Historias de mi pueblo

La fábula de Tata Lirio

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Francisco Martínez Chao
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No exagero si le digo que en la Ciudad Condal de Jaruco un pintoresco personaje, nombrado Tata Lirio, hablaba con su yegua Zigzag de huesos, la chiva Providencia y el perro Hatuey.
Vivió y coloreó a este pueblo durante el pasado siglo.

En su soliloquio con lo real y maravilloso de la mente humana, decía que los animales le entendían, y que a veces la jaca desvencijada le replicaba bajito cuando él inventa aquellas mentiras de su época señorial.

Esa escena a veces sucedía frente al café Los Aliados o ante la soda de Castillo, donde los clientes que allí degustaban un refrigerio, quedaban absortos al ver a Tata Lirio dialogar con sus animales.

Dicen que Salustiano el carbonero, otro personaje popular de aquella época, reía a mandíbula batiente al ver como la chiva Providencia movía la cabeza, en desacuerdo con un reclamo de Tata Lirio.

El Tata Lirio era un señor de mediana estatura, flaco, con un blanco cenizo en la piel que denotaba la falta de higiene, pero muy trabajador y encerrado en su mundo interior.

Y hasta chocolate caliente le daba a sus animales en invierno.

Decía Tata Lirio que su familia era la yegua Zigzag de huesos, como la bautizó la gente, la chiva Providencia y el perro Hatuey, a quienes cuidaba con esmero y hasta alimentaba con chocolate caliente.

En un inexplicable arrebato de locura dio muerte a los animales que más quería.

Aquella matanza impactó en la vecindad jaruqueña, acostumbrada a disfrutar de la presencia de Tata Lirio y sus charlas a sotoboche con la yegua Zigzag de huesos, la chiva Providencia y el perro Hatuey.

Y hasta con el carretón.

Fue recluido en una institución para enfermos mentales, donde murió culpándose siempre de haber dado muerte a sus seres más queridos.

Los viejos jaruqueños que le conocieron, no supieron decirme el nombre de este infeliz y pintoresco personaje.
Simplemente por los siglos de los siglos será Tata Lirio.

 

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