Cuidador de la infancia

Marlene Caboverde
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En la vida y a la vera del camino aparecen las sillas que tientan al pesimista, al de naturaleza endeble, o aquel con vocación de simple espectador, pero en ninguno de esos asientos, le aseguro, está escrito el nombre del médico de #Jaruco, Roberto Valdés García.

Alguna vez soñó con hacerse geólogo, explorar las entrañas de la Tierra, descubrir el idioma de las rocas, aventurarse en las cuevas, sin embargo, abrazó la Medicina.
El hombre de 64 años de edad evoca aquel momento luego de casi cuatro décadas de servicio para redescubrir que su decisión, no sólo complacía a un padre barbero y visionario, sino que también obedecía a cierto llamado inexplicable de su propio corazón.
Cuando vistió el uniforme de estudiante y llegó a la Facultad del Hospital Salvador Allende, en La Habana, se percató de la fragilidad del ser humano y lo estremeció lo débil del cuerpo cuando se aproxima al final del viaje.
Entonces, dudó de su propia fortaleza para encarar la sanidad y el tropel de sentimientos y responsabilidades que están indisolublemente, ligados a la profesión elegida por él.
En medio de aquellos temores apareció el consejo de un amigo que le sirve hasta hoy: “¡Espera!”
Sus incertidumbres terminaron cuando llegó a una sala de Pediatría, y como si fuese amor a primera vista, quedó encantado con la belleza de la vida cuando empieza a florecer.
“Ese dia encontré mi camino”, confiesa. Desde entonces, nada le ha complacido más, que curar, aliviar y salvar a la infancia.
El largo bregar por la Medicina pediátrica pefiló su instinto y consolidó sus saberes, (también es Máster en Atención Integral al niño), al punto de convertirse en un referente para sus colegas y los jóvenes que se incian en ese trabajo.
A eĺlos se debe como profesor asistente de la especialidad, y sobre todo a los de sexto año de la carrera que están a punto de graduarse, subraya.
Esa es una de las razones que lo ata, incluso en tiempos de coronavirus, a su Hospital Docente General Leopoldito Martínez, de San José de las Lajas, en #Mayabeque.
“Permanezco donde soy más útil, y protegido con nasobucos de todos los colores que me han regalado”, expresa sin reparos, porque se sabe imprescindible y encima, bendecido con el cariño y el respeto de los demás.
Y es que el Doctor Robertico, como suelen llamarle, también cumple una misión administrativa al frente de la Sala de Gastroentorologia, su segunda casa hace 25 años.
A veces faltan medios o equipos para asistir a los pacientes, y argumenta que es allí, en las instituciones de la Salud Pública, donde asoma la cara más fea de ese bloqueo demasiado largo y cruel que padece #Cuba, pero que contrario a toda lógica, fortalece la astucia de la comunidad sanitaria, orgullosa de tenerlo en sus filas.
Cuando se trata de resguardar del dolor y la desesperanza, no hay cobija mejor que sus manos, y si es menester el consejo, nada se iguala a su palabra dulce, oportuna, sabia.
Este médico, tan conocido y reconocido en la provincia, es también el ángel protector de los niños y niñas de la Ciudad Condal y de su anciana madre, a la que mima y atiende, cual princesa y dueña de su reino.
Su casa y él están siempre de brazos abiertos para ofrecerse al enfermo, el triste y el necesitado, pero también para la familia, en especial su hermana, otra gran doctora, que asumo, lo complementa.
Esa humanidad que lo distingue se definió en los años de trabajo en Ghana y Belice, países donde fueron menos los niños que murieron después que él y otros galenos repartieron a su gente el milagro de la Medicina cubana.
En su pecho se ve una larga cicatriz, huella de la antigua cirugía a corazón abierto, y que imagino, sirvió para bordar su ternura y apuntalar su bondad.
Habla bajo el Doctor Robertico, pero tras esa parsimonia y delicadeza pervive un espíritu férreo que no cree en medias tintas y sí, en el trabajo serio, en el paciente como deber impostergable y en el ejemplo, como la mejor lección de cada día.
Este hombre que jamás se despoja de sus títulos y parece, por sus elegantes maneras, incluso cuando lleva chort y camiseta, un caballero de novelas, detesta mirar al futuro, se pone de espaldas a los relojes, está negado a envejecer.
Ese tiempo por venir significa decir adiós, un día, a su consulta, a su hospital, a ese mundo maravilloso de olores, sonidos y personas que le han esperado y necesitado en todos estos años.
“Yo digo que voy a trabajar, y en San José de las Lajas, aunque sea un viejito y tengan que darme el asiento de impedido en la guagua”.
Mientras escuchaba tan convincente augurio advertí, allá en el fondo de sus ojos, el aleteo de la nostalgia, pero enseguida, él la consoló con su sonrisa.

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