La luz de la alfabetización en la vida de Manuel Ascunce y Pedro Lantigua
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En un rincón olvidado de la Cuba rural, donde el sol se asoma tímidamente entre las montañas y el canto de los pájaros acompaña el despertar de la vida, se desarrolla una historia de esperanza y transformación. Manuel Ascunce, un joven alfabetizador, y Pedro Lantigua, un campesino de la zona, se convierten en los protagonistas de un relato que trasciende las barreras de la ignorancia y la desigualdad.
Manuel, con apenas 18 años, llegó a la comunidad de La Palma en el contexto de la Revolución Cubana, un movimiento que prometía cambiar el destino de millones. Con su mochila al hombro y una sonrisa contagiosa, se adentró en las casas de tablas de palma y techos de guano, decidido a llevar la luz del conocimiento a quienes habían sido relegados a la sombra del analfabetismo. Su pasión por la enseñanza era palpable; cada palabra que pronunciaba resonaba con la fuerza de un ideal que iba más allá de las letras.
Pedro Lantigua, un campesino de 45 años, había vivido toda su vida en la ignorancia. A pesar de su arduo trabajo en el campo, la falta de educación había limitado sus oportunidades y su voz en la sociedad. Cuando Manuel llegó a su hogar, Pedro se mostró escéptico. ¿Qué podía enseñarle un joven que apenas había vivido? Sin embargo, la curiosidad y el deseo de mejorar su vida lo llevaron a aceptar la invitación de Manuel a participar en las clases.
Las sesiones de alfabetización se llevaban a cabo en la pequeña sala de estar de la casa de Pedro, donde la luz del sol se filtraba a través de las ventanas, iluminando las hojas de papel que contenían las letras del abecedario. Manuel, con paciencia y dedicación, enseñaba a Pedro a leer y escribir. Las primeras letras eran un desafío, pero poco a poco, el campesino comenzó a formar palabras, y las palabras, oraciones.
El proceso no fue fácil. Pedro enfrentó sus propios miedos y dudas, pero la perseverancia de Manuel lo inspiró. Cada avance, por pequeño que fuera, se celebraba como un triunfo. La relación entre el joven alfabetizador y el campesino se transformó en una amistad profunda, cimentada en el respeto y el deseo de superación.
Con el tiempo, Pedro aprendió a leer y escribir y comenzó a comprender el mundo que lo rodeaba. Las noticias del país, las historias de sus antepasados y las posibilidades de un futuro mejor se convirtieron en parte de su vida diaria. Manuel, por su parte, encontró en Pedro un ejemplo de resiliencia y fuerza, un recordatorio de por qué había elegido ser alfabetizador.
La historia de Manuel Ascunce y Pedro Lantigua es un testimonio del poder de la educación y la capacidad de transformación que esta puede tener en la vida de las personas. En un país que luchaba por redefinir su identidad, estos dos hombres, de diferentes generaciones y orígenes, se unieron en una cruzada por el conocimiento, demostrando que la alfabetización abre puertas e ilumina caminos hacia un futuro más justo y equitativo.
Hoy, en la memoria colectiva de los cubanos, Manuel y Pedro son recordados como símbolos de la lucha por la educación y la dignidad humana. Su historia perdura y es un faro de esperanza en un mundo que aún necesita más alfabetizadores y más campesinos dispuestos a aprender.
