
porque había habido
muchos pillos.
Porque todos no somos
iguales. Y estos revolucionarios
no iban a ser como los
revolucionarios aquellos
de “pacotilla”
que tiraron cuatro tiros
cuando Machado y se pasaron
veinte años diciendo
que eran revolucionarios,
y que les dieran “botellas”
y que les dieran puestos
(APLAUSOS).
Estos revolucionarios
de hoy sí que no
quieren ni que les paguen
nada, porque los dos años
que han estado peleando,
los seis meses, el año
o el año y medio,
eso no se lo va a cobrar
nadie a la república;
nosotros no vamos a cobrar
sueldos, ni pensiones,
ni cosa que se les parezca
(APLAUSOS).
Aquí no importa
que no haya dinero, o
que los prófugos
de la dictadura se lo
hayan llevado casi todo.
Lo que sí hace
falta es trabajo, y nosotros
estamos dispuestos a trabajar
lo que sea necesario sin
cobrar nada, como hemos
estado peleando hasta
ahora (APLAUSOS).
Esta juventud no defraudará
a la patria esta vez;
estos revolucionarios,
porque lo son de verdad,
porque han tenido que
luchar muy duramente,
no andarán diciendo:
“yo soy revolucionario”,
sino: “ya el pueblo
lo sabrá”.
Y el que se aparezca haciendo
alarde de lo que hizo,
posiblemente ese no hizo
nada, porque el que hizo
algo, no hace alarde (EXCLAMACIONES
Y APLAUSOS). Ni pensará
caer en los ministerios
como una plaga a pedir
“botella”,
ni a andar con una pistola
al cinto exigiendo cosas.
Y los estudiantes, que
tanto han contribuido
a la Revolución,
no llevarán su
fusil allí a la
universidad para ponerlo
en el pupitre, al lado
del profesor para pedirle
que le den buena nota;
dejarán el fusil
en el cuartel o en su
casa —en su casa
no, en el cuartel que
es donde tienen que estar
las armas de los revolucionarios—,
irán a estudiar
allí, ¡a
estudiar de verdad! (APLAUSOS.)
Nadie irá a pedir
la nota a título
de que fue un héroe,
porque tiene que ser allí
también héroe
no solo en el campo de
batalla sino también
allí, estudiando
y actuando en concordancia.
Mientras más grande
sea su mérito como
combatiente, más
obligado está con
el pueblo, y más
obligado está con
su conducta.
Y no aparecerá
aquello que apareció
cuando Machado, que salieron
los pseudorrevolucionarios
a pedir que les regalaran
las notas y les regalaron
los títulos, porque
esos les hacen daño
a la patria. Cursos breves,
facilidades para que los
que perdieron uno o dos
años los recuperen,
¡sí, eso
es justo! (APLAUSOS.)
En seis meses se puede
estudiar lo que se aprende
en un año, y la
mejor prueba es que casi
todos los estudiantes
estudiaban en dos meses
lo que tenían que
estudiar en un año
y sacaban buena nota (APLAUSOS).
Pero a estudiar para capacitarse,
porque lo que la república
necesita no son sacadores
de notas, falsos graduados,
sino verdaderos graduados
y hombres capacitados,
porque esta es la hora
en que se podrá
poner al servicio del
país toda la capacidad
de nuestro pueblo (APLAUSOS).
Y los estudiantes tendrán
derecho a pedir no que
les regalen materia de
examen, sino que les busquen
buenos textos y buenos
profesores (APLAUSOS).
No habrá más
huelgas porque les quiten
un capítulo más
o menos, porque esas huelgas
lo que dan es vergüenza,
y no creo que ningún
revolucionario esté
de acuerdo con eso. Que
si hay una huelga es porque
el profesor no viene a
clases y les está
haciendo perder el tiempo,
que si hay una huelga
es porque los libros de
textos no sirven, que
si hay una huelga es por
reclamar mejores programas
y mejores sistemas de
enseñanza.
La reforma del sistema
de enseñanza en
Cuba es muy necesaria.
Tenemos a toda la juventud
estudiando bachillerato,
y cuando terminan no se
pueden ganar la vida en
ninguna parte porque no
tienen un título
(APLAUSOS).
Yo he dicho muchas veces
que el bachillerato es
un kindergarten para mayores
a donde los padres mandan
a los muchachos porque
no quieren que anden por
la calle haciendo otra
cosa, pero que no se aprende
nada allí; allí
la cosa es elemental,
pero nada útil
y nada práctica.
Lo que le hace es perder
criminalmente a la juventud
cinco años.
Yo considero que hay que
reformar completamente
los sistemas de enseñanza.
Lo que hay que hacer es
una comisión de
los cinco o seis mejores
pedagogos de Cuba y hacer
un estudio cabal de nuestro
sistema de enseñanza
(APLAUSOS), y adoptar
planes de estudios ajustados
a las necesidades de nuestra
patria y a las necesidades
industriales de un estado
moderno, en el siglo XX,
y no un método
de enseñanza anacrónico
por completo. Eso es lo
que deben demandar los
estudiantes.
Y ahí tienen un
ministro joven, que está
precisamente para escuchar
todo esto. Los estudiantes
pueden obtener cuantas
reformas útiles
sean necesarias hacer
en nuestro país,
con el auxilio de los
hombres más capacitados
en la materia. Y creo
que esa debe ser una de
las tareas inmediatas
de los revolucionarios,
porque el revolucionario
debe cumplir con su deber
dondequiera que se encuentre:
si es estudiante en la
universidad, si es obrero
en el taller, si es campesino
en el campo, si es profesional
frente a su profesión,
¡porque es la hora
de que todos cumplamos
con el deber! (APLAUSOS),
sobre todo porque nuestro
país, nuestro pueblo,
necesita superarse.
Aquí hay que lanzar
un programa de alfabetización.
Aquí no debe estar
nadie, ningún maestro
tranquilo mientras haya
un ciudadano que no sepa
leer ni escribir, porque
es una vergüenza
(APLAUSOS). No puede ser
un ciudadano consciente
de todos sus derechos,
un ciudadano plenamente
útil a su patria
aquel que no sepa leer
ni escribir. Hay que acabar
con el analfabetismo de
raíz para que todo
el mundo sepa y conozca
sus derechos; y sobre
todo, porque el que no
sabe leer ni escribir,
¿quién es?
El hombre pobre, el hombre
humilde, el hombre que
más necesita de
la Revolución (APLAUSOS).
Porque los poderosos,
los que tienen grandes
recursos económicos,
esos sí saben,
van a las escuelas de
aquí, a las escuelas
de fuera de aquí,
y el infeliz hijo del
obrero y del campesino
no sabe y es víctima
entonces de la explotación
y del engaño (APLAUSOS).
Ahora es cuando la Revolución
tiene que empezar, ahora;
se acabó la guerra
y empieza la tarea conflictiva;
ahora es cuando tenemos
que lanzar nuestras columnas
revolucionarias hacia
la toma de todas aquellas
posiciones que la Revolución
debe trazarse como meta,
hacia todos los objetivos
en el campo de los obreros,
en el campo de los campesinos,
en el campo de los trabajadores
y en todos los sectores
de nuestro país
donde hay muchas injusticias
por reparar (APLAUSOS).
Porque lo que en esta
hora no se consiga para
nuestro pueblo, no se
conseguirá jamás;
porque lo que en esta
hora revolucionaria no
se obtenga, cuando todo
es pureza, cuando todo
es desinterés,
no se obtendrá
mañana, en que
los intereses, las ambiciones
y las vanidades comenzarán
a asomarse por todas partes.
En esta hora pura de la
Revolución es cuando
la Revolución debe
dar su más extenso
paso, es cuando la Revolución
debe lograr sus mayores
avances. No quiero decir
en un día, lo repito;
no quiero decir que ahora
mismo, que mañana,
que antes de 24 horas,
estén resueltos
todos los problemas, pero
que en esta etapa del
Gobierno Provisional es
el instante en que la
Revolución debe
alcanzar sus mayores objetivos,
porque ahora —ahora
en este momento—,
es el momento más
propicio para demandar
y obtener las principales
conquistas que ha estado
reclamando nuestra patria.
Y esto se hará
automáticamente.
El juego al prohibido
esta automáticamente
abolido, la “botella”
está automáticamente
abolida; todo eso (APLAUSOS).
Las libertades ya están
restablecidas, se acabó
el terror, se acabó
el miedo, hay libertad
de prensa, hay derecho
de reunión, derecho
a todo, a todo en materia
de libertades (APLAUSOS).
Pero ese no es más
que el primer paso, vendrán
cosas más complicadas.
Ahora tenemos los problemas
de la zafra, los problemas
de los salarios, los problemas
de conseguir trabajo para
todo el que esté
desempleado (APLAUSOS),
la asistencia a las víctimas
de la guerra, la construcción
de viviendas a los campesinos,
a los obreros (APLAUSOS),
empezando por las que
quemaron los esbirros
de la tiranía,
que las quemaron por centenares
en los campos de batalla.
Ahora comenzarán
esas etapas, cada una
de ellas más compleja
que la anterior.
Una serie de cosas se
han obtenido radicalmente
apenas se derrocó
la tiranía; las
otras debemos obtenerlas
laboriosamente.
Como muchas veces nos
volveremos a reunir, porque
no será esta la
única vez en que
espero tener el honor
de que me reciban los
villaclareños (APLAUSOS),
vendré aquí
como a todos los lugares
de la isla cuantas veces
pueda y estén dispuestos
ustedes a escucharme o
hablarme (APLAUSOS). Yo
no andaré con escoltas,
ni con cordones a mi alrededor
ni mucho menos, yo vendré
aquí pase lo que
pase cuantas veces sea
necesario y me reuniré
con el pueblo porque para
eso estoy aquí
(APLAUSOS). Y no me importarán
absolutamente nada los
riesgos personales, porque
si yo por cuidarme no
puedo hablar con el pueblo,
¿para qué
entonces me metí
a ser revolucionario?
(APLAUSOS.) Y sobre todo
porque tengo la convicción
de que aquí nadie
es imprescindible, y que
la Revolución tiene
suficientes valores, que
ya pueden los enemigos
de la Revolución
matar a cuantos líderes
revolucionarios quieran,
que ya aparecerán
cincuenta más (APLAUSOS).
Y, por lo tanto, aquí
lo que hay que hacer es
trabajar y cumplir con
el deber mientras tengamos
energías, mientras
tengamos aliento y mientras
tengamos vida. Y yo estaré
en perenne contacto con
el pueblo, y digo y repito
que quien manda es el
pueblo, y digo y repito
que el Gobierno Revolucionario
y nosotros no recibiremos
órdenes nada más
que del pueblo (APLAUSOS).
Y que esta vez, compatriotas,
los sacrificios no han
sido en vano, que nos
cabe a esta generación
la honra de hacer útil
la sangre derramada no
solo por los hombres de
esta era, sino la sangre
derramada por las generaciones
anteriores y que, sin
embargo, nunca vieron
convertidos en realidad
sus sueños (APLAUSOS).
¡Nuestra generación
y nuestro pueblo harán
realidad los ideales de
todas las generaciones
anteriores, los ideales
de nuestros mambises,
cuyos sacrificios hasta
hoy habían sido
en balde, porque la patria
que teníamos estaba
muy lejos de ser la patria
que ellos soñaron!
(APLAUSOS.)
El tirano ha huido cobardemente,
y con la tiranía
será arrasado no
solo el terror, no solo
el crimen, sino que serán
erradicados de nuestra
patria las causas que
los originaron, las inmoralidades
y las lacras que hicieron
posible la permanencia
durante siete años
de un régimen tan
criminal y oprobioso.
¡Hay que trabajar
para hoy y para mañana,
para esta generación
y para las generaciones
venideras! ¡Hay
que sentar sobre bases
firmes el futuro grandioso
de la patria!
Y nunca, en ninguna ocasión
anterior, pudo sentirse
un pueblo con más
legítimo derecho
a tener la fe y la esperanza
que tiene hoy, porque
lo digo con orgullo —y
es lo que dicen todos
estos periodistas que
vienen de fuera, es lo
que dicen cuantos hombres
de América nos
visitan—, ¡el
pueblo de Cuba, con su
gesto heroico, le ha dado
un ejemplo al mundo entero!
(OVACION.) |