Opinión

Fidel y el Deporte

Visitas: 13

Por: Norleidis Medina Delgado
El deporte como un derecho de todo el pueblo. Bajo esa premisa, el Comandante en Jefe Fidel Castro transformó radicalmente el panorama atlético en Cuba, convirtiendo esta actividad en una verdadera conquista social.

Desde los primeros años del triunfo de 1959, la visión de Fidel apuntó directamente a la base. Con la eliminación del profesionalismo y la creación del INDER, el deporte se masificó en cada rincón de la isla. Las escuelas primarias, los combinados deportivos comunitarios y la creación de las EIDE y la ESPA aseguraron que el talento de un niño campesino tuviera las mismas oportunidades de florecer que el de cualquiera. El concepto era claro: la práctica deportiva como fuente de salud, recreación, disciplina y orgullo nacional.
Más que la alta competencia o el medallero, el encuentro personal de Fidel Castro con las delegaciones deportivas antes y después de cada cita internacional se convirtió en una tradición cargada de simbolismo.
Las ceremonias de abanderamiento no eran un mero acto protocolar. Fidel conversaba personalmente con cada atleta, conocía al detalle sus marcas, a sus entrenadores y hasta las lesiones que habían superado.
Uno de los episodios más emblemáticos ocurrió en 1966 con la delegación a los X Juegos Centroamericanos de San Juan, Puerto Rico. Ante la negativa de visados y trabas impuestas por el gobierno estadounidense para impedir el arribo cubano, Fidel despidió a los atletas a bordo del buque Cerro Pelado. En alta mar, la delegación entrenó sobre la cubierta y firmó la histórica “Declaración del Cerro Pelado”. Fidel los recibió a su regreso en La Habana como verdaderos héroes que defendieron la dignidad de la patria sobre las olas.
En Juegos Panamericanos o en citas olímpicas, Fidel no esperaba solo las medallas de oro. Su recibimiento en el aeropuerto era igual de caluroso para el campeón consagrado que para aquel atleta que dio su máximo esfuerzo en el terreno. Conversaba con Teófilo Stevenson, Ana Fidelia Quirot o Javier Sotomayor no como un dirigente, sino como un apasionado de la táctica y la superación humana.
Aquellos estrechones de manos y los discursos de bienvenida al pie de la escalinata del avión sellaron la idea fundamental del deporte cubano: competir no por dinero ni vanidad, sino con el orgullo de representar a todo un pueblo.
Y si de pasión deportiva se trata, la pelota fue siempre su gran devoción. Imposible olvidar aquella noche de 1999 en el Estadio Latinoamericano, donde se anunciaba un simpático juego de veteranos de béisbol entre Cuba y Venezuela. En el montículo visitante lanzaba el presidente Hugo Chávez; dirigiendo a la escuadra cubana, el propio Fidel.
Pero el Comandante tenía preparada una de las estratagemas más célebres y jocosas del deporte continental. En lugar de glorias retiradas, Fidel alineó en secreto a las principales estrellas del equipo Cuba en activo, caracterizadas magistralmente por maquillistas con barbas postizas, arrugas y barrigas de hule para simular ser maduros veteranos.
Las sospechas de Chávez y el público estallaron cuando aquellos “ancianos” empezaron a soltar líneas a 90 millas y a realizar fildeos imposibles para su supuesta edad. Al descubrirse la broma, el Latino se vino abajo entre risas y aplausos. Más que un choque deportivo, fue una inolvidable lección de complicidad, hermandad y la muestra viva de cómo el deporte une pueblos y llena de alegría el corazón de toda una nación.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

RSS
Facebook
Twitter
YouTube
Telegram