Entre lápidas y memoria: la vida de Ernesto Santana
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La historia del sepulturero jaruqueño Ernesto Santana es un espejo de cómo la juventud también se abre paso en oficios que suelen estar rodeados de silencio, respeto y cierta incomodidad social.
Con apenas 20 años asumió un trabajo que no heredó de su familia, y hoy, a sus 35 primaveras, se ha convertido en guardián de la memoria y protagonista de anécdotas que entrelazan tradición, cultura y vida cotidiana.
Su labor no se limita a limpiar y organizar los cementerios: los cuida como espacios que son también patrimonio cultural, lugares donde la historia se conserva bajo las lápidas.
Más allá de lo rutinario, Ernesto carga con el simbolismo de trabajar frente a la muerte. Sin embargo, lo hace con serenidad, consciente de que su oficio es indispensable. Se empeña en transformar la despedida en un acto digno, y el camposanto en un sitio donde la vida y la memoria se abrazan.
Durante más de una década, en los cementerios de Casiguas, San Antonio de Río Blanco y Jaruco, ha acumulado historias que lo han hecho reflexionar, conmoverse profundamente y, en ocasiones, hasta reír.
Aunque procura no involucrarse demasiado, hay momentos que lo tocan. Un día, por ejemplo, debió convertirse en «castrador de abejas», retirando un panel de una gaveta sin dañar a los insectos.
Otras veces, observa a familiares exhaustos tras una noche de vela, ansiosos por dar sepultura a su ser querido. En esos instantes, más que juzgar, piensa en lo efímera que es la vida y en la importancia de la huella que dejamos en ella.
El joven sepulturero jaruqueño Ernesto Santana es, en esencia, un narrador vivo de las historias que reposan bajo las lápidas. Con su esfuerzo mantiene la tradición y, al mismo tiempo, aporta una mirada fresca a un oficio que, aunque silencioso, sostiene la memoria colectiva de un pueblo.
Y así, entre flores marchitas y nombres grabados en piedra, Ernesto nos recuerda que la muerte no borra la vida: la transforma en memoria, y la memoria, en eternidad.
