El Gabo también apostó por Cuba y contra el terrorismo

La salud del escritor colombiano Gabriel García Márquez es delicada. Así lo confirmó recientemente su familia que quiere prescindir del asedio de la prensa para ofrecer en paz los cuidados necesarios al autor de Cien años de soledad, quien se recupera luego de una infección pulmonar.

 

El Gabo, como también se le conoce, destacó no solo en las letras, sino también por su sentido de humanismo y justicia. Como amigo entrañable de Cuba y de Fidel, fue uno de los intelectuales del mundo que no solo se manifestó contra el terrorismo organizado y financiado en Estados Unidos contra Cuba, sino que obró en ese sentido.

 

Así queda evidenciado en el libro, Los últimos soldados de la guerra fría, relacionado con los cinco antiterroristas cubanos, del escritor brasileño Fernando Morais, que dedica un capítulo a esa arista del Premio Nobel de Literatura.

 

En abril de mil 998 García Márquez visitó Cuba interesado en escribir un artículo sobre la visita a la Isla del Papa Juan pablo Segundo. Meses antes, agentes del FBI, luego de una reunión en La Habana, se llevaron documentación bien explicita acerca de los atentados terroristas que se sucedían en el país desde inicios de los noventa.

 

No obstante, el interés del líder de la Revolución Fidel Castro, era hacer llegar esa información por intermedio de una vía más confiable al entonces presidente de los Estados Unidos, Bill Clinton.

El Gabo aceptó gustoso llevar la encomienda, pues en los días siguientes impartiría un taller en Universidad de Princenton, en New Jersey.


En el sobre lacrado entregado al escritor colombiano, Fidel decía a su homólogo norteamericano:

"Un asunto importante. Continúan actividades terroristas contra Cuba pagadas por la Fundación Nacional Cubano Americana utilizando mercenarios centroamericanos. Fueron realizados dos nuevos intentos de explotar bombas en nuestros centros turísticos después de la visita del Papa."

 

En la misiva secreta Fidel apuntaba además: "Las agencias policiales y de inteligencia los Estados unidos no cumple el elemental deber de combatirlas. No se puede conceder solo a Cuba la responsabilidad de hacerlo". Y alertaba, "En breve cualquier país del mundo podrá ser víctima de tales actos".

 

El mandatario cubano también se refirió a la necesidad de reiniciar los vuelos comerciales entre ambas naciones, suspendidos luego del derribo de las dos avionetas de Hermanos al rescate en febrero de 1996, y le agradeció a Clinton, por "los comentario a Nelson Mandela y Kofi Annan en relación a Cuba.

 

Gabriel García Márquez fue recibido en la Casa Blanca el 6 de mayo, pero no por Clinton, sino por el Director del Consejo de Seguridad Nacional Sam Berger y el asesor del Presidente, Thomas Mack McLarty autorizado por Presidente para recibir el mensaje de Fidel, como sucedió a las once de la mañana de ese día.

 

Luego, García Márquez relataría a Fidel que en la reunión de casi una hora, no se mencionaron los términos, elecciones democráticas, elecciones libres o derechos humanos, denominados por el Gabo como "latiguillos políticos" con que los norteamericanos condicionan el diálogo con Cuba.

 

Fidel jamás olvidó el gesto de Gabriel García Márquez, su desvelo por proteger la carta y su insistencia para entregarla directamente a Bill Clinton, aunque, como sucedió después, el Gobierno norteamericano, lejos de poner coto a las maniobras de los grupos y organizaciones terroristas en la Florida, cuatro meses más tarde, detuvo y encarceló a once de los catorce agentes cubanos que trabajaban de manera encubierta para impedir acciones de ese tipo contra su pueblo, de los cuales, cinco fueron juzgados y condenados a penas exorbitantes al no entrar en acuerdos con la Fiscalía.

 

Hasta hoy, tres de ellos, Ramón Labañino, Gerardo Hernández y Antonio Guerrero permanecen en prisiones norteamericanas.

 

Gabriel García Márquez demostraría de otras mil maneras su cariño por el pueblo cubano y por la humanidad. Por esa razón, hoy millones de personas lamentan su estado de salud, pero con la certeza de que su voz no se apagará jamás.