Entre colas, tarjetas y frustraciones
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La cola es como el termómetro de la sociedad. Y aunque todavía no tenemos la costumbre de respetarla ni de organizarnos bien, somos unos expertos en sobrevivir dentro de ella. Hace unos días, en una de esas filas, el tema no era ni las sanciones de Trump ni el transporte, que daría para una serie completa, pero vuelvo al punto.
La conversación giraba en torno a la bancarización. Y tú, que me lees, seguro piensas: “otra vez”. Pues sí, nuevamente sobre la mesa ese asunto tan repetido, que más que resolver problemas, se ha convertido en uno nuevo para algunos cubanos.
Una señora sorprendida expresó: “¿Aceptan pago electrónico?”. Su reacción era lógica: llevaba toda la mañana intentando comprar arroz y apenas consiguió una libra, que le despacharon casi por compasión. Cuando pensó que lo había logrado, su teléfono no escaneaba y tampoco había tarjeta para copiar el número. Desanimada y frustrada, no le quedó otra opción que rendirse y regresar a casa sin lo necesario.
En medio de ese caos, apareció otra persona diciendo que Trasval había entrado, que había que amanecer en el banco al día siguiente. Otra persona de la cola aclaró que ese efectivo estaba destinado a los jubilados y que los demás tenían que esperar al menos cuatro días. Como buenos cubanos, cada cual dio su opinión, con argumentos o sin ellos, y aquello se volvió un mar de criterios y malestar.
¿La raíz del problema? Que últimamente el sector privado ha limitado los pagos por transferencia porque luego no tiene liquidez para reabastecerse. Entonces la gente se queda con el dinero en la tarjeta, pero sin efectivo y no puede cubrir sus necesidades básicas.
Así seguimos acumulando incomodidades y malentendidos porque, hoy por hoy, muy pocos perciben los beneficios de la bancarización; las trabas opacan lo positivo, porque se ha convertido en un obstáculo para la vida diaria.
Hace falta buscar alternativas, porque tanto el pueblo como los dueños de negocios y el banco defienden sus puntos de vista y todos son válidos. Las familias necesitan comprar comida, los comerciantes tener capital para seguir ofreciendo servicios y los bancos depósitos para ponerlos a circular. Pero si no se encuentra una solución que funcione para todos, ¿qué pasará? ¿Cuántos se quedaron hoy sin arroz?
No es momento de lanzar críticas, lo entiendo, pero sí de alertar oportunamente a decisores acerca de una situación preocupante. Reflexionemos, dialoguemos y busquemos salidas sostenibles, ajustadas a la realidad, que hagan más llevadera la cotidianidad marcada por la escasez y las dificultades.
