Testimonios

Gracias, María Eugenia

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Marlene Caboverde
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La noticia me atravesó: la maestra María Eugenia Herrera Guzmán se nos fue. Con su partida perdí a alguien que coincidió conmigo en un punto del camino y no por casualidad. Si apareció y anduvimos juntas cinco años fue para que yo revaluara los significados de perseverancia, fortaleza y sacrificio.


Hacía más de tres años que no sabía de María Eugenia. Recuerdo las dos últimas veces que la vi. Primero nos encontramos en el hospital, cuando ella esperaba para entrar a la consulta de Oncología. Mi hermana estaba concluyendo sus sesiones de quimioterapia y ella, creo, iba a empezar con ese mismo tratamiento. Tiempo después, volvimos a vernos en Jaruco cuando estaba visiblemente recuperada. En ambas ocasiones nos saludamos con el mismo cariño de siempre. Me maravilló su manera de apagar los volcanes y borrar los cráteres de su enfermedad. Pensé en el milagro de las buenas energías, en su optimismo y en sus esperanzas, brillantes todavía. Estaba convencida de que esa mujer había derrotado el mal con sus tremendas ganas de hacer y de vivir.
A María Eugenia la conocí en la universidad. Hicimos juntas la Licenciatura en Educación, en la especialidad de Educación Primaria. Íbamos hasta la filial Pedagógica de Güines, los sábados alternos, después de dar clases en nuestras respectivas escuelas de lunes a viernes. En aquellas jornadas llegábamos molidas del cansancio pero contentas de vernos y ponernos al día. Para ella era bien difícil salir de La Granja, el pueblecito casi pegado a Madruga, donde vivía. Sin embargo, no se rindió. Era muy difícil que faltara a clases. Solía sentarse detrás de mí en el aula. Siempre iba con su niña, pues no tenía con quién dejarla para poder estudiar. Aquello me conmovía grandemente, sobre todo porque la muchachita se portaba como una estudiante más.
Yo valoraba el tremendo esfuerzo que hacía María Eugenia para salir adelante como madre soltera y para superarse como pedagoga. Tal vez le dije en algún momento lo mucho que la admiraba por su paciencia y su empeño. Quizás no lo hice con las palabras exactas que tanto merecía y, de verdad, hoy lo lamento.
Recuerdo que conversábamos en los cambios de turnos y en las horas de receso y almuerzo sobre las cosas de su vida, algunas felices y otras no tanto. No había nacido en cuna de oro y sabía que si quería algo tenía que batallar mucho y hacerlo prácticamente sola para conseguirlo. Jamás la vi avergonzarse de su humildad ni por admitir que necesitaba ayuda para completar algún seminario o entender mejor un tema o un ejercicio.
Así transcurrieron aquellos cinco años y por eso, ella llegó a la meta cuando casi la mitad del aula se había quedado en el camino. Nos graduamos junto a otras maestras y disfrutamos aquella victoria que nos mantuvo unidas para siempre, como un equipo o, más bien, como una familia. Porque en aquel tiempo ella, Ana Vivian, María y yo fuimos eso: una familia.
No conozco detalladamente la trayectoria de María Eugenia, pues nos desempeñamos en municipios diferentes. Ni siquiera soy capaz de enumerar los reconocimientos que pudo haber recibido en sus más de dos décadas de servicio en el magisterio. De lo que sí puedo dar absoluta fe es de su coraje, su fuerza y su voluntad. Esos fueron los mejores atributos de una mujer que se hizo maestra, de una madre que se hizo licenciada, de una compañera que se convirtió en amiga.

Por todo ello, gracias infinitas, María Eugenia.

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