Sobrevivientes

Martha Páez Miranda seguramente olvidó mi nombre, pero tengo la certeza de que recuerda nuestro encuentro en La Habana, hace más de una década, cuando me contó cómo su hijta sobrevivió a la epidemia de dengue hemorrágico del verano de 1981, o más bien, cómo ambas tuvieron la suerte de sobrevivir, según ella misma subrayó.

“La niña no tenía todavía el año cumplido cuando comenzó con fiebre alta y vómitos.”

Así comenzó la mujer el relato de la etapa más aciaga de su vida.

Fue un día del mes de julio cuando ingresaron a su bebé en el Hospital Pediátrico Pedro Borrás Astorga, en la capital del país.

“Te la vamos a reportar de crítica, pero no te preocupes que a la niña no le va a pasar nada.” Así intentó tranquilizarla una doctora, cuyo nombre y rostro están tatuados en su memoria. “Se llamaba Lazarita”, me dijo.

Martha se arrancó los recuerdos de aquellos días y pude ver que tres décadas después, lloraban todavía.

Los gritos de las madres que perdían a sus hijos en aquel mismo hospital, aún resuenan como ecos en la cabeza de Martha, quien era entonces una joven inocente de 22 años de edad.

Ella ignoraba que a la misma vez y en diferentes lugares del territorio nacional los hospitales estaban abarrotados con más de 80 mil pacientes que presentaban cuadros similares a los de su hija e incluso, con una evolución más crítica.

Manifestaciones hemorrágicas en la piel y l aparato digestivo, shock y disminución de las plaquetas aplastaban una tras otra, decenas de vidas.
Se trataba de un virus de dengue jamás detectado en Cuba ni en la región de América Latina y el Caribe.

Martha tampoco sabía que se era una enfermedad provocada por la acción de agentes terroristas entre ellos, Eduardo Arocena de origen cubano, quien confesaría pocos años después ante el Tribunal Federal de la Ciudad de Nueva York:

“La misión del grupo encabezado por mí era obtener ciertos gérmenes e introducirlos en Cuba (…)”

Lo que sí conoció todo el mundo, porque las historias traspasaron los muros de los hospitales y de las escuelas que se habilitaron como unidades sanitarias para atender a los 334 203 enfermos de dengue hemorrágico, fue la historia del amor de la comunidad médica y científica que cumplió esta orden de Fidel: “No se puede morir ni un niño más en Cuba.”

Aytmara Fernández Páez, la hija de Martha fue una de las tantas vidas salvadas del dengue hemorrágico.

Cuando corremos la cortina y vemos detrás del tiempo se leen los nombres de 101 niños y niñas cubanos que no corrieron la misma suerte: Eliécer, Cintia, Yamilé, Mailín, Carlos, Saini…..

Sin embrago, todos recibieron justicia cuando la verdad fue expuesta en 1983 por el científico Gustavo Kourí, en el Congreso de Medicina Tropical celebrado en Calgary, Canadá, donde denunció con sólidos argumentos, que el virus que provocó la muerte de 158 ciudadanos cubanos en 1981 fue introducido intencionalmente en la isla.

Hoy Aytmara es abogada y tiene un hijo. Martha, su mamá, es muy feliz y jamás se cansa de dar las gracias.

Todavía esta mujer guarda la batica que usó su niña en el verano de 1981 cuando salió del Pedro Borrás, viva y sana.

Esa prenda, imagino, es su propio memorial a los sanitarios de Cuba, a su valor, a su bondad.

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